Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 14
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CAP 14

Sombra y Kimi volvieron a la sala del principio, donde Lyren dormitaba tranquilo en una esquina.

—¿Y qué hay de todo esto? Podría esconderme aquí —preguntó, con la esperanza de que hubiera más secretos por descubrir.

Sombra se detuvo a su lado, negó con la cabeza.

—Esto no es un lugar para vivir—dijo con voz suave pero firme—. Es tu llave para sobrevivir. Y si quieres hacerlo, deberás aprender rápido a controlar lo que tienes dentro.

Kimi sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La Arena poco a poco se acercaba en el horizonte, y sabía que sus enemigos no solo serían los prisioneros con los que compartía espacio, sino también su propia incapacidad de controlar los poderes que aún no llegaba a comprender.

Sombra se giró lentamente, sus ojos brillaron con fuerza bajo la capucha .

—Tarde o temprano en tu futuro tendrás que enfrentarte a una decisión complicada, que definirá tu futuro y el mío—murmuró, y luego añadió—: pero aquí, y ahora, tenemos que conseguir mantenerte con vida para poder llegar a ello, y no puedes hacerlo sola.

Kimi lo miró, sorprendida. Parecía que la advertencia guardaba algo prometedor y menos oscuro tras ella.

Sombra se desvaneció lentamente, como una niebla disipándose en el aire.

—Veré que puedo hacer. Prepárate. Lo que te espera en la Arena no es lo que imaginas.

Con esa última advertencia flotando en el aire, Kimi se quedó sola en la vasta sala. El eco de las palabras de Sombra aún resonaba en su mente mientras observaba al gato que, tras desperezarse, se marchó impasible en las sombras de las catacumbas.

Aquella noche, las festividades por el año nuevo resonaron en toda la ciudad, pero en los barrancones del Crisol, solo significaban una noche más de incomodidad.

Para Kimi, que el inicio del año coincidiera con el comienzo de su convivencia con los prisioneros más peligrosos le parecía una cruel broma del destino, como si el mundo se burlara de ella.

Desde el amanecer, Rax no hizo más que observarla.

No decía nada al principio, pero Kimi podía sentir sus ojos sobre ella, una mirada que la hacía estremecerse por la incertidumbre.

Era como si estuviera esperando un error, una caída, algo para usar en su contra.

Cuando finalmente abrió la boca, fue solo para murmurar, casi imperceptible:

—¿Esa piedrecita es la que puedes levantar, niña? —su voz parecía inofensiva, pero la burla estaba ahí, y Kimi sabía que no tardaría en intensificarse —Vaya, pensé que nuestras niñas tendríanmás fuerza.

Kimi lo ignoró; sabía que la malicia que había tras sus palabras pretendía conseguir que se quebrara. Concentrada en mantener el equilibrio bajo el peso de la piedra sabía que cualquier respuesta solo lo invitaría a denigrarla aún más.

En el combate cuerpo a cuerpo, bajo los gritos del guardia que los entrenaba, Kimi y Alenna lograron colocarse en una esquina del patio. Se mantenían cerca para evitar enfrentarse a los otros prisioneros, pero también aprovecharon para hablar en voz baja.

—No hagas caso de sus provocaciones— susurró Alenna, manteniendo la guardia en alto.

Kimi bufó.

—Si no fuese tan grande, sería más fácil enfrentarse a él. Con un mal golpe podría partirme el cuello.

Alenna observó a Kimi con un brillo diferente en sus ojos: una mezcla de curiosidad y preocupación.

El sonido de los golpes y jadeos a su alrededor parecía desvanecerse mientras las dos chicas se concentraban en mantener el ritmo del entrenamiento, intentando ignorar la mirada furtiva y constante de Rax y los otros prisioneros.

—Kimi, ¿puedo hacerte una pregunta? —su voz se volvió seria, y vacilante, como si no estuviera segura de cómo formular sus pensamientos.

Esta asintió, mientras intentaba anticipar el próximo golpe de su compañera.

La pregunta llegó como un golpe inesperado.

—¿Estás embarazada?

El desconcierto de Kimi fue tan fuerte que bajó la guardia sin darse cuenta. Un segundo después, el puño de Alenna se estrelló contra sus costillas, y el dolor le arrancó el aire de los pulmones. Kimi se dobló sobre sí misma, jadeando.

—¡¿Qué?! —respondió, entre gimoteos—. ¿Cómo voy a estar embarazada?

Alenna se detuvo, viendo la confusión y la sorpresa en el rostro de Kimi. Había esperado que la reacción fuera más contenida, quizás algo más defensiva. La miró fijamente, como si tratara de adivinar lo que pasaba por su mente .

—Es solo que… no te he visto sangrar ni una vez desde que llegamos —dijo Alenna casi en un susurro, lanzando un nuevo golpe, pero esta vez sin fuerza. Sus ojos estaban llenos de genuina preocupación.

Kimi esquivó el golpe automáticamente, aunque la pregunta aún la mantuvo despistada. La miró, desconcertada.

—¿Estás vigilando cuándo sangran las demás? —bromeó, pero su intento de aligerar la conversación no ocultó su incomodidad.

Alenna rió suavemente, bajando la guardia por un momento.

