CAP 20 #2
—La ejecución... sería lo más simple —dijo el Emperador, su tono era frío, calculador—. El público amaría un sacrificio para inaugurar la reforma. No hay nada que despierte tanto fervor como una cabeza rodando por un nuevo Crisol, ¿verdad?
El murmullo de aprobación recorrió el palco. Kimbra se estremeció al escucharlo, pero se mantuvo firme. Sabía que la Gran Oráculo estaba utilizando su influencia para empujar al Emperador a tomar una decisión definitiva.
El Emperador mantenía la calma, disfrutando del creciente fervor del palco. Sus ojos brillaron con una cruel satisfacción mientras acariciaba la superficie del trono dorado. Kimbra apretó los dientes, luchando por mantenerse entera.
Pero entonces, antes de que el Emperador pudiera pronunciar su sentencia, el Gran Consejero, que hasta ese momento había permanecido en silencio, intervino.
—Con su permiso, mi señor —dijo, inclinándose ligeramente hacia el Emperador—, creo que la ejecución de esta prisionera sería... un desperdicio.
El Emperador giró su mirada hacia él, visiblemente intrigado, mientras la Gran Oráculo fruncía el ceño, contrariada por la interrupción. Un murmullo recorrió el palco, y la atención de todos se dirigió hacia el Consejero .
—¿Un desperdicio? —preguntó el Emperador, entrecerrando los ojos, dejándose llevar por la curiosidad—. Explicate.
El Gran Consejero avanzó lentamente, su sonrisa astuta y calculadora revelaba que había estado esperando este momento.
Se movía con la confianza de alguien que sabía que tenía algo valioso que ofrecer.
Paseó alrededor de Kimbra, como un depredador evaluando a su presa, antes de detenerse a su lado y mirar al Emperador.
—Esta muchacha, ha demostrado ser una superviviente excepcional —dijo, haciendo un gesto hacia ella con una mano—.
No solo salió viva de la Arena, sino que, según lo que hemos visto, protegió a otros.
Actuó como una heroína. A los ojos del pueblo, ella no es sólo una prisionera más.
Es alguien que ha mostrado fortaleza, valentía y, lo más importante, altura moral.
Kimbra sintió que las palabras del Gran Consejero eran una cuerda a la que podía aferrarse para salir de las profundidades que la ahogaban, aunque su confianza en él era nula.
Su habilidad para manipular la situación era evidente, pero a Kimbra se le escapaba entre las manos cuál podría ser su verdadero propósito.
—¿Y qué propones entonces? —preguntó el Emperador, inclinándose ligeramente hacia adelante, interesado.
El Gran Consejero sonrió de nuevo, disfrutando de la atención.
—Un perdón público, mi señor —dijo, alzando las manos teatralmente—. Imaginen el impacto. El pueblo verá que el Emperador no solo castiga a los culpables, sino que también es capaz de perdonar a aquellos que se lo ganan. Un gesto de clemencia que será recordado por generaciones.
El silencio que siguió fue diferente al anterior.
No era el silencio expectante sediento de sangre, sino uno cargado de sorpresa.
Los presentes en el palco intercambiaron miradas, y algunos comenzaron a asentir lentamente, como si la idea de un perdón público, un gesto de grandeza, también los atrajera.
Kimbra, por su parte, seguía inmóvil en el suelo, su mente luchaba por comprender lo que estaba ocurriendo.
¿Sería posible el perdón? ¿Después de todo lo que había sucedido?
Sabía que nada en la corte imperial era tan simple como parecía.
El perdón del Emperador, si llegaba, vendría con un precio alto. Pero aun así, era mejor que la muerte.
El Emperador se reclinó en su trono, sus dedos se entrelazaron bajo el mentón mientras contemplaba la sugerencia. Sus ojos se movieron entre el Gran Consejero y la Gran Oráculo, claramente sopesando ambas posiciones. Kimbra sintió que todo su ser estaba colgando de ese fino hilo de decisión.
—Interesante... —murmuró, su tono era contemplativo—. Un perdón público, en lugar de una ejecución. ¿Qué opinas, querida?
La Gran Oráculo parecía disgustada por la sugerencia del Consejero, pero mantuvo su compostura.
