Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 11 #2
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CAP 11 #2

Thaxis fue el siguiente en ser llevado. Cuatro soldados rasos entraron en la plaza, acompañados por otros dos con uniformes diferentes, que claramente ocupaban un rango superior. Su porte y la forma en que se movían entre los otros indicaron rápidamente su estatus.

—Thaxis, serás sacado de la celda para pasar por el registro. Estarás bajo la vigilancia de un protector y un telequinético. Tenemos órdenes de ejecutarse ante cualquier intento de resistencia. ¿Lo entiendes? —dijo uno de los oficiales con voz fría y autoritaria.

El anciano asintió con la cabeza y se levantó del suelo de la celda. Sin embargo, el soldado que hablaba no abrió de inmediato la puerta.

—Repítelo en voz alta, Thaxis. Ya sabes cómo funciona esto —ordenó el oficial con un tono imperativo.

El anciano resopló, pero cumplió con la orden. Kimi se encogió en una esquina de la celda mientras dos soldados entraban, le colocaban nuevos grilletes y lo llevaban por la misma ruta por la que había desaparecido el Thorg con el otro prisionero.

Cuando la noche comenzó a caer, la puerta de la celda se abrió nuevamente, esta vez para Kimi.

Dos soldados la escoltaron sin decir una palabra, pero la firmeza con la que la sujetaron dejaba claro que no debía resistirse.

La condujeron hasta una fortaleza, de muros gruesos y ventanas estrechas.

Una vez dentro, avanzaron a través de pasillos apenas iluminados por antorchas, subiendo escaleras y atravesando puertas pesadas, hasta llegar a un despacho al final de un largo corredor.

La puerta del despacho de Dharkggor era imponente, hecha de madera oscura con incrustaciones de metal, reflejo de un hombre que claramente inspiraba respeto.

Los soldados abrieron la puerta, empujándola suavemente hacia adelante, dejándola entrar sola.

Al cruzar el umbral, Kimi sintió de inmediato la presencia del Thorg.

El despacho era amplio, con una gran mesa de madera en el centro, repleta de documentos y mapas.

Las paredes estaban decoradas con trofeos de batalla: colmillos y garras de criaturas que Kimi no podía identificar, medallas de campañas antiguas y estandartes desgastados por el tiempo, cada uno contando la historia de una conquista.

En una vitrina de cristal, se exhibían armas ceremoniales y una corona rota, trofeo de una victoria inmemorial.

Todo en la sala hablaba de un guerrero curtido, pero también de un líder respetado.

Dharkggor estaba de pie junto a la ventana, su silueta se recortaba por la luz del atardecer. Cuando Kimi entró, se giró con una sonrisa suave, aunque sus ojos no perdieron esa intensidad imponente.

—Kimi, ¿verdad? —dijo el Thorg, con una voz que combinaba amabilidad y autoridad en partes iguales—. Siéntate. Hablemos.

La chica vaciló un segundo antes de sentarse en la silla frente a él. Dharkggor tomó asiento detrás de su escritorio, pero no parecía relajado; incluso en reposo, su postura irradiaba una constante alerta.

—He leído tus antecedentes, pero dime, ¿de verdad Kimi es tu nombre? —continuó mientras se inclinaba hacia adelante—. Los escoltas me mencionaron que en vuestras conversaciones has dejado claro que has perdido la memoria. ¿Es eso cierto?

A Kimi le costaba mantener el contacto visual, pero finalmente, reticente, lo miró a los ojos y asintió con una mezcla de vergüenza e incomodidad.

—Entiendo… —murmuró Dharkggor, apuntando algo en el informe que tenía delante—. Es posible que Kimi no sea tu verdadero nombre, quizás algún burócrata lo anotó sin más. No sería la primera vez que recibimos presos con nombres ridículos... o sin lengua.

El Thorg revisó los papeles frente a él sin alterar su expresión.

—Tu historia es... interesante. Aquí no somos jueces —dijo, levantando la mirada—, eso lo decidieron antes de que llegaras aquí. Nosotros solo aseguramos que todo lo que pasa por estas puertas siga las reglas. Y tú... —hizo una pausa, evaluando su reacción—, aún no has roto ninguna, ¿verdad?

