Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 18
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CAP 18

El rugido del público lo inundó todo. Los aplausos y los gritos de emoción se mezclaron en el aire, un estruendo ensordecedor que, para Kimi, seguramente se podía escuchar en toda la capital.

—La hemos cagado. —gruñó Rax, mirando hacia arriba con furia contenida.

Kimi y Alenna siguieron su mirada y entendieron rápidamente a qué se refería.

Estaban justo debajo de lo que debía ser la entrada principal del Crisol.

Las gradas sobre ellos dejaban espacio a un enorme arco que conducía a la vasta plaza frente a la Arena, el cadáver del caimán se encontraba en el extremo opuesto de donde debería de haber estado.

Habían calculado mal. Si intentaban hacer explotar la bolsa ígnea allí, no conseguirían penetrar los campos de fuerza que protegían la entrada.

Era un desastre .

Rax miró a las chicas con la rabia hirviendo bajo su piel.

—Esto es culpa vuestra. —espetó, su voz era un gruñido bajo, lleno de frustración.

Alenna, todavía jadeando, bajó del cadáver de la bestia y se acercó a Kimi.

—Rax, nosotras... no pasa nada. Hemos vencido. Ahora...

—¡No lo entiendes! —interrumpió, empuñando con fuerza la daga que le quedaba—. Fui condenado a dos Arenas. ¡Dos! ¡Si el Emperador nos perdona ahora, tendré que pasar otro año en esos malditos barrancones!

Un sonido profundo y penetrante de trompetas retumbó en todo el Crisol, sumiendo a la multitud en un silencio repentino.

—Que los trece prisioneros se presenten ante el Emperador.

Y así lo hicieron.

El grupo avanzó lentamente, formando una fila ante el palco imperial.

Kimi sintió la mirada del Emperador y la Gran Oráculo sobre ellos.

Ambos se mantenían de pie, observándolos con una calma impenetrable, mientras el Gran Consejero apenas parecía prestar atención, ocupado en disfrutar de los manjares que una sirvienta le ofrecía.

El silencio se volvió casi sofocante cuando el suelo bajo sus pies tembló.

Una plataforma se elevó, alzándolos hasta la altura del palco imperial.

A su alrededor, el terreno se transformó.

Géiseres comenzaron a brotar a lo lejos, cubriendo la arena con una neblina espesa, mientras la atmósfera adquiría un aire volcánico y decadente.

La voz del Emperador resonó en todo el Crisol y en las mentes de los presentes, transmitida por la Gran Oráculo que, con una expresión serena, seguía cada movimiento del monarca con una devoción absoluta.

—Trece supervivientes se presentan ante mí. —comenzó el Emperador frío como un témpano, como si el número le resultara casi incomprensible—. Es la primera vez que tantos han sobrevivido... ¿Qué debería hacer?

Las gradas estallaron en gritos desenfrenados. Algunos pedían el perdón, otros exigían más sangre. La mayoría, insatisfechos con la matanza reciente, deseaban ver más muerte .

Uno de los prisioneros no pudo contenerse. Dio un paso al frente, con una reverencia servil, se inclinó profundamente.

—¡Emperador, tenga piedad! Hemos luchado por usted, hemos muerto por usted. Nos merecemos su perdón.

El Emperador ladeó la cabeza, curioso, mientras alzaba una mano.

De repente, unas llamas rojas como la sangre envolvieron al prisionero, cuyos gritos de agonía se ahogaron en el aire pesado.

Los demás prisioneros retrocedieron, horrorizados, mientras el hombre se desplomaba fuera de la plataforma, con su cuerpo aún ardiendo, haciendo un ruido sordo al caer contra el suelo.

—Ahora sí has muerto por mí. —dijo el Emperador con una sonrisa siniestra.

La Gran Oráculo le devolvió la sonrisa, una complicidad oscura brilló entre ambos.

—Hemos tomado una decisión. —continuó el Emperador—. Doce supervivientes se presentan ante mí. Ya que habéis sido tan... decepcionantes, esto debe terminar de inmediato.

Con un gesto casual, el Emperador aplaudió dos veces.

La plataforma descendió abruptamente, lanzando a los prisioneros al suelo sin previo aviso.

Kimi y Alenna se levantaron, desorientadas, mientras el terreno volvía a temblar bajo ellas.

Los círculos de piedra alrededor de la arena empezaron a resquebrajarse, y de repente, seis templetes emergieron del suelo, como si la tierra misma hubiera estado preparando habitantes del subsuelo.

Dentro de cada templete, aparecieron figuras como sombras. Cinco individuos emergieron, cada uno con una presencia inquietante, como si fueran espíritus convocados para un ritual. Uno de los templetes estaba vacío, lo que sólo intensificó el aura de misterio y peligro.

—Os presento a los seis supervivientes del sector de los bendecidos. Que comience la Arena de los dotados en el Crisol. Y que sobreviva el más fuerte.

El silencio fue roto por un estallido. El hombre que emergió del templete más cercano saltó a la arena con una energía salvaje, su mirada se posó fija en los prisioneros sin habilidades.