—No podemos perdonar a quien no comprendemos completamente —dijo, su voz gélida—. Esta chica tiene secretos, secretos que ni siquiera yo puedo desvelar. Si la dejamos con vida, podría ser una amenaza futura, una serpiente oculta entre nuestras filas. Mi señor, el riesgo es demasiado grande.
El Emperador tamborileó de nuevo con los dedos, su mirada se fijó en Kimbra, pero su expresión era inescrutable. La Gran Oráculo tenía razón en una cosa: Kimbra era un misterio, un enigma. Y, en la corte imperial, los misterios solían terminar con sangre.
Finalmente, el Emperador alzó una mano, y el murmullo de la multitud se desvaneció al instante. Todos esperaban su veredicto.
—Si el pueblo quiere justicia, la tendrá —dijo el Emperador, su voz resonó con autoridad siendo amplificada en la mente de todos los presentes por el poder de la Gran Oráculo—. Pero no siempre la justicia debe ser el derramamiento de sangre.
Kimbra sintió su respiración detenerse.
—Que el perdón sea mi decisión —continuó, poniéndose en pie.
Su figura imponente se proyectó sobre la Arena como una sombra dominante—.
Yo, vuestro Emperador, soy tanto justo como misericordioso.
Ella, la única superviviente del Crisol, ha superado las pruebas, y por ello, le otorgo la oportunidad de ganarse su libertad y su posición dentro del Palacio Imperial.
El Crisol estalló en vítores y gritos de sorpresa. El giro inesperado de los acontecimientos había capturado la imaginación del pueblo. Kimbra sintió una mezcla de alivio y confusión. Sabía que su libertad no sería tan simple ni fácil, pero al menos, por ahora, había escapado de la ejecución.
El Emperador, sin embargo, aún no había terminado. Con pasos lentos y medidos, descendió de su trono, y el suave roce de sus botas contra la piedra fría hizo que el bullicio en el Crisol se volviera lejano, y la calma y el silencio que la envolvieron fueron sumamente opresivos.
Kimbra sintió un escalofrío recorrerle la columna.
Cuando se detuvo frente a ella, la sombra del hombre la cubrió por completo. Su presencia era abrumadora, no solo por su imponente figura, sino por el aura de poder que irradiaba de él, algo que no solo los soldados respetaban, sino que la misma tierra parecía reconocer.
—Has demostrado tener una capacidad admirable para sobrevivir...
—su voz fue baja, un murmullo que apenas rozó sus oídos, pero cargada con el peso de su autoridad—.
Y, sin embargo, me pregunto... —se inclinó hacia ella, lo suficiente para que Kimbra pudiera sentir el calor de su aliento en su rostro—. ¿Qué más escondes?
Kimbra apretó los puños contra el suelo, sus rodillas aún temblaban. Sabía que no podía mostrar debilidad, pero la sensación de estar completamente desnuda ante él era abrumadora. La máscara de frialdad que había intentado mantener durante el juicio amenazaba con romperse de un momento a otro.
—No oculto nada —respondió con un hilo de voz, apenas en un susurro seco, sintiendo cómo el peso de sus palabras se volvía casi insoportable. Sus propias mentiras estaban cada vez más cerca de aplastarla.
El Emperador no respondió de inmediato. La sonrisa que se formó en sus labios fue lenta, casi imperceptible, pero contenía algo más que simple satisfacción; era como si disfrutara de verla destrozada arrodillada ante él.
Un juego que solo él parecía controlar.
—Veo algo en ti, chica —murmuró, inclinándose aún más cerca, tanto que ella tuvo que contener la respiración.
Sus ojos, fríos como el hielo, la atravesaron, buscando algún signo de debilidad—.
No se que es, pero te aseguro... —hizo una pausa, su voz se volvió cálida, casi amable, como un verdugo ofreciendo consuelo antes de la ejecución—...
que cuando llegue el momento, yo sabré qué hacer contigo.
El terror atrapado en el pecho de Kimbra amenazó con estallar. Intentó mantener la compostura, pero sus manos temblaron ligeramente, traicionandola
—Recuerda esto, chica — continuó, su voz se transformó en apenas un susurro sombrío—: No hay lugar en mi Imperio para los secretos, ni para las amenazas.
—La gravedad de su advertencia la envolvió como una soga apretándose lentamente—.
Si alguna vez vuelves a mostrarte como una amenaza para mí...
—su voz descendió a un nivel más frío, helando el aire a su alrededor— no habrá perdón que te salve la próxima vez.