Kimi no respondió. La calma de Dharkggor era inquietante; no mostraba la brutalidad que ella había esperado, sino una inteligente y astuta amabilidad que la puso en alerta. Él la observaba con ojos calculadores, pero su voz mantenía una calidez inesperada.

—Verás, Kimi, la guerra no se gana solo con fuerza bruta —dijo, señalando los trofeos en las paredes—. Se necesita astucia, estrategia... y respeto. Todo lo que ves aquí —sus ojos recorrieron la habitación— lo gané no solo con mi espada, sino con mi mente.

—¿Eres amable para jugar conmigo? —dijo Kimi, desafiándolo con la mirada.

El Thorg sonrió, satisfecho de que ella se mostrara dispuesta a colaborar.

—En realidad, no. Has sido prudente hasta ahora.

Con Soren tuve que usar la fuerza bruta, porque es un imbécil, y no tolero a los imbéciles —dijo, cruzándose de brazos mientras se recostaba en su silla—.

Con Thaxis fui más amable. Es un hombre peculiar, muy inteligente...

Tuvimos una buena conversación durante su registro. Contigo, dependerá de lo que hagas.

Kimi se removió en su asiento, sintiendo la presión de la mirada de Dharkggor .

—Quiero que entiendas algo —continuó—. Yo soy justo, pero no tengo piedad con quienes ponen en peligro la seguridad del Imperio. No soy tu enemigo, Kimi, pero si llegas a serlo, no te mostraré compasión.

Aunque sus palabras eran amables, el mensaje estaba claro: Dharkggor no solo era un guerrero, era un estratega, alguien que había sobrevivido leyendo a las personas y adelantándose a sus movimientos.

—No recuerdo haber hecho nada de lo que se me acusa… —dijo Kimi, sintiendo la necesidad de defenderse—. Podría ser inocente.

Dharkggor la miró con una expresión seria, apretando los labios antes de hablar.

—Lamento escuchar eso. Los jueces debieron haber investigado eso antes de juzgarte, pero aquí no se hacen preguntas. Nosotros solo nos encargamos de que cumplas tu sentencia.

Kimi desvió la mirada hacia la ventana, donde la luz del día comenzaba a desvanecerse en el horizonte.

—Permaneceréis en Bastión de Hierro unos días mientras reabastecemos suministros —dijo Dharkggor, levantándose y ofreciéndole la mano—. Espero que tu estancia sea tranquila y sin altercados. Sí no... —dejó la amenaza sin concluir.

Kimi aceptó el apretón de manos, aunque no pudo sacudirse la sensación de vulnerabilidad. Dharkggor era un hombre poderoso, no solo por su fuerza física, sino por la autoridad que ejercía con cada palabra y gesto.

—Ahora, haremos el chequeo. Luego podrás regresar a tu celda a descansar. No son grandes lujos, pero tendrás una cama para ti sola y algo de privacidad.

Los días en Bastión de Hierro pasaron como una tormenta, llenos de incertidumbre y miradas cargadas de sospecha.

Kimi estaba sola en su celda, aunque esa soledad no le alivió del todo.

Sentía que cada sonido —un golpe de puertas, un murmullo entre soldados, pasos lejanos— era un presagio de que algo iba a ocurrir en cualquier momento.

Las veces que la sacaron al patio, ella temía que fuera para recibir una paliza.

Sin embargo, solo la obligaban a cargar cajas pesadas o hacer recorridos con pesos en las piernas y las manos.

La amenaza de un castigo físico, por su debilidad, seguía presente en su mente, pero nunca llegaba a materializarse.

El espacio reducido la oprimía, y las paredes de piedra parecían acercarse más cada día. Sus pensamientos se enredaban en nudos cada vez más apretados, y la ausencia de respuestas sobre su pasado pesaba tanto como las cadenas invisibles que sentía a su alrededor.

Una mañana, sin previo aviso, dos guardias llegaron a su celda. La miraron con frialdad, pero no dijeron nada. La condujeron por los pasillos oscuros de la fortaleza, hasta una sala pequeña, vacía salvo por una silla en el centro. Uno de los guardias le indicó que se sentara.