CAP 14 #2
Kimi asintió, limpiando el sudor de su frente.
Habían pasado ya un par de semanas, y de los nuevos, ya habían muerto ocho, ninguno de su zulo.
Sabía que Alenna tenía razón. Cada día se volvía más duro que el anterior, y la amenaza de la Arena pesaba sobre sus cabezas como el filo de una guillotina .
Cuando acabaron, Rax guió a su equipo al patio que les correspondía, colocándose en el centro. Los demás prisioneros se situaron alrededor del pequeño patio, observando a su cabecilla. Con un gesto, llamó a Soren para que se uniera a él.
—¡Vamos! —gruñó Rax, con un brillo cruel en sus ojos—. Es hora de que tu frutita demuestre si realmente vale la pena mantenerla viva.
Kimi levantó la mirada rápidamente. Sabía lo que venía.
Rax no había dejado de burlarse de ella desde el primer día, y ahora, con Soren a su lado, tenía la oportunidad perfecta para matarla, pues parecía que el Thorg había cambiado de opinión sobre lo que le merecía comer en comparación a soportar su presencia.
Esta vez no habría una mano que detuviese la puñalada del destripador.
Los demás prisioneros se acercaron, formando un círculo a su alrededor. La tensión en el aire fue palpable. Alenna se puso en tensión preparada para intervenir si hiciese falta en cualquier momento. Perno se situó a su lado, ambos de la misma estatura, cruzado de brazos con la mirada grave.
—Soren, encárgate de ella —ordenó Rax, señalando a Kimi con un gesto de la cabeza—. Veamos si es tan dura como parece.
El asesino la miró por un segundo, su sonrisa burlona parecía esculpida de forma tétrica en su rostro.
El tiempo pareció ralentizarse para Kimi mientras lo observaba.
La muerte estaba escrita en su rostro, pero lo que más dolía era que él no lo ocultaba.
Soren había dejado claro que, si la oportunidad se presentaba, no dudaría en matarla.
—Vamos, frutita —dijo Soren, flexionando los hombros—. No querrás defraudar a nuestro público, ¿verdad?
Kimi se adentró en el círculo lentamente, sus músculos todavía doloridos por el entrenamiento se quejaron, pero no podía mostrar debilidad.
Sabía que Soren no la pondría a prueba, rastrero y tramposo, quería matarla en ese momento.
Al lado, Alenna observaba, sus ojos llenos de preocupación se movieron ansiosos entre ambos combatientes .
El combate comenzó sin previo aviso. Soren se lanzó contra ella con una velocidad y fuerza que sorprendió a Kimi. Lo conocía bien, y sabía que era un luchador formidable, pero en ese momento quedó claro que no iba a contenerse.
Los primeros golpes de Soren fueron rápidos y precisos. Kimi los desvió lo mejor que pudo, pero con cada golpe que lograba bloquear, sentía el siguiente acercarse más, hasta que uno la alcanzó de lleno en las costillas. El dolor fue intenso, y cayó hincando una rodilla en el suelo, jadeando.
Rax soltó una carcajada al ver la escena.
—Vamos, frutita, levántate. Pensé que tendrías más aguante —dijo, provocándola.
Soren se situó a sus espaldas y la agarró del poco pelo que le había crecido en ese tiempo. Tiró de su cabeza hacia atrás haciendo que mirase hacia el cielo.
—¿Es todo lo que tienes, frutita? —murmuró con crueldad.
Sintió el escalofrío justo a tiempo, con un rápido movimiento giró sobre su rodilla hincada en el suelo y cogió la mano que empuñaba la daga justo a tiempo, con un golpe en su muñeca desarmó al hombre y con un rápido movimiento clavó la daga en el muslo de su oponente.
Se levantó y con la inercia asestó un golpe, derribándolo, haciendo que este cayese, entre gritos de dolor, al suelo de espaldas.
El revuelo a su alrededor hizo que Kimi despegara momentáneamente la mirada de Soren.
A su alrededor, Alenna y Perno se miraban con satisfacción, mientras que otros prisioneros, sorprendidos, susurraban claramente desconcertados.
Rax sonreía, y aunque su expresión parecía complacida, había una sombra de decepción en sus ojos.
Parecía debatirse entre ambos sentimientos.
—No está tan mal —gruñó, acercándose—. Sabes defenderte bien.
Rax avanzó lentamente hasta donde Soren yacía en el suelo, con la mano aferrada al muslo sangrante. El Thorg no mostró piedad. Con un movimiento brusco, sacó la daga, provocando un grito aún más agudo del herido, quien se retorcía de dolor entre gemidos .
—Uno de los guardas me ha dado el chivatazo —dijo Rax mientras observó la hoja ensangrentada—.
En un par de semanas, comenzarán los entrenamientos con armas.
Decidiremos lo que cada uno llevará y será cuando empiece a correr la sangre.
—Su mirada se desvió hacia Kimi, y la señaló con la daga—.
Tú te encargarás de la defensa. Tendrás que hacerte con un par de escudos de caimán del desierto.
Te vendrán bien con esa forma de moverte.
Perno soltó una carcajada burlona.
