Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 13 #2
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CAP 13 #2

El aire se volvió más denso aún. Kimi observó cómo los tres hombres quedaron congelados, atrapados en una parálisis del sueño. Sus ojos seguían abiertos, pero sus cuerpos estaban completamente inmóviles, incapaces de moverse o gritar.

Sombra se acercó más a Kimi.

—Esta es tu oportunidad. Haz con ellos lo que desees. Venga a tus compañeras.—dijo con calma escalofriante, casi cruel.

El pánico que había sentido momentos antes se desvaneció, reemplazado por una fría sensación de control. Sus ojos recorrieron los cuerpos inmóviles de los hombres, aún conscientes pero atrapados en sus propios cuerpos, incapaces de escapar.

—Puedes vengarte ahora —continuó Sombra—. Dales lo que se merecen.

Kimi se acercó al primer hombre. Sentía el poder palpitando dentro de ella, pero algo la detuvo.

Acarició su rostro, observando el miedo en sus ojos.

Podía sentir su desesperación, el mismo terror que ella había sentido tantas veces en las noches.

Una parte de ella quiso destrozarlos, devolverles el dolor que les habían causado a las demás.

Pero otra parte, la que aún se aferraba a su humanidad, la hizo detenerse.

La mano de Kimi tembló cuando apretó el rostro del hombre que tenía delante, pero entonces la dejó caer a su costado, derrotada.

—No —dijo, con voz temblorosa pero firme—. Yo no soy como ellos.

Sombra la observó, su expresión fue indescifrable en las sombras.

—Sabia decisión —dijo con calma, con cierta decepción en sus palabras—. No siempre es necesario ensuciarse las manos para demostrar poder. Pero…

Kimi le interrumpió.

—Pero ellas sí deberían de cobrarse su venganza.

Sombra, sorprendido, miró a su alrededor.

Apartó las sombras para que cuatro figuras surgieran en la penumbra como fantasmas en la noche.

Alenna y las otras tres mujeres aparecieron en trance con solemnidad y en silencio mirando a los hombres que, paralizados, miraban a su alrededor sin poder moverse y ni emitir ningún sonido.

Alenna se situó junto a Kimi, observando actuar a las tres mujeres cuyas almas habían sido destrozadas y esperó su turno. Los hombres no pudieron defenderse y lo único que se escuchó fue el sollozo de rabia que seguían los golpes de aquellas que se cobraron su venganza.

—Tu secreto está a salvo con nosotras, Kimi. Hasta la muerte.

Esa noche, las víctimas se convirtieron en verdugos .

—¡¿Quién ha sido?!—gritó el guardia en los barracones, furioso. Habían encontrado a tres hombres ya prácticamente muertos en el pasillo por la mañana, y los habían llevado a la enfermería sin muchas esperanzas de que sobrevivieran.

—Sabéis que está prohibido pelearse en los dormitorios —rugió, con la cara encendida de rabia—. El culpable será ejecutado inmediatamente…

Un carraspeo lo interrumpió. Otro guardia entró en la sala con paso calmado.

—Déjalos —dijo el nuevo guardia, cruzando los brazos—. Nos los llevamos ya con los demás. Posiblemente la mitad no lleguen ni a fin de mes.

El primer guardia frunció el ceño, molesto, pero finalmente asintió.

—Bien, encadenadlos. Terminemos con esto, que aún no he desayunado.

Las puertas de hierro se abrieron con un chirrido ensordecedor.

El eco retumbó por el corredor, y los prisioneros inexpertos se detuvieron, nerviosos, como si fueran arrastrados hacia una jaula más profunda.

Kimi avanzó, sus piernas temblaban bajo el peso de las cadenas que unían sus tobillos con los de los demás.

Habían llegado a la zona de los prisioneros más peligrosos.

En cuanto cruzaron el umbral, el ambiente cambió de golpe.

El aire estaba cargado de sudor y sangre.

Aquí, no había miradas de miedo ni rostros asustados; los ojos oscuros de los prisioneros brillaban con crueldad innata.

Ninguno de estos había sido inculpado por error.

Kimi apretó los puños, recordando la advertencia de Sombra.

Aunque sus poderes actuaban por su propia voluntad para protegerla, esta debía estar alerta y evitarlo.

Nadie podía descubrirla, no ahí. El peligro era constante, y si alguien detectaba lo que podía hacer, su vida acabaría mucho antes de entrar en la Arena.

El grupo fue empujado hacia un patio abierto, rodeado por altos muros.

Desde allí, el Crisol, la imponente estructura de la Arena, se alzaba como un gigante, observando desde arriba.

Los guardias disfrutaban de las tensiones y enfrentamientos que se daban entre los prisioneros.

Los grupos ya establecidos miraron a los recién llegados con un interés frío y calculador.

La muchacha lo notó de inmediato: este lugar no tenía ninguna regla, excepto la de sobrevivir.

—El líder de cada grupo que dé un paso al frente —ordenó un guardia con voz seca—. Se os adjudicarán cuatro nuevos miembros. Quien logre mantener vivos a los novatos tendrá una porción extra de comida al final de la semana. Trabajad en equipo, y tal vez logréis el perdón del Emperador.

Kimi y Alenna intercambiaron una mirada de disgusto. Se dieron cuenta de inmediato de que eran los “niños” que debían proteger. Los convirtieron con pocas palabras un blanco fácil, en el objetivo para los rivales.

