Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 12
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CAP 12

Tras dos semanas más de camino, el convoy llegó finalmente a la majestuosa Soltheeris.

Kimi fue la primera en notar la aparición de las imponentes murallas que se alzaron ante ellos.

Eran colosales, de un blanco marmóreo que contrastaba con el cielo despejado.

Torres de vigilancia se elevaban a intervalos regulares, coronadas con estandartes ondeantes que portaban el emblema del Imperio.

A medida que se acercaban, el bullicio de la ciudad se intensificó: mercados, risas lejanas y el eco de las monturas que trotaban sobre adoquines tan perfectamente limpios que casi parecían reflejar el cielo.

Los portones, enormes y tallados con intrincados relieves de héroes antiguos y batallas gloriosas, se encontraban abiertos en el momento en el que llegaron.

A ambos lados, filas de soldados impecablemente uniformados, con armaduras que brillaban bajo el sol, observaban con atención, la salida y entrada de personas, así como la llegada del convoy .

Una vez dentro, la magnificencia de la capital se desplegó ante sus ojos.

Amplias avenidas flanqueadas por edificios de mármol y ladrillo, adornados con mosaicos brillantes, daban testimonio del poder y la riqueza de la ciudad.

Jardines perfectamente cuidados se extendían a lo largo de las calles, llenos de árboles frutales y flores que no parecían pertenecer a ninguna estación en particular.

Estatuas doradas de antiguos líderes del Imperio se alzaban en las plazas, sus expresiones de autoridad quedaron grabadas en el tiempo.

El pavimento bajo las ruedas del convoy era tan liso como el mármol pulido, y las fuentes adornadas con esculturas de criaturas míticas esparcían agua cristalina que brillaba como diamantes bajo la luz del día.

A lo lejos, en el centro de la ciudad y en el punto más alto, se erguía el palacio imperial, una fortaleza dorada cuyas cúpulas resplandecían bajo la luz del día como si el sol mismo brillara bajo el mando del Emperador.

Kimi miró todo con una mezcla de asombro y opresión.

La belleza era indudable, pero la sensación que tenía era de que esa perfección servía como una jaula para aquel que entrase en la capital.

Las personas que se cruzaban en el camino del convoy estaban impecablemente vestidas, sus rostros reflejaban calma y prosperidad.

Parecía que la miseria y el sufrimiento no tenían cabida entre los muros de Soltheeris, o al menos se escondían muy bien.

En ese momento, su mente viajó a lo que le esperaba en la Arena. No solo era su vida la que colgaba de un hilo, sino también la pregunta constante: ¿Sería lo suficientemente fuerte para sobrevivir?

El convoy atravesó varias calles antes de llegar a una inmensa plaza, donde dominaba el paisaje el edificio de la Arena.

Este, con forma cilíndrica, estaba adornado con estatuas y frescos que narraban gloriosas batallas del pasado.

El pan de oro que decoraba las armas y armaduras de los héroes brillaba con un resplandor casi cegador.

—Nunca me canso de ver el Crisol cada vez que vengo a la capital —murmuró un soldado con reverencia.

El convoy rodeó el Crisol hasta llegar a una segunda muralla, más baja que la primera, pero igualmente intimidante.

Una vez que los pesados portones de hierro se abrieron con un estruendo, el convoy se adentró en un complejo cercado, más sombrío y lúgubre.

Edificios secundarios se esparcieron a su alrededor, formando un laberinto de residencias, áreas de entrenamiento y campos de pruebas para los prisioneros.

A la sombra del Crisol y la muralla exterior.

Al encontrarse socavado en el suelo, la muralla secundaria casi duplicaba su altura, y al fondo, la muralla exterior, se perdía de vista en el cielo. Era un hoyo donde enterraban en vida a los prisioneros para que no pudiesen escapar.

Kimi observó el Crisol desde esta nueva perspectiva.

Las paredes ennegrecidas y desgastadas por los años no tenían la majestuosidad dorada de la fachada principal.

Ahí, las sombras parecían devorar cualquier atisbo de esperanza.

A su lado, Soren sonreía con esa mueca burlona que tanto irritaba a Kimi, mientras que Thaxis, siempre calmado, se veía más sombrío que de costumbre.

—Es aquí donde empieza el verdadero juego —murmuró Soren, con sus ojos brillando de emoción contenida.

Al llegar al edificio principal tras bajar el camino de la muralla, los prisioneros fueron divididos.

Kimi y Soren fueron asignados a un sector del complejo, mientras que Thaxis fue enviado a otro.

Los soldados imperiales escoltaron a cada uno de ellos a sus respectivos destinos, pero antes de separarse, el anciano hizo un gesto con la mano, pidiendo un momento con Kimi.

—Espera, déjanos despedirnos —pidió con suavidad, cargando la voz con una súplica urgente.

Los guardias se miraron entre ellos y, con un leve asentimiento, le dieron un breve espacio.