—¿Qué te hace pensar que vas a encontrar semejantes joyas en este vertedero? —dijo, mirando alrededor del patio de entrenamiento, como si dudara de la viabilidad de conseguir algo así.
Rax, imperturbable, limpió la sangre de la daga con el dorso de su mano y la guardó en su cinturón.
—Los jefes de zulo tenemos tres peticiones. Lo que queramos. —Rax sonrió, con un brillo cruel en los ojos—. ¿No recuerdas al hombre que fue destripado por una espada de los monjes silenciosos hace un par de años? Esa espada llegó aquí porque él la pidió, y vaya si era una auténtica joya.
Los murmullos comenzaron a extenderse entre el grupo.
Los prisioneros intercambiaron miradas, sopesando qué clase de armas podrían pedir para aumentar sus posibilidades de supervivencia en la Arena.
Todos sabían que las peticiones de los jefes de zulo podrían cambiar las reglas del juego, y el hecho de que Rax ya estuviera planeando qué pedir añadía un peso opresivo a la situación.
Rax no perdió tiempo.
—Vosotros dos —dijo, señalando a dos hombres robustos del grupo—. Llevad a Soren a que lo curen. —El Thorg se giró, volviendo su voz a una expresión neutral—. El resto, sigamos entrenando. No podemos permitirnos descansar.
Kimi no pudo evitar dirigir una última mirada hacia Soren, quien era llevado fuera del patio, gimiendo de dolor.
Supo que la distancia entre ellos era ahora más grande que nunca, insalvable.
Rax, por su parte, tenía cada vez más clara su posición de poder.
Si alguna vez tuvo alguna duda sobre quién controlaba la situación, en ese momento la había disipado .
Esa noche, cuando todo parecía tranquilo, Lyren apareció una vez más en la puerta del zulo, sus ojos dorados brillaron en la penumbra, como un faro silencioso.
Kimi lo siguió, sin preguntar, ya familiarizada con sus llamados nocturnos.
Sin embargo, esta vez había algo diferente en el aire.
Un presentimiento extraño le revolvía el estómago.
Cuando llegó a la sala oculta en las catacumbas, el ambiente era más pesado de lo habitual. Sombra aún no se encontraba allí, y el gato blanco, desapareció corriendo por donde habían venido, dejando a Kimi sola en la vasta sala.
Kimi comenzó a divagar por el lugar, observando los frescos desgastados que decoraban las paredes.
Batallas pasadas representadas en vívidas imágenes de dragones rojos enfrentándose a otras bestias colosales.
Había cuatro individuos al frente del todo, como cuatro monarcas con un poder sin igual.
La energía que emanaban las representaciones era inquietante, como si todo aquello fuese algo cercano y no algo ocurrido mil años atrás, y sus ecos aún resonaran en las sombras.
Antes de que pudiera perderse en sus pensamientos, Lyren apareció de nuevo, pero esta vez no estaba solo.
Alenna entró apresuradamente tras él, su rostro chasqueado estaba lleno de preocupación. Al verla, Kimi sintió un nudo en el estómago, pero antes de que pudiera decir algo, Alenna la tomó por los hombros, inspeccionándola con ojos y manos ansiosos.
—¿Estás bien? —preguntó Alenna con urgencia—. El gato me ha dicho que necesitabas ayuda.
Kimi frunció el ceño, alternando su mirada entre Alenna y el gato, que ahora las observaba tranquilamente desde una esquina de la sala.
—¿Qué el gato te ha dicho…?
Una voz grave resonó en la sala, interrumpiéndolas.
—Ha sido cosa mía .
Ambas chicas saltaron, asustadas por la repentina aparición de Sombra. La figura tenebrosa emergió de las sombras con una teatralidad que casi parecía planificada. Su presencia oscura llenó el espacio, haciendo que el aire se sintiera más denso, como si las mismas sombras tuvieran peso.
—Tu amiga necesita tu ayuda —dijo Sombra con su habitual tono grave, su mirada oscura recorrió a Alenna—, y eres la única en la que podemos confiar.
La chica se quedó paralizada, con los ojos verdes bien abiertos, mientras observaba a la criatura que se cernía sobre ellas.
Todo en Sombra irradiaba peligro, misterio, y un poder antiguo que ella apenas podía entender.
Las sombras que se arremolinaban a su alrededor parecían vivas, inquietas incluso.
Alenna retrocedió un paso, buscando apoyo en Kimi.
La muchacha notó el miedo de su amiga, apretó suavemente su mano, tratando de tranquilizarla.
—Tranquila—susurró Kimi—, es Sombra. Me ha estado ayudando todo este tiempo.
Alenna la miró, aún con el miedo reflejado en su rostro.
—¿Ayudándote a qué? —preguntó con voz temblorosa.
Kimi la miró directa a los ojos.
—¿No te acuerdas de la última noche en los otros barrancones? Fue Sombra quien paralizó a los hombres y permitió…
Alenna negó con la cabeza.
—No, no lo recuerdo bien. Se que estuvimos todas ahí, haciéndoles pagar lo que merecían, pero… siempre ha estado borroso.
Sombra se acercó, flotando entre la penumbra. Alenna enmudeció, sus palabras quedaron atrapadas en su garganta.