CAP 17
El aire en el zulo era denso, casi irrespirable, como si cada bocanada llenara los pulmones de polvo y humedad.
Una brisa apenas perceptible se coló por algún lado, pero no aliviaba la presión que apretaba el pecho de Kimi.
El eco de los pasos de los guardias rebotaba en las paredes de piedra agrietada, un recordatorio constante de que el tiempo se había agotado.
En ese espacio estrecho y opresivo, el sonido entrecortado de las respiraciones de los prisioneros rompía el pesado silencio.
Cada movimiento que hacían parecía amplificar la tensión en el aire; Kimi ajustó el chaleco con manos temblorosas, sintiendo el sudor correrle por la espalda.
Alenna, a su lado, se quitó una mota invisible de polvo de su armadura de manera tranquila, pero sus labios apretados traicionaban su nerviosismo.
El zulo era una celda en espera de la condena, y ambas lo sabían. Ninguna hablaba. No hacía falta. Afuera, el Crisol aguardaba, con hambre de sangre y muerte .
Kimi se acarició la cabeza recién afeitada distraida, mirando a Alenna a los ojos. En ambas había una mezcla de miedo y determinación. Después de todo lo que habían vivido juntas, el vínculo entre ellas se había vuelto inquebrantable.
—Alenna, pase lo que pase hoy... saldremos de esto, volverás a ver a tu hermana. —dijo Kimi temblando ligeramente, pero con una firmeza que no tenía antes.
Alenna le dedicó una pequeña sonrisa, sincera pero contenida. Apoyó una mano en el hombro de su amiga.
—Lo sé, Kimi. Y sé que no estaremos solas. Nos tenemos la una a la otra, como siempre. Juntas. —respondió Alenna, con un brillo de confianza en los ojos—. Además, también podemos contar con Perno.
Ambas miraron hacia el fondo de la sala, donde Perno, ya completamente preparado, miraba al vacío en calma, inmóvil.
Hubo un momento de silencio entre ambas, una pausa que no necesitaba palabras. Kimi sabía que, aunque todo a su alrededor se desmoronara, Alenna estaría ahí para ayudarla a mantenerse en pie.
—Desde que desperté en esa caravana, sin memoria y con la certeza de que estaba condenada a pelear por mi vida, pensé que lo haría sola —Kimi esbozó una sonrisa triste, sus palabras se cargaron de nostalgia—.
Creía que todo sería pura supervivencia...
Pero ahora, contigo, siento que no tengo que cargar con todo.
Alenna dejó escapar una suave risa, alzando la mirada para encontrarse con los ojos de Kimi.
—Nunca te dejaré sola. —afirmó esta, con una convicción palpable en su voz—. Me salvaste la vida, poniendo la tuya en peligro. Ahora es mi turno de cuidarte. Pase lo que pase, no dejaré que caigas.
Kimi asintió, sintiendo una oleada de gratitud y una chispa de esperanza que, por primera vez en mucho tiempo, iluminaba su interior. En medio de la violencia y la desesperación, había encontrado en Alenna un ancla, alguien en quien confiar.
Una amiga de verdad.
Se tomaron un momento para respirar juntas, compartiendo esa pequeña burbuja de calma antes de que lo inevitable las alcanzara.
Afuera, el sonido de los barrancones comenzaba a intensificarse: el bullicio de los prisioneros preparándose para la batalla, los pasos de los guardias resonando con un ritmo marcado...
pero por un breve instante, todo pareció menos amenazante.
—Listas para lo que venga. —dijo Kimi, finalmente, con una sonrisa escueta pero decidida.
Alenna le devolvió la sonrisa y le dio un pequeño empujón amistoso en el hombro.
—Siempre. Juntas.
Entonces el rugido llegó desde lo más profundo de la Arena, no solo como un sonido, sino como una ola de puro terror que sacudió el suelo bajo sus pies.
Fue como si el aire mismo se estremeciera, un rugido que rebotó en las paredes de piedra, llenando el zulo con una vibración tan fuerte que Kimi sintió su corazón contraerse.
El eco del monstruo reverberó en sus huesos, y por un instante, el mundo pareció detenerse.
Kimi tragó saliva, sintiendo su garganta seca, mientras el sudor frío le bajaba por la nuca. Su corazón se aceleró sin que pudiera controlarlo. Había escuchado gritos y aullidos antes, pero este rugido era algo distinto... algo más primitivo, algo más peligroso
—¿Qué narices ha sido eso? —preguntó Perno, con voz temblorosa, aunque intentó sonar firme. Nadie respondió. Todos compartían el mismo miedo, pero no se atrevieron a decirlo en voz alta.
Rax esbozó una sonrisa maliciosa.
—Nuestro billete de salida.
Las miradas de todo el grupo se dirigieron a su líder, confusas. Un guardia entró en ese momento, haciendo un chequeo rápido antes de ordenarles que se prepararan.
—Podéis estar tranquilos. Eso que habéis oído no era para vosotros. Serán los prisioneros especiales los que se enfrentarán a esas cosas.