Kimi se detuvo y se giró hacia Thaxis, sus ojos reflejaron toda la incertidumbre que sentía, aunque el anciano no pudo verlo. Thaxis, con movimientos limitados por las cadenas, la envolvió en un torpe, pero cálido abrazo.

—Kimi, escucha bien —comenzó Thaxis, con tono grave—. No confíes en Soren. Ni en nadie. Ese chico... —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—, sólo vela por sí mismo. En cuanto vea la mínima oportunidad para salvarse, no dudará en traicionarte.

Kimi asintió con seriedad, sintiendo cómo las palabras del anciano penetraban en su interior.

—Lo sé —murmuró ella, intentando controlar el temblor en su voz—. Pero... ¿Qué puedo hacer?

Thaxis esbozó una pequeña sonrisa.

—Eres más fuerte de lo que crees, Kimi. Mantente alerta, pero no dejes que el miedo te controle. Aquí, no solo sobreviven los fuertes... sobreviven los astutos. Y tú, niña, tienes una fuerza que ni siquiera conoces. Aprende a controlarla, escóndela bien, y cuando sea el momento... úsala.

Las palabras del anciano, aunque confusas, llenaron a Kimi de una determinación silenciosa. Sabía que el anciano no hablaba solo de su fuerza física, sino de algo más profundo.

—Gracias, Thaxis —dijo con un hilo de voz—. Cuídate... y que no te maten.

Este asintió y, con una última caricia en su brazo, retrocedió mientras los guardias retomaron el control del prisionero.

—Nos volveremos a ver, niña. Tú solo encárgate de mantenerte con vida, y nos volveremos a ver —añadió, esbozando una misteriosa sonrisa, antes de desaparecer entre las sombras de su nuevo destino.

Ambos prisioneros fueron alineados mientras los guardias los inspeccionaron con rápidas miradas, evaluando sus rostros con una frialdad indiferente.

El ambiente estaba cargado de tensión, y la monumental estructura del Crisol, con sus muros ennegrecidos, parecía absorber cualquier atisbo de esperanza que pudieran tener.

Un guardia de uniforme oscuro y porte autoritario, con cicatrices cruzando su rostro curtido por la batalla, se acercó al grupo.

En su mano llevaba un rollo de pergamino, que desenrolló lentamente antes de comenzar a leer con voz áspera y grave, como si cada palabra fuera un eco de la violencia que rodeaba la Arena.

—Bienvenidos a la Arena —comenzó, su voz resonó entre los muros—. Aquí, el crimen dicta tu futuro. Los de menor gravedad tendrán el “privilegio” de entrenar antes de juntarse con personas más... cualificadas. Normalmente llegan más prisioneros en otros convoyes, pero el protocolo es el mismo.

—Kimi —continuó el guardia, señalando hacia la izquierda—. Serás llevada a los barracones de principiantes. Allí tendrás tiempo para prepararte... aunque eso no garantiza tu supervivencia.

Soren bufó indignado, desafiante tiró de sus cadenas.

—¿Por qué ella sí y yo no? ¡Ahí dentro están los peores monstruos del Imperio!

Kimi, mientras lo veía hablar con los guardias, arrogante, sabía que no podía confiar en él.

Sabía que era capaz de traicionar a su propia madre si eso implicaba que el hombre saliese con vida.

Sin embargo, no podía ignorar el hecho de que su brutalidad y habilidad en combate podían ser útiles.

¿Debería intentar una alianza, aunque fuera temporal?

La idea la asqueaba, pero en un lugar como la Arena, la moralidad era un lujo que ya no podía permitirse.

El guardia lo miró por encima del pergamino, alzando una ceja con desdén.

—Tienes en tus espaldas 247 asesinatos, con torturas incluidas. Creo que estarás bien preparado para que te partan el culo tus congéneres, monstruo. —respondió con un tono cortante.

Sin más, un segundo guardia tomó del brazo a Kimi, separándola de Soren.

No hubo despedidas cálidas. Aunque no era el sentimiento que esperaba, Kimi sintió una mezcla de alivio y tranquilidad mientras los guardias la escoltaban lejos del chico, hacia un conjunto de edificios más modestos, alejados del Crisol.

El aire en los barracones era espeso, cargado de humedad y miedo.

Los muros de piedra rezumaban frío, y el eco de los pasos resonó con un ritmo casi ritual.

El olor a sudor, metal y desesperación impregnaba cada rincón.

Kimi apenas podía respirar por el peso de la situación, sentía que el lugar mismo la estaba aplastando.

Afuera, el viento silbaba entre las rendijas de las paredes, pero dentro no había más que opresión.

El guardia, con su silencio casi ritual, los hizo formar una fila antes de continuar.

—Esto es lo que debéis saber —dijo con voz cortante—.

Estáis aquí porque vuestros crímenes no son lo suficientemente graves como para mandaros directamente al otro sector.

Se os dará tiempo para entrenar y prepararos.

Pero no os equivoquéis: todos seréis lanzados a la Arena al final.

Solo os estamos dando una oportunidad de no morir los primeros, o incluso antes.