CAP 15
El día en que fueron llamados a la Arena comenzó como cualquier otro.
Los gruñidos de los guardias resonaban en el aire mientras la lluvia del final del invierno caía sin tregua, empapando el patio de los barracones.
Pero había una tensión distinta flotando en el ambiente.
Kimi lo sintió de inmediato, incluso antes de que alguien hablara.
La actitud de los guardias, rígida y vigilante, era más que suficiente para saber que no se trataba de un simple entrenamiento.
Rax lo sabía también. Su comportamiento, aunque siempre dominante, era diferente esa mañana.
Caminaba con más decisión, y aunque sus comentarios burlones hacia Kimi no cesaron, estos fueron más contenidos.
Sus ojos, por primera vez, parecían estar estudiando cada movimiento de los demás prisioneros, en especial aquellos que venían de otros zulos .
—Hoy no será como los otros días —gruñó Rax, mientras el grupo de prisioneros se alineaba en el patio exterior, con la lluvia formando pequeños charcos a sus pies.
Una decena de guardias, con armaduras nuevas y pulidas, apareció en formación, rodeando a los prisioneros. El sonido de las botas de metal golpeando la piedra resonaron con un eco ominoso mezclándose con el de la lluvia.
—El Emperador ha decidido que es hora de probar vuestro valor —anunció uno de los guardias, su voz profunda atravesó el aire—. Hoy no lucharéis en los patios de los barracones. Hoy, tendréis que enfrentar una prueba real en el Crisol.
El portón que coronaba el patio principal emitió un chirrido al abrirse lentamente, revelando un largo pasillo de altos muros que conducía a la Arena. Todos los prisioneros, casi al unísono, miraron hacia las puertas entreabiertas. Los guardias rodearon al grupo, listos para escoltarlos.
Rax dio un paso al frente, con una sonrisa torcida deformando su rostro.
—Esto va a ser divertido —gruñó emocionado, con una luz salvaje en sus ojos.
El pasillo que se abría ante ellos era imponente. Cada pocos pasos, nichos en las paredes exhibían estatuas de aquellos que habían sobrevivido a la Arena y ganado el perdón del Emperador. Héroes entre los delincuentes, guerreros que habían emergido de la miseria para convertirse en leyendas.
El paseo hasta las puertas del Crisol fue breve, pero cada paso les pareció más pesado que el anterior.
Cuando finalmente estuvieron bajo la sombra colosal de la estructura, las rejas de hierro se abrieron con lentitud, emitiendo un sonido metálico que resonaba como una advertencia de lo que estaba por venir.
Para muchos de ellos, el lugar sería su tumba.
Cuando estuvieron en la arena del Crisol Kimi pudo ver la majestuosidad del recinto, ahí dentro entraban miles de personas, las gradas lucían brillantes y pulidas, y las estatuas de la parte alta representaban a mujeres semidesnudas sujetando un anillo dorado que rodeaba todo el edificio.
A su izquierda, a mitad de las gradas, el palco del Emperador se alzaba imponente, adornado con enredaderas y cortinas de terciopelo rojo. Las columnas doradas brillaban bajo la luz que se filtraba a través de las nubes grises del cielo.
—Bienvenidos al Crisol, el lugar que os verá morir o alzaros con vuestro perdón.
La voz del individuo era chillona y teatral.
Ante ellos, apareció un hombre menudo y ligeramente regordete, con el cabello aceitosamente repeinado y una capa espesa de maquillaje que le daba un aire grotesco.
Su piel se veía antinatural bajo la capa del ungüento, y sus ojos, delineados con sombras rojas, destacaban por el intenso color burdeos como gemas incandescentes.
Vestía ropas livianas, con un cuello alto y guantes, parecía que aquel hombre quería evitar el frío a toda costa. Junto a él se situaban dos mujeres que sujetaban grandes sombrillas para que el hombre no se mojara.
Los guardias formaron una fila, cuadrando una formal reverencia hacia el hombre. El guardia al mando avanzó.
—Gran Consejero Imperial, le presento mis respetos. Estos son los prisioneros que combatirán este año en la Arena.
El hombre se paseó con calma, observando a los prisioneros como si fueran piezas de ganado. Rodeó al grupo lentamente, sin ninguna prisa, evaluando cada rostro.
—Este año no son muchos... —comentó con desdén—, parece que el Emperador está haciendo un buen trabajo en mantener el Imperio bajo control. Menos delincuentes significa más paz, ¿verdad?
Los guardias asintieron al unísono. Kimi y Alenna intercambiaron una mirada tensa.
—Bien, empecemos —dijo el Consejero, moviéndose hacia el palco—. Veré mejor desde allí.
El hombre se retiró por una puerta que conducía al palco imperial. A continuación, el guardia al mando volvió su atención a los prisioneros .
—Este es el protocolo a seguir —dijo, con voz autoritaria—. Cuando llegue el día del combate, debéis formar en medio de la Arena, presentar vuestro saludo al Emperador y tomar vuestra posición en los círculos de piedra. ¡Adelante!
