Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 17 #2
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CAP 17 #2

De repente, la Oráculo levantó la mirada hacia el Emperador y Kimi sintió como si un lazo invisible se rompiera. Se dejó llevar por un suspiro al darse cuenta de que había estado conteniendo el aliento.

El tiempo hasta que los cinco zulos se colocaran en sus respectivos círculos de piedra pareció eterno para ella, aunque lo aprovechó para observar cada detalle.

Esta vez, había cuatro geokinéticos repartidos en las esquinas de la arena, preparados para modificar el terreno.

Por encima, a lo largo del borde de la primera grada, se encontraban individuos con miradas fijas al frente.

Uno de ellos movió la mano y Kimi vio una superficie reflectante ondear por un momento antes de desaparecer: eran los escudos que protegían a los espectadores de los ataques provenientes de la arena.

Rax, con la cabeza gacha para que no le vieran desde el palco, comenzó a murmurar.

—Los otros jefes están al tanto. Saben que planeamos crear una distracción para escapar.

Cuando nos ofrezcan los cofres de los zulos que no llegaron, el reparto de armas será tranquilo.

Fingiremos una pelea aburrida hasta que se vean obligados a soltar una de las criaturas. Esa será nuestra oportunidad.

Perno frunció el ceño, su voz reflejó el escepticismo del grupo.

—¿Has escuchado el rugido de esa cosa? Dudo que colabore en ayudarnos a escapar. ¿Qué estás planeando exactamente?

Rax sonrió, pero no respondió de inmediato. Sus ojos centellearon con una mezcla de emoción oscura y arrogancia.

Sin previo aviso, los cofres emergieron en el centro de la arena como si nacieran de la propia tierra. El Emperador se levantó de su trono y se acercó al borde del palco donde todo el mundo lo podía ver. Todos los presentes enmudecieron.

—Que comience la Arena del Crisol, la batalla más memorable de todas las Arenas del Imperio.

El Crisol entero rugió de emoción. Los cofres se abrieron de golpe. La Arena había comenzado.

Rax miró a su alrededor, controlando los guardias y los responsables que había a mando del Emperador. Su sonrisa se ensanchó. Los otros jefes de zulo intercambiaron miradas de complicidad y todos avanzaron a la vez pausadamente hacia el centro de la Arena.

—Recordad —murmuró Rax —. No llaméis la atención. Agarrad vuestras armas y volved a vuestro círculo. Esto son armas comunes; los cofres con las armas de los zulos muertos solo están aquí para crear espectáculo.

El grupo asintió, tenso pero determinado.

Kimi bajó la mirada mientras Rax recogía las primeras armas: espadas cortas, dagas y otras herramientas letales.

Alenna y Perno se mantuvieron cerca, inquietos pero listos para actuar cuando fuera necesario.

El resto de los zulos se encontraban en una situación similar, colaborando en el plan de Rax con cautela pero sin oponerse.

Cuando los cofres quedaron vacíos, los prisioneros permanecieron en círculo, mirándose mutuamente sin hacer ningún movimiento brusco.

La tensión en la arena creció mientras en las gradas comenzaron a romper el silencio, comenzaron a escucharse murmullos de desagrado.

La multitud, ávida de pelea, no tardó en expresar su frustración.

—Esto es demasiado tranquilo —susurró Alenna, ajustándose el escudo que había recibido—. ¿Crees que realmente funcionará?

Kimi apretó los guantes de caimán en sus manos, sintiendo el familiar roce del cuero contra su piel. Sopesó el peso de la nueva daga adquirida en su cinto.

—No lo sé. Pero si Rax está tan confiado, algo tiene que tener entre manos. —Su voz era baja, pero estaba cargada de tensión.

El murmullo entre la multitud se hizo más fuerte, volviéndose cada vez más molesto.

Algunos de los nobles comenzaron a abuchear.

Incluso el Emperador, que hasta ese momento había mantenido una expresión tranquila, frunció el ceño levemente, visiblemente insatisfecho. Cruzó una mirada con la Gran Oráculo.

Rax intercambió una mirada rápida con los otros jefes de zulo.

Kimi se atrevió a alzar la vista hacia el palco y, por un breve momento, hizo contacto visual con la Gran Oráculo.

La expresión de la mujer se torció en una mezcla de enfado y desprecio.

Se levantó de su trono con un movimiento fluido y majestuoso, irradiando una energía amenazante que pareció envolver todo el Crisol.

—¡¿Así que una bestia es lo que queréis?

!—La voz de la mujer resonó, no solo en los oídos de los presentes, sino en sus mentes, como si cada palabra penetrara profundamente en sus pensamientos.

Un escalofrío recorrió a todos cuando el silencio cayó como una losa sobre la arena—. Pues una bestia tendréis.

Con un gesto de su mano, señaló hacia uno de los portones pesados situados en el extremo de la arena.

—¡Soltad a la bestia! —Su orden fue contundente, como un trueno en el aire pesado.

Y entonces, ocurrió.

Un rugido gutural resonó desde el fondo de la arena, sacudiendo las piedras bajo los pies de los prisioneros.