El guardia comenzó a dar nombres, y tanto Kimi como Alenna, junto con dos hombres más, fueron asignados al grupo liderado por un prisionero que Kimi ya había oído mencionar: el Thorg del que se debía cuidar.

Rax era un imponente Thorg, mucho más alto que Kimi, con una melena castaña y músculos que parecían acero bajo su piel verduzca. Su presencia era intimidante, y en el instante en que lo vio, Kimi entendió por qué Dharkggor los había advertido sobre él.

Rax guardaba todos los rasgos necesarios para que quedara evidente que ambos Thorgs eran hermanos.

—¿Qué tenemos aquí? —gruñó Rax, caminando lentamente hasta los nuevos prisioneros. Su mirada los recorrió con desdén, deteniéndose en las dos mujeres—. Unas niñas. ¿Creéis que sobreviviréis aquí?

Kimi mantuvo la mirada baja. Sabía que cualquier desafío directo podría convertirla en el objetivo del Thorg, pero también que no podía mostrar debilidad.

Rax sonrió burlón, dando un paso más. Su sombra la cubrió por completo .

—Dime, niña... ¿cómo piensas mantenerte viva? —susurró con voz áspera y amenazante, mientras los prisioneros a su alrededor rieron suavemente.

Antes de que Kimi pudiera responder, una voz conocida se adelantó.

—No subestimes a esa —dijo Soren, avanzando desde el grupo. La mueca burlona seguía fija en su rostro, pero sus palabras eran mucho más controladas—. Esta chica sabe lo que hace... Según su informe de captura, mató a dos personas.

Rax levantó una ceja, mirando a Kimi y luego a Soren, como si intentara decidir si creerlo o no. Finalmente, sonrió con malicia.

—Si lo dice tu amigo... entonces tal vez deberías demostrarlo, niña. Aquí no se sobrevive con palabras.

Kimi sintió el peligro. Sabía que Rax la pondría a prueba, y que cualquier signo de debilidad la pondría en una posición aún más peligrosa.

El grupo se movió, Rax habló con uno de los guardas, y al momento, fueron escoltados hasta otro patio algo más pequeño, donde les dejaron solos.

—Soren, ya que es amiga tuya, haz los honores. —dijo Rax con desdén.

Este sonrió y se adelantó, situándose en el centro del patio. Con un gesto de la mano, invitó a Kimi a unirse a él. La muchacha miró brevemente a Alenna, que le devolvió una mirada de preocupación, antes de avanzar al centro del patio.

No estaba segura de poder derrotar al asesino.

Sabía que llevaba años eliminando a la gente sin pestañear, pero confiaba en poder aguantar lo suficiente como para hacerle perder la paciencia y, con suerte, encontrar una oportunidad para asestarle un golpe y derribarlo para poder dar por finalizada la pelea.

Soren comenzó a moverse a su alrededor, con actitud burlona y arrogante. Aunque había advertido a Rax, Kimi sabía que no creía el informe sobre sus supuestos asesinatos, y su actitud lo demostraba.

—Venga, frutita. Pégame.—provocó Soren .

Kimi se mantuvo en silencio, girando lentamente para asegurarse de no darle la espalda en ningún momento. Sabía que si lo hacía, probablemente terminaría muerta.

—¡No tenemos todo el día! ¡Espabilad!—gruñó Rax.

Soren se lanzó hacia Kimi, intentando golpearle en la cara, pero ella desvió el golpe con un movimiento rápido de muñeca, haciendo que Soren casi perdiera el equilibrio.

Una sonrisa traviesa se dibujó en el rostro de Alenna.

—Vaya, pensé que consistía en poner a prueba a Kimi…—carcajeó, con ironía.

Los hombres miraron a la mujer con mala cara. Al parecer, todos esperaban que el golpe fuese certero. Incluso los compañeros de las chicas, que llegaron con ellas desde los otros barrancones, parecían decepcionados.

Soren recuperó su postura, más enfadado. Esta vez sus golpes fueron rápidos y precisos, varios impactando en su objetivo. Golpeó a Kimi en el hombro y en las costillas, pero ella siguió desviando los más peligrosos.

—Venga, coño, ¡pégame!—gritó, visiblemente molesto.

Kimi sonrió con malicia.

—¿Molesto? No pensé que te molestara que rechazara tus encantos de esta forma.

La sonrisa burlona de Kimi encendió la rabia de Soren. Este soltó un gruñido de rabia. Sacó una daga de su pantalón y arremetió contra ella con furia. Kimi esquivó los cortes, pero en un descuido, Soren le lanzó un puñado de arena a la cara.

Ciega y desequilibrada, Kimi cayó al suelo. Soren se abalanzó sobre ella, pero antes de que pudiera asestar el golpe final, una mano lo detuvo.

—Espero que estés de broma —dijo Rax, su voz baja y peligrosa hizo que todos enmudecieran.

Con un movimiento brusco, Rax lanzó a Soren al otro lado del patio. El asesino se levantó como pudo, intentando no perder la dignidad .

—Que quede claro —dijo Rax con tono amenazador—. Me gusta comer. Y la recompensa por mantener a estos cuatro inútiles con vida la quiero aprovechar. Si alguno de ellos muere antes de la Arena, lo pagaréis vosotros.

Después continuó.