Los prisioneros avanzaron en formación como se les indicó.
Rax, al frente, mantuvo su habitual autoridad, mientras los demás prisioneros, incluyendo a Kimi y Alenna, le seguían con cautela.
Al llegar al centro, levantaron la vista hacia el Consejero, que ya se encontraba sentado en el palco, observándolos con una sonrisa despectiva, junto a dos hombres que se encontraban en una posición más adelantada.
Soren, a un lado, la observaba en silencio, con sus ojos verdes atravesándola. Rax se posicionó al frente del grupo, habló con brusquedad, imponiendo su dominio.
—Nos han dado esta oportunidad, y será mejor que no la desperdiciemos —gruñó, lanzando miradas de desprecio a los prisioneros más débiles—. Mantened la formación y haced lo que os diga.
Sin previo aviso, el sonido de cuernos resonó en el aire, y todo tembló.
Kimi sintió cómo el suelo bajo sus pies se sacudió.
Los surcos en la arena comenzaron a abrirse, y en cuestión de segundos, torreones y muros surgieron del suelo, transformando la Arena en un laberinto imponente.
Los círculos de piedra que los rodeaban permanecieron intactos, destacando como las únicas zonas seguras en medio del caos que se desplegaba ante ellos.
La Arena se transformó rápidamente en un laberinto de muros altos y estrechos, con torres que se alzaban como sombras amenazantes sobre los prisioneros.
Kimi sintió un escalofrío recorrer su columna cuando los cuernos resonaron una vez más, marcando el inicio de la prueba. Rax mantuvo a su grupo cerca.
—Mantened la formación —gruñó Rax, con mirada implacable—. Si nos separamos, moriremos como ratas en este lugar.
El aire estaba cargado de tensión. Los pasos calculados de los prisioneros apenas resonaban en los estrechos pasillos del laberinto, mientras las sombras parecían moverse a su alrededor.
Kimi avanzaba con cautela, sintiendo cómo la tensión bombeaba en sus venas.
Podía oír la respiración de Alenna a su lado, tan tensa como ella.
—Por favor, no te separes de mí —murmuró Kimi, tratando de mantener la calma mientras miraba de reojo las murallas que los rodeaban.
Apenas habían avanzado unos pocos tramos cuando un rugido gutural sacudió el aire.
Las paredes del laberinto reverberaron, y a lo lejos, una figura sinuosa apareció ante ellos.
Era una criatura grotesca, de piel oscura y brillante, con colmillos afilados y ojos amarillos que brillaban en la penumbra.
Las garras de la bestia rasgaron el suelo mientras avanzó hacia ellos, emitiendo un gruñido tan profundo que resonó en los huesos de los prisionero.
—¡¿Qué es eso?! —gritó uno de ellos, con su voz cargada de pánico.
El grupo se detuvo en seco. La criatura avanzó rápidamente, haciendo temblar el suelo con cada paso. Kimi instintivamente se colocó delante de Alenna, tratando de protegerla buscando el modo de hacerlo sin revelar su poder. Pero en el último instante, Rax gritó:
—¡Separaos! ¡A los corredores laterales! ¡Ahora!
Los prisioneros se dispersaron, esquivando la embestida de la criatura. Kimi y Alenna rodaron por el suelo, evitando las garras de la bestia. Cuando regresaron al corredor principal esperando su regreso, la criatura había desaparecido.
—Pero donde… —murmuró Kimi, desconcertada.
Antes de que pudieran reaccionar, otra bestia apareció desde un corredor lateral, más pequeña pero igualmente amenazante.
Rax se lanzó hacia ella con un rugido de batalla.
Golpeó a la criatura con toda su fuerza, pero en lugar de caer, la bestia se evaporó en una nube de humo negro.
El puño del Thorg impactó contra la pared, dejando la piedra resquebrajada.
—¿Qué está pasando...? —gruñó Rax, mientras se sacudía la sangre y arena de los nudillos.
Una risa ligera se escuchó cerca. Kimi alzó la vista hacia el palco, donde el Gran Consejero reía mientras apoyaba su mano en el hombro desnudo de uno de sus acompañantes. Este hombre, con una mirada frenética y desenfocada, movía sus ojos de un lado a otro sobre el laberinto sin fijarse en nada.
El Gran Consejero reía, y cuando lo hacía, su risa sonaba extrañamente cerca.
El grupo continuó avanzando por los pasillos del laberinto.
Pronto, las trampas comenzaron a activarse.
Flechas salieron disparadas de los muros, lanzas emergieron del suelo, y fosos ocultos se abrían sin previo aviso bajo la arena.
Kimi, gracias a las enseñanzas de Sombra, logró anticiparse a los movimientos del suelo, advirtiendo al grupo antes de que cayeran en alguna trampa.
Sin embargo, Soren parecía tener una habilidad natural para esquivarlas, evitando con facilidad los peligros que les rodeaban y dando la alarma rápidamente.
—¡Cuidado! —gritó Alenna, empujando a Kimi hacia un lado cuando una serie de lanzas surgió del suelo, casi atravesándola.