Con un simple gesto de sus manos, el templete detrás de él explotó en una nube de escombros, rocas y grava comenzaron a girar a su alrededor, formando un círculo defensivo.

—Venga, chicos... demos un espectáculo. —gruñó el geokinético, con una sonrisa retorcida en su rostro.

Kimi y Alenna intercambiaron una mirada rápida. Sabían que aquel enemigo no era cualquier prisionero común, y que enfrentarlo sería un reto formidable. Rax, por otro lado, parecía recalcular su plan buscando otra vía de escape.

El combate comenzó de inmediato. Los cinco dotados se lanzaron al ataque, cada uno mostrando habilidades que superaban por mucho a los prisioneros regulares.

Uno de ellos, una mujer de ojos brillantes se mantuvo en su templete.

Pero este fue cubierto por enredaderas en un instante y a su alrededor surgieron multitud de plantas con forma de látigos que empezaron atosigar a otro de los suyos.

Este, un hombre corpulento de tez morena, resistía los latigazos como si nada, avanzaba poco a poco entre las plantas asesinas con la mirada de odio y desprecio a la mujer, queriendo ajustar asuntos con ella.

El suelo tembló bajo los pies de Kimi. No tuvieron tiempo para reaccionar.

De repente, el terreno se agitó. Columnas de piedra emergieron con fuerza, separando a los prisioneros.

Los muros de roca crecieron como barreras impenetrables.

Kimi apenas vio a Alenna antes de que una pendiente se formara bajo sus pies.

Resbaló y cayó, rodando por el terreno irregular.

Las columnas continuaron surgiendo, dividiendo a los prisioneros en pequeños grupos.

Ahora, aislados, se vieron obligados a luchar por su cuenta.

—¡Nos están dispersando! —gritó uno de los hombres, mientras trató de mantenerse cerca de Alenna.

—¡Manteneos juntos! —rugió Rax, pero incluso él empezaba a verse frustrado. A pesar de su fuerza, los bendecidos estaban un paso por delante, anticipando sus movimientos y usando sus habilidades para desestabilizar a los prisioneros.

Kimi corrió, internándose en una grieta que se había formado entre las altas colinas, buscando un lugar seguro donde esconderse y pensar, pero las rocas comenzaron a cerrarse a su alrededor, como si el geokinético supiera exactamente dónde estaba.

Cuando el espacio se volvió cada vez más estrecho, no tuvo más opción.

Con un gesto rápido, levantó una mano y extendió un campo de fuerza alrededor de ella, cubriendo su cuerpo justo a tiempo para evitar que una de las piedras la aplastara.

Las rocas se estrellaron contra su escudo.

La cobertura natural de la arena volcánica y las rocas le proporcionaba un escondite temporal, pues se encontraba prácticamente sepultada bajo el suelo.

—Y ahora qué… —susurró para sí misma, mientras intentaba controlar su respiración. Sabía que podría resistir más tiempo, pero no sabía cómo desenterrarse sin exponer su campo de fuerza

Mientras Kimi seguía escondida entre las rocas, pudo ver cómo algunos otros prisioneros intentaban resistir los ataques de los bendecidos.

Rax, feroz como siempre, luchaba contra dos prisioneros de su grupo que se volvieron contra él, pero incluso él empezaba a mostrar signos de agotamiento.

Soren, astuto, mantuvo su distancia, esperando el momento adecuado para actuar.

De repente, una voz mental resonó en la cabeza de todos los presentes.

—Queridos presentes en el Crisol, para vosotros, os presentamos el último componente de la fiesta. —era la voz de la Gran Oráculo, su tono calmado y peligroso hizo que se le erizara la piel. El Emperador asintió desde su trono, y el público estalló en un rugido de aprobación.

—No puede ser... —susurró Kimi al oír la orden.

Un segundo rugido resonó desde las profundidades de la arena. Las vibraciones hicieron que mirase hacia abajo, y otra bestia, un caimán volcánico aún más grande que el anterior, emergió del subsuelo. Su piel brillaba con el resplandor del magma.

El cuerpo gigantesco del animal surgió entre la arena y el suelo volcánico, expulsando a Kimi de su sepultura, ésta consiguió deshacer el escudo a tiempo para no ser descubierta, cayó y rodó casi hasta el límite de la arena rodeada de escombros .

Los prisioneros restantes se detuvieron en seco, sus miradas se llenaron de terror. Kimi se dio cuenta de que ahora tenían que tomar una decisión crucial: enfrentarse a la madre de todas las bestias o intentar eliminar a los demás antes de ser devorados.

Rax fue el primero en moverse. Rugiendo con toda su fuerza, corrió directamente hacia uno de los bendecidos, un hombre alto con habilidades pirokinéticas.

Kimi, aún al borde de la arena, observó cómo Rax intentaba forzar al bendecido a luchar contra la bestia.

Este, no del todo convencido, lanzó una ráfaga de fuego hacia el caimán, tratando de dañarlo, pero la criatura apenas reaccionó.

—Esto es imposible… —susurro Kimi.