Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 15 #2
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CAP 15 #2

No todos tuvieron la misma suerte. Otro de los hombres del grupo, uno de los nuevos, no vio venir una de las trampas y cayó en un pozo profundo, gritando mientras desaparecía de la vista.

—¡Maldita sea! —gruñó Rax, viendo cómo uno de sus hombres moría sin siquiera tener la oportunidad de luchar.

Las criaturas seguían apareciendo, obligando a los prisioneros a luchar en todas direcciones mientras intentaban avanzar. El pánico se apoderó del grupo, y algunos de los componentes, desesperados, comenzaron a pelearse entre sí, sumidos en el caos.

Kimi, sin perder de vista a Alenna, luchaba por mantener la calma. Cada vez que una de las criaturas los atacaba, ella la esquivaba con precisión, mientras Alenna asestaba el golpe que desintegraba a la criatura en una nube de humo.

—Me estoy empezando a cansar de esto —gruñó Rax—. ¿Cuál es el maldito objetivo?

Antes de que nadie pudiera responder, dos criaturas enormes aparecieron en ambos extremos del pasillo. No había escapatoria esta vez. Rax se colocó frente a la bestia más grande, mientras Soren y Perno se encargaban de la otra .

Las criaturas embistieron con una velocidad abrumadora. En un abrir y cerrar de ojos, todo el pasillo se llenó de una densa nube negra, los restos de las criaturas que se evaporaban en el aire. De repente, la risa del Consejero se escuchó, clara como si estuviera a su lado.

—Me estoy aburriendo. Empieza a deshacer las ilusiones y que suene la trompeta. A ver cuántos no acaban aplastados —dijo su voz resonando en sus mentes.

El grupo entero se paralizó. Kimi miró a su alrededor, intentando entender cómo habían escuchado al Consejero con tanta claridad. No había tiempo para procesarlo. Sabían que tenían que correr.

—¡Corred! —gritó Rax, señalando la dirección de los círculos de piedra.

Todos comenzaron a correr de vuelta por el laberinto, sabiendo que los círculos eran el único terreno seguro. Mientras corrían, la trompeta resonó a lo lejos, y las paredes del laberinto empezaron a temblar.

—Solo en los círculos de piedra sobreviviréis. Corred o no llegaréis —dijo una voz retumbando en sus mentes.

Rax llamó a Soren a su lado, confiando en su rapidez para esquivar las trampas.

—¡Soren, al frente! Eres el más rápido con las trampas, no podemos morir aquí.

Soren se adelantó, liderando junto a Rax mientras el grupo corría a toda velocidad, evitando las trampas. Cuando una criatura aparecía, simplemente cargaban hacia ella, haciéndola desaparecer en una nube de humo, pues habían comprendido que no eran más que ilusiones.

Avanzaron con rapidez, pero los obstáculos se intensificaron. En varias ocasiones, casi acabaron con ellos, pero entre la fuerza de Rax y la agilidad de Soren, lograron salir ilesos, aunque con algunos rasguños.

Finalmente, llegaron al pasillo que conducía al círculo de piedra. Un retumbo sacudió el suelo, y las paredes comenzaron a cerrarse lentamente. Kimi sintió un nudo en el estómago. Si alguno de ellos se quedaba atrás, acabaría aplastado.

La huida se volvió frenética. Alenna tiró de Kimi con todas sus fuerzas, y ambas corrieron hacia el círculo de piedra.

Cuando Kimi miró hacia atrás, vio a Perno y otro de los nuevos corriendo desesperadamente.

Perno logró hacer un último salto, justo antes de que las paredes se cerraran con un crujido ensordecedor.

El otro prisionero no tuvo tanta suerte. Quedó atrapado entre las paredes, aplastado con un sonido espeluznante de huesos rotos que enmudeció a todos. El silencio que siguió fue devastador, y la muerte de su compañero cayó sobre ellos como un jarro de agua helada.

Un temblor final sacudió la Arena, y, de repente, el laberinto desapareció por completo. En su lugar, solo quedaba la arena desnuda y los círculos de piedra. De los diez zulos iniciales, ahora solo quedaban siete, todos agotados y heridos, y ninguno de ellos al completo.

Todos los prisioneros regresaron al patio principal en completo silencio, procesando las recientes muertes de sus compañeros, y la desaparición total de varios zulos.

El ambiente estaba cargado de una mezcla de agotamiento y pesadumbre, mientras sus miradas se posaban en el círculo de cofres cerrados que los esperaban en el centro del patio.

El guardia al mando, con su habitual semblante impenetrable, los observó con un manojo de llaves en la mano

—Habéis pasado la prueba —dijo, su voz resonó romiendo el  silencio—.

Los que habéis sobrevivido tendréis aquí lo que vuestros jefes de zulo pidieron.

—Hizo un gesto solemne hacia los cofres tras él—.

Los cofres de los zulos que no han sobrevivido se abrirán el día de la exhibición.

Los que lleguéis vivos podréis reclamar lo que queráis .

El grupo de Rax permaneció en silencio, aunque sus ojos se movían con ansiedad, escudriñando los cofres, tratando de identificar cuál de ellos contenía su destino.

El guardia comenzó a llamar a los jefes, uno por uno.

