Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 12 #2
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CAP 12 #2

El guardia se paseó entre ellos, observando cada rostro con una mirada dura. Se contoneaba chulesco, con una posición de autoridad que no debía de ostentar desde hacía mucho.

—La Arena es un espectáculo. No basta con sobrevivir. Los espectadores quieren ver más: fuerza, estrategia, astucia... inteligencia. Si no ofrecéis entretenimiento, por mucho que sobreviváis, seréis ejecutados. No os equivoquéis... el Emperador no tolera el aburrimiento en la Arena.

Kimi sintió la creciente tensión en el aire. Las palabras del guardia eran más que una advertencia: eran una sentencia. Incluso entrenar no garantizaba su supervivencia, y si sobrevivían, y si no agradaban al Emperador, tampoco tenían asegurada la vida.

—No estáis aquí para hacer amigos —añadió el guardia, deteniéndose frente a Kimi, clavando sus ojos en los suyos—.

Y definitivamente no estáis aquí para confraternizar.

En el Crisol, solo los más fuertes sobreviven.

Recordad, aquí todos lucharán por su vida, y no habrá espacio para la compasión.

Ni para los que están al borde de la muerte...

ni para las imbéciles que acaben con una vida dentro de ellas —añadió, con una mirada que recorrió a las mujeres del grupo.

Kimi sostuvo la mirada del guardia, y las palabras de Thaxis resonaron en su mente. Necesitaba estar alerta, mantener la guardia alta y no confiar en nadie. Ser astuta e inteligente .

Finalmente, el guardia se giró y señaló hacia una puerta al fondo de la sala.

—A partir de mañana, el entrenamiento comenzará en el patio trasero. Cuando os mezcléis con los verdaderos monstruos, que serán vuestros compañeros al final, posiblemente empecéis a caer como moscas. Aprovechadlo, aprended a defenderos y manteneos con vida... si podéis.

El guardia desapareció por la puerta por la que trajo a Kimi y los reclusos empezaron a hablar y murmurar extasiados por las emociones recientes.

La noche no tardó en llegar. Kimi se acomodó en la litera baja, exhausta pero incapaz de relajarse.

Los barracones estaban llenos de murmullos y llantos ahogados.

La oscuridad era opresiva, apenas iluminada por la luz de la luna filtrándose desde el exterior.

El aire estaba cargado de miedo y desesperación.

A mitad de la noche, el duermevela de Kimi se rompió, unos murmullos se transformaron en jadeos. Escuchó risas bajas y crueles de algunos hombres que resonaron, no muy lejos de ella, acompañados por los sollozos sofocados de una mujer.

El corazón de Kimi se aceleró.

No sabía qué hacer. ¿Debería intervenir? ¿Debería mirar hacia otro lado? La incertidumbre la paralizó. La realidad de lo que estaba ocurriendo le abofeteó en la oscuridad, pero su cuerpo se puso rígido, aterrorizado de que cualquier movimiento o sonido la convirtiera en el siguiente objetivo.

La tensión aumentó en la habitación. Escuchó golpes suaves, tal vez de alguien intentando resistirse.

La figura de la cama contigua metió la cabeza bajo la almohada para no escuchar.

El tiempo parecía no avanzar, hasta que finalmente lo único que quedó rompiendo el silencio fueron los sollozos de la mujer.

La sensación de culpa la envolvió, sintiéndose parte de un mundo que había perdido toda humanidad.

Al día siguiente, Kimi se despertó aturdida, con los músculos tensos y la mente nublada por la falta de sueño.

Nadie habló de lo que había sucedido la noche anterior, pero el ambiente en el barracón estaba cargado de una mezcla de miedo y vergüenza.

A lo lejos, pudo ver a la mujer que había sido abusada.

Estaba sentada, abrazando sus rodillas, con la mirada perdida en el suelo y completamente rota. Nadie se atrevió a acercarse.

Kimi sintió rabia por lo injusta que era la situación, pues todos sabían quién era la víctima, pero los responsables seguían ocultos en el anonimato.

Los gritos de los guardias interrumpieron la calma tensa, ordenando a los prisioneros alinearse para su primer entrenamiento.

El aire frío de la mañana y el estómago vacío hacían que cada paso doliera más de lo necesario.

