CAP 13 #3
—Escuchad bien —gruñó Rax, paseando su mirada por los nuevos reclutas—.
Aquí, las reglas son simples: sobrevivir a costa de lo que sea.
Si alguno de vosotros resulta ser una carga, lo eliminaré yo mismo aunque eso signifique comer menos.
Nadie arruinará mi oportunidad de ganar el perdón, tengo dos Arenas por cumplir, así que no moriré en esta— Hizo una pausa, mirando directamente a ambas chicas—.
Especialmente vosotras. Más os vale no ser una decepción.
Kimi se situó junto a Alenna. Se apoyó contra la pared, jadeando mientras su mente giraba. Cada golpe del hombre había sido como una advertencia: aquí no podía confiar en nadie. Rax... Soren... todos los que la rodeaban eran una amenaza, incluso Alenna podría serlo.
Sintió que sus sentidos se aislaban del exterior. Sombra emergió en su mente, su voz suave pero helada inundó todos sus pensamientos.
—Has tenido suerte esta vez. Pero no durará para siempre. Sabes que si no comienzas a usar y gestionar tu poder, tu destino será el mismo que el de los que han caído antes que tú.
Kimi cerró los ojos, luchando por calmar su respiración. Cuando alzó la vista todo había vuelto a la normalidad y observó como Rax seguía hablando.
—Ahora que hemos aclarado algunas cosas —dijo Rax, su voz cortante—, vamos a ver de qué estáis hechos.
Señaló a dos de los hombres nuevos, y luego a Kimi y Alenna.
—Los cuatro, al centro del patio. Vamos a asegurarnos de que merezca la pena que estéis con nosotros.
Kimi intercambió una mirada con su compañera. Rax no les daría tregua. Si querían sobrevivir, tendrían que luchar .
Cuando llegó el almuerzo Kimi y Alenna estaban completamente agotadas.
Los cuatro nuevos componentes del grupo habían sido atosigados, golpeados, empujados al suelo y demás para llevar sus fuerzas al límite.
Aunque en ese momento estaba agotada, se sentía sumamente orgullosa de haber mantenido su poder bajo control, pues las dos veces que Soren había vuelto a intentar cortarle el cuello por la espalda, ella había sido capaz de esquivar la puñalada sin que su escudo se hubiese activado solo.
Los zulos comían cada uno en una mesa, y apenas interactuaban entre ellos.
Uno de los hombres de su equipo, Perno, se sentó junto a Kimi golpeándole en el brazo en señal de aprobación. El prisionero estaba lleno de cicatrices, tantas que parecían dibujar las fibras de sus músculos en brazos y pectorales.
—No lo habéis hecho nada mal —gruñó, con una mueca que casi parecía una sonrisa—. Pero aquí, un solo error te cuesta la vida.
Empezó a comer de manera compulsiva las gachas con muy poco refinamiento que hizo que ambas chicas se miraran con cierto desagrado.
—Tened cuidado con Rax, aunque por el momento tiene buen juicio y nos ha mantenido a todos con vida…
bueno, es un Thorg— miró a Kimi de soslayo y le apuntó con el cubierto—.
Y tú ten sobre todo cuidado con Soren. No le gusta quedar mal frente a los demás y por lo que he visto tiene especial fijación por cortarte el cuello.
No se que le has hecho antes de llegar aquí, pero no le caes bien.
Kimi asintió, agradecida por la advertencia, aunque no la necesitaba, pues sabía que ese hombre no era de fiar desde el momento en el que lo conoció.
El zulo donde dormían era poco más que un cuartucho estrecho, apenas suficiente para los diez componentes del grupo.
El aire allí dentro era denso y asfixiante, cargado de sudor y desesperanza.
Kimi y Alenna compartían un camastro ancho cerca de la puerta, un lugar estratégico.
Kimi le ofreció el lado junto a la pared a su compañera para poder escabullirse con mayor facilidad durante las noches.
Esa noche, Lyren apareció en silencio junto a la puerta, con sus ojos dorados brillando en la penumbra.
Kimi lo siguió, deslizándose en la oscuridad.
Esta vez, el camino a los sótanos fue diferente.
Aunque no se cruzaron con nadie, había una extraña sensación en el aire, algo que la hizo sentir aún más alerta.
La puerta con el enorme pedrusco negro en ese sector no se encontraba en un pasillo.
Esta vez, se encontraba en el fondo de uno de los aseos.
Cuando descendieron, la sala que encontró era diferente a la anterior. Los arcos y columnas seguían siendo imponentes, pero la estructura había cambiado. La familiaridad de la última vez había desaparecido.
—Lo hiciste bien, chica —dijo Sombra, emergiendo entre las tinieblas, su voz grave resonó en las paredes —. Ese hombre casi te mata en el entrenamiento, y temo que será así el resto de los días... hasta que llegues a la Arena.
Kimi apenas le prestó atención. Su mirada recorrió la sala, explorando cada rincón. Había algo inquietante en ese nuevo espacio. Se acercó al fondo, donde un pequeño arco llevaba a otra sala. Nuevos pasillos se abrían ante ella, como un laberinto de secretos.
—Sombra, ¿qué es exactamente este lugar? —preguntó, con la mirada fija en las tinieblas que se extendían más allá.
Sombra la siguió, su figura se deslizó sin hacer ruido. Su voz se volvió ligeramente más áspera, como si la pregunta le incomodara.
—Es uno de los puntos de distribución de las catacumbas de la ciudad —respondió con calma, aburrido.
Kimi le miró, sorprendida.
—¿Catacumbas?
Sombra suspiró, avanzando un paso más hacia la penumbra que se extendía ante ellos.
—Tras la Gran Guerra, las principales ciudades fueron reconstruidas.
Bajo sus suelos, los líderes crearon catacumbas.
Una ciudad secundaria destinada a acoger a los habitantes en caso de otro conflicto bélico.
Todas ellas están protegidas con magia poderosa, para evitar una masacre como la de antaño.
Kimi lo seguía en silencio, sus pensamientos se acumulaban rápidamente. Una ciudad bajo la ciudad... la idea era aterradora y fascinante al mismo tiempo. Mientras caminaban, los pasajes parecían extenderse interminablemente, como si no hubiera fin en el laberinto de piedra y sombras.
Finalmente, llegaron a una gran sala circular. Las gradas descendían suavemente, nivel tras nivel, hasta llegar al fondo, donde un lago negro se extendía con aguas tan quietas que parecían un espejo. El silencio era absoluto, roto solo por el eco de sus pasos.
—Los bajos del Crisol, y allí, al fondo, tienes el portón que conecta con el resto de la ciudad —dijo Sombra, señalando hacia unas enormes puertas ornamentadas en la lejanía—. Pero lo siento, el acceso está bloqueado. No podrás escapar por aquí.
Kimi miró hacia el imponente portón con un deje de frustración. Las puertas, aunque lejanas, eran majestuosas, talladas con intrincados relieves y grabados que hablaban de épocas pasadas. Pero saber que no eran una opción solo intensificó la sensación de estar atrapada.