A cada uno se le entregó una llave y se le mostró su cofre, que luego se llevarían a su zulo para abrir en privado.

—Rax…—llamó finalmente el guardia.

El Thorg avanzó con pasos firmes, acompañado por Perno. Ambos llegaron hasta el cofre que el guardia les señaló. Rax cogió la llave, sin decir palabra, y condujo a su grupo de vuelta a su zulo.

Cuando estuvieron entre las cuatro paredes, todos formaron un círculo alrededor del cofre. La tensión era palpable. Rax no perdió tiempo en ceremonias y abrió el cofre con un rápido giro de la llave. Al levantar la tapa, el grupo se inclinó hacia adelante, expectante.

En el interior encontraron varios chalecos recubiertos por pequeñas y pesadas escamas oscuras, opacas a la luz, que formaban placas maleables.

—Chalecos de escamas de dracoceronte —dijo Rax con satisfacción, mientras sus dedos recorrieron la superficie—.

Gracias a nuestra frutita, me acordé de estos chalecos, con los que comerciaba mi equipo hace años.

Son impenetrables y protegerán los órganos principales de cortes y estocadas traicioneras.

El grupo, sorprendido y claramente impresionado por la elección, comenzó a repartírselos.

Uno a uno se los fueron probando, ajustando las correas hasta que cada uno encontró el que mejor le quedaba.

Una vez puestos, el aire entre ellos cambió; ahora parecían un equipo cohesionado, listos para la batalla.

—Será mejor que los mantengamos ocultos bajo la ropa —sugirió Alenna, con tono práctico—. Si los llevamos a la vista, será como una invitación a que nos maten para robárnoslos.

El grupo asintió de inmediato, reconociendo la sabiduría en sus palabras. La idea de exponerse como un blanco fácil no le hizo gracia a ninguno. Rax asintió en silencio y luego, sacando dos piezas de cuero del fondo del cofre, se volvió hacia Kimi .

Le lanzó los objetos, que la muchacha atrapó en el aire. Al examinarlos, vio que eran dos guantes sin dedos que cubrían los antebrazos. En el centro de cada uno había un disco de metal coronado por afiladas púas, que parecían haber sido diseñadas a partir de los dientes de una criatura.

—Te presento lo que espero que nos salve la vida —dijo Rax con una media sonrisa mientras le arrebató uno de los guantes de las manos para colocárselo bruscamente a ella en el antebrazo—. No cierres los puños, a menos que quieras sacarle un ojo a alguien.

Perno, observando la escena, bufó desde su posición.

—¿Solo armas defensivas? —dijo con desdén—. ¿Vamos a pelear con guantes y chalecos?

Antes de que Perno pudiera seguir con su protesta, Rax lo interrumpió con una mirada cortante.

—Tendréis las armas comunes, como el resto de los zulos. Lo que pedimos en los cofres son las tres ventajas que cada zulo puede solicitar. Esto es estrategia, no simple fuerza bruta, imbécil.

Perno, visiblemente molesto, frunció el ceño y replicó:

—¿Y cuál es nuestra tercera ventaja?

Rax, con una sonrisa macabra en el rostro, introdujo su mano en el cofre y sacó dos dagas. Eran las dagas más grandes que Kimi había visto jamás, con hojas largas y ornamentadas, cuyo brillo era tan intenso que parecían hechas de cristal encantado.

—Las gemelas de papá —dijo Rax, acariciando las hojas—. Con estas dos joyitas, no habrá esternón que se me resista.

El grupo observó las dagas con una mezcla de temor y admiración. Las armas eran sin duda letales, y en las manos de Rax, parecían aún más peligrosas. El Thorg las guardó en su cinturón y, con una mirada seria, evaluó a su grupo.

—Bien, ahora somos un equipo armado y preparado. Mañana nos entregarán las armas de combate estándar. No os confiéis solo en las ventajas que hemos recibido, esta es solo la primera prueba. En el Crisol, cualquiera puede ser tu enemigo, incluso tu propio compañero. Recordadlo.

Soren y Kimi intercambiaron una fría y fugaz mirada .

El grupo asintió en silencio, cada uno de ellos consciente de la brutalidad que les esperaba en la Arena.

Las ventajas que habían recibido les daban una pequeña esperanza de supervivencia, pero todos sabían que, al final, solo los más fuertes y astutos, o los que tuviesen la mejor de las suertes, podrían salir con vida

Después de asegurarse de que todo el equipo estuviera bien ajustado, Rax indicó que el grupo se dispersara y descansara. Sin embargo, decidió que se reuniría con Kimi en el patio del zulo más tarde para enseñarle las nociones básicas de los escudos.

Mientras se acomodaba los guantes sin dedos, sintió una mezcla de alivio y presión. Aunque los guantes parecían defensivos, podían convertirse en una extensión valiosa de sus habilidades, siempre y cuando aprendiera a manejarlos sin revelar su verdadero poder.

Alenna se acercó a Kimi, inspeccionando los guantes con curiosidad.

—¿Qué opinas de esto? —preguntó, tocando uno de los discos metálicos en el antebrazo de Kimi.

—Son útiles, supongo. Al menos me protegerán de los ataques directos —respondió Kimi, girando la muñeca para examinar mejor el guante.

Alenna sonrió ligeramente, pero había algo de preocupación en su mirada.