Las órdenes no se hicieron esperar: correr con piedras atadas a los tobillos, escalar muros, y luego luchar entre ellos como si fueran animales.

Kimi lo dio todo, pero pronto descubrió que su cuerpo ya estaba al límite.

Los golpes la derribaban, pero también notó algo más: podía bloquear y desviar ataques con una facilidad sorprendente.

Sin embargo, el agotamiento la alcanzó y un prisionero grande la derribó con un puñetazo en el estómago.

Cayó de rodillas, luchando por respirar.

Los guardias se rieron, indiferentes al sufrimiento de los débiles.

A pesar del dolor, Kimi se levantó. No podía permitirse ser débil. Sin embargo, cada vez que levantaba la cabeza y miraba a su alrededor, veía lo mismo: desesperanza en los ojos de los demás, cuerpos maltratados y espíritus rotos.

Cuando el día llegó a su fin, Kimi apenas podía moverse.

Sus músculos dolían con cada paso, y los moretones en su piel eran un recordatorio de la brutalidad del entrenamiento.

Se dejó caer sobre su camastro en el barracón, con el cuerpo magullado y el alma agotada.

El dolor físico era insoportable, pero el tormento mental era aún peor.

Con un rápido vistazo a su alrededor supo lo que pasaba.

Aunque muchos de ellos estaban ahí por haber cometido crímenes, la mayoría, se encontraban en esa situación para pagar los platos rotos de otros.

Los auténticos responsables. El barrancón en el que Kimi se encontraba no era el de principiantes, era el barrancón de los falsos acusados.

Kimi sintió una presión creciente en el pecho.

La amenaza constante de la Arena, la frialdad de los prisioneros y la incertidumbre sobre su propio destino se agolpaban en su mente mientras intentaba conciliar el sueño en su austera litera.

Pero el descanso no llegaba, los ecos de los sollozos de la otra noche se lo impedían.

Los ruidos nocturnos se colaban por las paredes de piedra, creando un eco inquietante.

En medio del pesado silencio, un suave maullido cortó la oscuridad.

Kimi se incorporó, parpadeando hacia la penumbra.

Allí, muy cerca de su cama y bañada por la luz tenue de la luna, vio una figura felina: un gato blanco, de pelaje impecable, que la observaba con unos ojos dorados y brillantes, casi inquisitivos.

El gato la miró fijamente por un instante y luego se deslizó, silencioso, por la puerta entreabierta.

Algo en su movimiento fluido la invitó a seguirlo.

Aunque su instinto le decía que debía quedarse, la curiosidad fue más fuerte.

Con pasos cautelosos, Kimi se levantó y salió tras el animal sin que nadie lo notara.

El gato avanzó por los estrechos pasillos de los barrancones de la Arena, deslizándose entre las sombras como si conociera cada rincón.

Las antorchas parpadeantes proyectaban formas inquietantes en las paredes, pero Kimi no podía apartar la mirada del felino.

Sentía una atracción inexplicable, como si algo más la guiara.

Ningún guardia estaba cerca, como si el destino mismo hubiera preparado ese momento solo para ella .

El animal dobló una esquina y se detuvo frente a una puerta de madera antigua, diferente a las demás, desgastada pero intacta.

En el centro, un pedrusco negro estaba incrustado en un elaborado entramado floral de plata.

El gato se sentó, esperando. Kimi dio un paso más y, con una respiración profunda, abrió la puerta.

Detrás, una escalera en espiral descendía hacia lo desconocido. El gato siguió su camino y Kimi, atrapada por la curiosidad, lo siguió sin dudar.

Tras bajar las interminables escaleras llegaron a un recinto con un aura misterios.

El interior de la planta baja era oscuro, pero no hostil.

Un espacio amplio, lleno de columnas y arcos, elaboradamente tallados.

Apenas iluminado por tenue luz que se filtraba por algún sitio indeterminado, una figura alta y encapuchada se erguía al fondo, envuelta en sombras.

No, las sombras no cubrían a la figura. Eran parte de ella. Cuando se giró, sus ojos brillaron azules bajo la capucha como dos faros en la noche. La criatura avanzó hasta el centro de la sala, evaluando a Kimi en silencio.