Todos los grupos formaron en el patio principal, mientras el Crisol comenzó a llenarse de público.
El sonido de los pasos resonaron en las gradas, el vocerío de la gente tomando sus asientos, y las trompetas anunciando la llegada del Emperador llenaron el aire.
Todos esperaban apartados, conscientes de que aquella multitud había venido a verlos pelear... y morir.
Una voz potente resonó por todo el Crisol, inaugurando el espectáculo, llamando a los zulos uno por uno. No mencionaron los nombres de los prisioneros; para la mayoría, su destino era morir antes de que cayera la noche, así que sus identidades importaban poco.
El zulo de Rax fue el tercero en ser llamado. Avanzaron rápidamente por el pasillo flanqueado de nichos con las estatuas de antiguos campeones y entraron en la arena. Esta vez, todo se sentía diferente.
Las gradas llenas a rebosar explotaron por la ovación que emitieron.
Un arcoíris de ropas coloridas se extendía a lo largo de todo el anfiteatro, como un manto vivo y vibrante que ansiaba presenciar el derramamiento de sangre.
Los círculos de piedra, que ya conocían, habían cambiado.
Ahora estaban adornados con elaboradas vallas circulares, esculpidas con precisión, como si fueran tronos destinados a sus combatientes.
Pero lo que más capturó la atención de Kimi fue el palco imperial.
Aunque ya lo había visto antes durante las pruebas, esta vez, decorado con mayor esplendor y completo de gente, el palco parecía la ventana a un reino celestial.
Las cortinas de terciopelo rojo, con ribetes dorados, brillaban bajo la luz del sol.
Enredaderas floridas cubrían las columnas y jarrones y platos dorados a rebosar de frutas adornaban cada rincón.
Pero lo más imponente eran los tres tronos de oro, uno elevado en el centro y dos en escalones más bajos.
El trono a la izquierda del Emperador estaba ocupado por el Gran Consejero, persona que en ese momento apenas llamaba la atención teniendo al Emperador a su lado.
El trono imperial, una magnífica pieza de oro con incrustaciones de joyas y perlas, dominaba la escena.
Y allí, sentado con una presencia abrumadora, estaba el Emperador Rojo.
Ahora entendía por qué lo llamaban así. Vestía un uniforme militar de un blanco impecable, con ribetes dorados y una banda roja cruzando su pecho.
Su piel, del color de la sangre, contrastaba de forma impactante con su cabello oscuro, donde comenzaban a aparecer las primeras canas.
Su porte era majestuoso, y aunque más joven de lo que Kimi había imaginado, había algo profundamente inquietante en su figura.
A la derecha del Emperador, una figura tan etérea como inquietante dominaba la escena.
Era más que hermosa; era hipnótica, con una belleza que desafiaba lo humano.
Su vestido, ligero como el aire, se desplegaba a su alrededor en ondas de gasa blanca que fluían desde el trono como un río de fantasmas.
La tela se movía aunque no hubiera viento, como si tuviera vida propia, respondiendo a los susurros de algún poder oculto.
Su rostro, enmarcado por las gasas que envolvían su cabeza, era una máscara impenetrable.
Solo sus ojos, brillantes como rubíes, traicionaban el aburrimiento que mostraba su postura.
En su cabeza, un pesado circlet de oro descansaba sobre su frente, adornado con piedras preciosas que brillaban de manera inquietante bajo la luz del Crisol.
Pero más que el oro o las joyas, era su mirada lo que atraía a Kimi como un imán.
Aun desde esa distancia, sintió que los ojos de la mujer estudiaban su entorno, como si pudiera ver más allá de la carne, directamente en las mentes de los presentes.
—¿Quién es ella? —susurró Kimi, inclinándose hacia Alenna, tratando de apartar la vista pero sin poder hacerlo.
Alenna apenas movió los labios cuando respondió, susurrando como si temiera que la mujer las escuchara.
—La Gran Oráculo Imperial —respondió en voz baja—. Dicen que, aunque no puede ver el futuro, es una mentalista muy poderosa. Puede hacer cosas que nadie más puede hacer.
Kimi observó a la mujer con mayor interés. La Oráculo parecía distraída, casi indiferente ante el espectáculo que estaba por comenzar, como si buscara algo más interesante entre el público.
—¿Qué es eso que nadie más es capaz de hacer ?
Alenna se encogió de hombros, sus ojos reflejaban la misma confusión que Kimi sentía.
—Ni idea. Es lo que siempre se dice de ella, pero nunca nadie ha visto sus verdaderas habilidades. Honestamente, no pensé que algún día la vería en persona, pero... aquí estamos.
El aire alrededor de Kimi se volvió más pesado.
Aunque la Oráculo no la miraba directamente, Kimi sintió que algo invisible y perezoso se deslizaba en su cabeza.
Era una sensación helada, como si alguien acariciara el borde de sus pensamientos, probando las aguas, decidiendo si debía profundizar o no.
Kimi cerró los puños, tratando de controlar su respiración, pero el miedo que sentía no podía ocultarlo.