—No es eso… pero, después de tanto tiempo, es imposible no notar quién sangra y quién no. Los guardias hacen comentarios asquerosos sobre eso. Y tú… bueno, tú no lo has hecho desde que estamos aquí

La mirada de Kimi se oscureció. Las palabras de Alenna tocaron una herida que ni siquiera sabía que existía, algo que no recordaba pero que supo la verdad cuando pensó en ello, una sensación de extrañeza que le hacía sentir desconectada de sí misma, como si su cuerpo fuera ajeno.

Kimi desvió la mirada, mordiéndose el labio inferior. No era algo que hubiera querido discutir, pero la pregunta de Alenna la obligó a enfrentarse a ello. Después de un largo silencio, respiró hondo y finalmente dijo:

—Yo... no puedo tener hijos —respondió en voz baja, casi susurrando, como si al decirlo en voz alta el dolor se hiciera más real, firmando una sentencia —. Soy estéril.

Alenna dejó caer los brazos, sorprendida por la confesión. La seriedad en los ojos de Kimi lo decía todo. No era solo una excusa. Era una verdad dolorosa.

Por un momento, ambas se quedaron en silencio. El sonido de los entrenamientos continuaba a su alrededor, pero para ellas, el mundo parecía haberse detenido. Alenna asintió lentamente, procesando lo que acababa de escuchar. Su voz cambió, volviéndose más suave, más comprensiva.

—Lo siento, no quería entrometerme —dijo con sinceridad—. Solo estaba preocupada .

Kimi sintió que su pecho se tensaba. Las palabras de Alenna, aunque bien intencionadas, le recordaron algo que volvió a su memoria de golpe, algo que siempre había tratado de evitar.

—No pasa nada. —Kimi intentó esbozar una sonrisa, pero sus labios apenas se curvaron. El eco de su confesión resonaba en su mente, mezclado con los fragmentos de su pasado perdido. Apenas recordaba cómo lo sabía, pero lo sentía tan cierto como el aire que respiraba.

Kimi levantó la vista y encontró en los ojos de Alenna algo más que empatía: una promesa de compañerismo, un lazo que se había formado en medio de la miseria y el dolor.

Y entonces empezó a hablar, le contó todo lo que había pasado desde que despertó en la jaula de la caravana de camino a la capital. No sabía el por qué de su revelación, pero sabía que aquello era verdad.

El frío del día les envolvió como un grillete, agarrotándoles los movimientos.

El polvo levantado por los pies de los prisioneros llenaba el aire, dificultando la respiración, mientras los gritos de los guardias resonaban por todo el espacio.

Kimi jadeaba bajo el peso de las piedras que cargaba en los hombros.

El entrenamiento forzado se estaba volviendo insoportable, y los dolores que recorrían su cuerpo eran constantes.

—¡Más rápido, idiotas! —gritaba uno de los guardas, agitando su látigo en el aire—. ¿Queréis morir antes de llegar a la Arena?

Kimi apretó los dientes, obligando a sus piernas a seguir adelante.

A su lado, Alenna jadeaba con el mismo esfuerzo, pero mantenía la mirada firme.

Era lo único que les quedaba: aguantar un día más, sobrevivir un poco más.

Las pruebas físicas que les imponían eran brutales; correr con piedras atadas a sus pies, escalar paredes irregulares, recorridos con obstáculos y después de todo eso los entrenamientos, con los zulos por separado, de peleas cuerpo a cuerpo .

Al fondo del patio, Rax y su círculo de prisioneros más peligrosos observaban.

Rax no participaba directamente en los entrenamientos, no necesitaba hacerlo.

Los guardas no obligaban a algunos entrenamientos a los hombres más fornidos, y les bastaba con supervisar el sufrimiento de los demás.

Cada vez que los ojos de Rax se posaban en Kimi, ella podía sentir la burla en su mirada.

—Mira cómo sufre tu frutita —dijo Rax de forma que todos lo escucharan, con una sonrisa torcida, dirigiéndose a Soren.

Este sonrió de vuelta, aunque su mirada era más calculadora que cómplice.

Desde que habían llegado los nuevos miembros al zulo, Soren había comenzado a acercarse a Rax, o eso les dijo Perno, el preso de su grupo que le advirtió sobre el destripador.

Al principio, Kimi había pensado que se trataba de una estrategia para protegerse a sí mismo.

Pero poco a poco, la relación entre ellos parecía volverse más íntima, más peligrosa. Y enfocada en un objetivo, Kimi.

Mientras la muchacha continuaba con el ejercicio, observaba de reojo cómo Soren intercambiaba palabras en voz baja con Rax y sus hombres.

Las risas y miradas furtivas que compartían no le pasaron desapercibidas.

Sabía que algo se estaba cocinando entre ellos, pero no podía permitirse despistarse para descubrir qué era.

—¡Al suelo! —gritó el guardia, agitando su látigo con fuerza—. ¡Diez vueltas más y luego cada zulo a su entrenamiento!

Kimi soltó las piedras que llevaba y cayó de rodillas al suelo, el sudor resbalaba por su rostro refrescándoselo con la suave brisa. Alenna se dejó caer a su lado, sus respiraciones iban sincronizadas por el agotamiento.

—Te lo dije —murmuró Alenna, apenas pudiendo respirar—, nos están exprimiendo como diversión, para ver quién sobrevive antes de la Arena.