CAP 17 #3
El exterminio del zulo permitió que los demás se reagruparan, pero el terror se extendía entre ellos. La criatura se irguió sobre sus patas, y con un rugido imponente rompió el aire.
El Crisol entero, un lugar ya teñido de violencia y sangre, se sumió en un silencio sepulcral.
Uno de los jefes de zulo, desesperado, intentó una carga suicida, por la espalda de la criatura, con su espada en alto.
Fue un movimiento torpe y desesperado, y el caimán lo aniquiló sin esfuerzo, aplastándolo contra el suelo con la cola antes de devorarlo.
—¡Eso ha sido un maldito espectáculo! —gritó Rax, con una mezcla de admiración y horror en su voz—. No podemos dejar que nos pase lo mismo. ¡Vamos, preparaos!
De los cinco zulos que habían comenzado, solo quedaban cuatro.
La criatura se giró hacia el siguiente objetivo, chasqueando sus fauces en el aire y lanzándose contra el grupo más cercano.
Era el zulo del recién fallecido, uno que se había mantenido en las sombras hasta ese momento, esperando que la bestia se distrajera con los otros prisioneros.
Pero el caimán volcánico no tardó en encontrarlos por culpa de su líder .
Kimi observó mientras el zulo intentaba escalar las ruinas para escapar.
Pero no había escapatoria. Con un solo movimiento de su poderosa cola, la bestia derrumbó las estructuras donde los hombres intentaban encontrar refugio.
Los gritos desgarradores de los prisioneros aplastados bajo los escombros se unieron al caos, mientras aquellos que lograron escapar del derrumbe fueron alcanzados por el aliento ígneo del caimán.
Sus cuerpos ardieron en una llamarada infernal, reduciéndose a cenizas.
Rax soltó un gruñido de aprobación, con una mezcla de admiración y frío cálculo.
—Dos zulos menos. Dos más, y esto será nuestro. ¡Preparaos! —dijo Rax, con una sonrisa que no ocultaba la emoción oscura en su voz.
El grupo de Rax se preparó, escondidos entre las ruinas que les ofrecían una vista estratégica. Rax los observó con una sonrisa torcida antes de alzar su espada.
—Vamos a por el siguiente zulo. No podemos enfrentarnos al caimán solos; primero eliminemos a los líderes de los otros grupos, y aquellos que quieran seguirnos, los usaremos para vencer a la bestia. —Su mirada era calculadora, fría como el acero.
El siguiente zulo estaba desperdigado entre las ruinas, sus miembros temblaban bajo la sombra del caimán, buscando refugio inútil en las piedras esparcidas.
Kimi observó desde su escondite cómo Rax escudriñaba el terreno, calculador.
Sus ojos brillaron al encontrar a los tres hombres que debían eliminar.
Con un gesto apenas perceptible de su mano, les indicó a los demás que avanzaran.
Kimi tragó saliva y ajustó los guantes de caimán, sintiendo el cuero tensarse contra su piel.
Cada paso era silencioso, cada respiración contenida, mientras se deslizaron letales entre los escombros.
Se movieron con rapidez y precisión. Kimi podía oír el latido de su propio corazón, una cuenta regresiva hacia el enfrentamiento inevitable.
Por un momento, las voces del Crisol, los gritos y los rugidos del caimán, se desvanecieron en el fondo.
Todo lo que importaba era el grupo de prisioneros frente a ellos .
Rax actuó, su ataque fue una sombra que atravesó el aire.
El jefe del zulo apenas tuvo tiempo de ver el destello de las dagas antes de que una de ellas se hundiera en su pecho.
El hombre cayó al suelo, con los ojos abiertos en una mezcla de sorpresa y agonía, mientras la sangre manchaba la arena a su alrededor.
Los otros prisioneros se dieron cuenta del ataque demasiado tarde.
Kimi, con los músculos tensos, se abalanzó sobre uno, desplegando los escudos de caimán justo a tiempo para desviar el golpe desesperado de su espada.
El choque metálico resonó en sus oídos, pero su mente estaba enfocada.
El siguiente movimiento fue rápido: un giro, asestó un puñetazo en la barbilla del hombre, este tropezó hacia atrás y Alenna le rebanó el cuello desde su espalda.
El hombre cayó de rodillas, sus manos intentaron detener la hemorragia, pero Kimi ya no estaba allí para verlo.
Se movió hacia delante sin querer mirar atrás.
Kimi se movió con agilidad, protegiendo a Alenna y Perno mientras bloqueaba los golpes de los prisioneros rivales.
Los guantes de caimán demostraron ser una defensa formidable, desviando los ataques antes de que pudieran hacerles daño.
Al mismo tiempo, Soren, con su rapidez y destreza, se encargó de los dos hombres que aún importaban, destripándolos con una eficiencia letal.
El resto del zulo, cuatro hombres en total, fue acorralado contra una de las ruinas.
Rax avanzó hacia ellos y les habló con tono firme, exponiendo su plan.
Tres de los prisioneros asintieron, dispuestos a seguir al Thorg, pero uno se negó.
Alenna intentó intervenir, pero antes de que pudiera hacerlo, Soren le cortó el cuello con un movimiento certero.
—No negociamos con débiles —dijo Soren, con una frialdad cortante—. Coged lo que queráis de los cadáveres y seguidnos. Vamos a por el caimán.
—Rápido —dijo Rax, limpiando la sangre de sus dagas con una frialdad que helaba—. No tenemos mucho tiempo .
El último zulo que quedaba mantenía a la bestia ocupada.
Dos de sus hombres habían logrado subirse a unas ruinas firmes y disparaban flechas desde arriba, mientras los otros cuatro rondaban escondidos, buscando puntos débiles en la criatura.
Sin embargo, su esfuerzo parecía insuficiente ante la magnitud de la bestia.
Rax observó la escena, calculando su siguiente movimiento.
Necesitaba matar a la bestia sin destruir su bolsa ígnea, pues era la clave para su escape, pero primero tenían que aprovechar el caos y acabar con los restos del último zulo.
Solo entonces podrían enfrentarse al caimán con una estrategia bien definida.
—Eliminemos al líder. —ordenó, con voz firme mientras evaluaba a sus compañeros—. Después, la bestia será nuestra.
El grupo se movió con sigilo, rodeando al último zulo.
Los hombres que disparaban flechas estaban demasiado concentrados en el caimán para notar la amenaza que se acercaba por detrás de sus compañeros.
Justo cuando uno de los hombres del zulo enemigo dio la alarma, el grupo de Rax ya estaba sobre ellos, atacando sin piedad.