Las puertas del portón comenzaron a abrirse lentamente, con un crujido ensordecedor que incrementó la tensión en el ambiente.

El calor aumentó repentinamente, como si el aire mismo se volviera sofocante e irrespirable.

Kimi sintió un escalofrío recorrer su columna cuando el rugido resonó de nuevo, esta vez más fuerte, más cercano. Algo enorme comenzó a surgir de las sombras detrás de las puertas de madera maciza.

—Aquí viene —murmuró Rax, su sonrisa se ensanchó de manera peligrosa—. Nuestro billete de salida.

Una enorme criatura emergió de los sótanos del Crisol.

Era un lagarto negro de la altura de un caballo, con escamas brillantes que reflejaban el fuego interno que parecía arder bajo su piel.

El reptil arrastraba su vientre contra el suelo, y su garganta, donde la piel se volvía más fina y translúcida, brillaba con un resplandor peligroso.

Era un caimán volcánico, una bestia rara y peligrosa, capaz de escupir fuego líquido por la boca.

Un recuerdo atravesó la mente de Kimi como una puñalada. La voz de alguien de su pasado resonó en su cabeza, como un eco lejano y doloroso:

“¿Un caimán volcánico? Esos bichos son bombas andantes. He oído historias... si uno de esos explota, no queda nada en kilómetros a la redonda.”

La voz de un hombre de su pasado retumbó en su cabeza.

—¡Formación! —gritó Rax, dando la señal para que los zulos se preparasen—. ¡Ahora empieza lo bueno!

El suelo tembló de nuevo, y la arena del Crisol comenzó a cambiar ante sus ojos.

Bajo los pies de los prisioneros, la tierra se endureció y oscureció, transformándose en un paisaje volcánico traicionero.

El terreno se alzaba y descendía en ondas irregulares, imitando las olas de un mar de fuego.

Las ruinas que antes les ofrecían cobertura eran ahora escasas y dispersas, apenas suficientes para protegerse.

De repente, todo se aceleró. El caimán se lanzó hacia el grupo más cercano con una velocidad que no debía pertenecer a una criatura de su tamaño.

Kimi apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando las fauces del reptil se cerraron sobre uno de los prisioneros, aplastando su cuerpo como si fuera una mera fruta.

Un grito ahogado se elevó entre los hombres, y de inmediato, el caos estalló de nuevo.

Todos se dispersaron, buscando refugio entre las pocas ruinas que surgieron para ellos.

—¿Un caimán volcánico, Rax? —Perno estaba furioso, su voz tembló de indignación—. ¡Nos va a matar a todos antes de que puedas hacer lo que sea que tengas planeado! ¡No se como esperas montar a esa cosa!

Rax soltó una risa seca.

—¿Montarlo? No necesito montarlo, imbécil. Lo que quiero es su bolsa ígnea. Con eso, volaremos la pared del fondo.

La revelación de su plan dejó a todos momentáneamente en silencio, sorprendidos por su audacia.

—¿Eso es lo que tenías en mente? —preguntó Kimi, aún procesando la locura de la idea.

Fue Soren quien perdió la compostura.

—¡Estás loco! Esa bolsa ígnea no hará nada contra los escudos del ejército imperial. Apenas haría un agujero en las gradas.

Rax lo miró con desprecio.

—No contra las gradas, idiota. Me refiero a la fachada de los barrancones. No hay escudos allí. Solo necesitamos abrir una brecha y saldremos por la pasarela que rodea el Crisol.

El grupo, aunque todavía desconfiado, no tuvo tiempo de replicar. Los gritos de otros zulos, que habían comenzado a luchar tanto entre ellos como contra la bestia, los interrumpieron.

El rugido del caimán volcánico sacudió el Crisol con una intensidad que hizo vibrar los muros del edificio.

Por un instante, el caos pareció congelarse.

Los prisioneros se quedaron paralizados, las miradas se clavaron en la enorme bestia que avanzaba hacia ellos con un brillo salvaje en los ojos.

El aire se llenó de calor y cenizas cuando las llamas bajo su piel comenzaron a parpadear con más fuerza.

Uno de los zulos más cercanos consiguió reagruparse e intentó formar una línea de defensa, sin éxito.

La bestia cargó hacia ellos, sus patas enormes impactaron contra la línea derribandolos a todos.

Los gritos de los prisioneros se ahogaron en el estruendo del ataque.

Las lanzas y espadas que blandían los hombres del zulo rebotaban inútilmente contra las duras escamas del caimán.

Antes de que pudieran reaccionar, el primer prisionero fue devorado de un mordisco brutal.

Kimi se agachó instintivamente, las piernas tensas como un resorte, buscaron la cobertura más cercana.

Vio a Alenna moverse rápidamente a su lado, sus ojos buscaban desesperadamente una estrategia, pero todo era un torbellino de gritos y sangre.

Kimi sintió el latido frenético de su corazón en sus oídos mientras el sonido del caos envolvió todo.

—Es una carnicería… —dijo Alenna con la voz ronca por el calor y el esfuerzo, horrorizada —¿Lo has visto?

—Lo he visto —respondió Kimi, jadeando—. No tenemos mucho tiempo.