Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 11
52%

CAP 11

A la mañana siguiente los soldados recogieron pronto el campamento y salieron de la ciudad cuando el sol empezó a despuntar por el horizonte.

Kimi se encontraba recostada en el camastro, abrazando sus doloridas costillas mientras observaba el fuego del amanecer ardiendo en las nubes del cielo. Aún no podía sacudirse la sensación de que algo dentro de ella estaba roto, como si una parte de su ser se hubiera desvanecido para siempre.

Thaxis se encontraba de pie sacando los brazos por los barrotes mojándose las manos de rocío de los altos arbustos que rodeaban el paso en ese tramo del camino

—Buenos días, ¿Cómo te encuentras?

Kimi simplemente gimió de dolor, fue respuesta suficiente para el anciano.

Los días pasaron y tras dejar atrás las dos semanas de trayecto Kimi pudo ceder el camastro al anciano algunas noches al sentirse algo mejor. Por el contrario, las cadenas de Soren le impedían acercarse al lecho, por lo que no pudo participar en los turnos de dormir en él.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de estas situaciones, frutita? —preguntó mientras se estiraba perezosamente, sus ojos brillaron con malicia—. Te hacen ver quién está realmente de tu lado.

Kimi lo observó. El comentario no la sorprendió, pero había algo en la forma en que lo decía que la puso en guardia. Thaxis, sentado en el camastro, levantó la cabeza al oírlo.

—Soren, no llegas hasta el camastro, ¿Cómo quieres…?— el bufido del hombre le cortó— No sé qué clase de persona eras antes de estar aquí, pero tengo la sospecha de que eras un oportunista. ¿Me equivoco? —preguntó Kimi con rabia mal disimulada.

Soren soltó una carcajada amarga.

—No te equivocas, frutita. ¿Y qué? El mundo es de los que saben cuidarse a sí mismos. Al final, solo importa lo que hagas por ti. Los otros… son simples herramientas.

Kimi, sintiendo el peso de esas palabras, apretó los puños.

—Y tú nos usarías si pudieras, ¿no? —preguntó, sus palabras  estuvieron teñidas de una mezcla de desdén y desconfianza.

Soren le lanzó una mirada rápida y sonrió de medio lado.

—¿Usaros? No, princesa… no tengo que usaros. Solo tengo que esperar el momento adecuado para obtener lo que quiero. En la Arena me mantendré al margen todo lo que pueda para mantenerme vivo, y al final simplemente tendré que aprovecharme de la carroña —dijo con una oscura sonrisa en el rostro.

Thaxis analizó a Soren en silencio durante unos momentos antes de hablar, su voz salió suave pero firme.

—Llevas tantos años trabajando solo en la clandestinidad que te has olvidado de la clave indispensable de sobrevivir.

La supervivencia en sí es importante, sí, pero los verdaderos supervivientes saben cuándo formar alianzas…

y cuándo romperlas. Los solitarios como tú suelen acabar muertos en la Arena.

Soren se encogió de hombros, su sonrisa no desapareció .

—Ya lo veremos, viejo. Pero no te equivoques: solo quiero que mi culo salga vivo de esa cloaca de ratas. En la Arena, cada uno lucha por lo suyo, y yo lucharé por mí mismo.

—Nunca una sola persona ha salido viva de la Arena. O sales en grupo o no sales. Recuérdalo.

Kimi, observando la conversación, sintió un frío nudo en el estómago.

Aunque las palabras de Thaxis tenían lógica, había algo en la confianza desmedida de Soren que la inquietó.

Sabía que, aunque ahora cultivasen una extraña camaradería, él no dudaría en traicionarlos en cuanto viera una oportunidad.

—Deberías descansar, frutita —añadió Soren, con la falsa amabilidad que solo lograba irritarla—. Quien sabe, puede que mañana necesites estar en forma… para lo que venga.

Kimi no respondió, pero en su interior ya había decidido que no confiaría en Soren, por mucho que la situación los forzara a estar juntos.

Tras un mes y medio de camino, llegaron a las puertas de Bastión de Hierro, la ciudad militar, que custodiaba la entrada a la península de la capital, rodeada de cordilleras. La gran muralla se mezclaba con las montañas y riscos a ambos lados del camino.

—Casi doscientos años tardaron en construir la muralla —dijo un soldado con orgullo al ver la cara de asombro de Kimi.

—¿Doscientos años en construir una muralla?

El soldado la miró ente ofendido y divertido, soltando un bufido.

—¿Perdona? La muralla es toda la cadena montañosa. Costó cientos de vidas de geokinéticos que trabajaron toda su vida para levantar semejante obra maestra de arquitectura y naturaleza.

El soldado avanzó alejándose de la chica, claramente ofendido.

Era cierto. La muralla no estaba construida con ladrillos ni piedras unidas de manera rudimentaria.

Era una formación natural de piedra que se erguía en altos y resistentes muros con una precisión sorprendente.

A medida que se alejaba del camino, la muralla se integraba con el terreno, creciendo y descendiendo de forma continua, fusionándose con el paisaje y asegurando que el acceso a la capital sólo fuera posible a través de la vía imperial.

Las grandes puertas de hierro chirriaron al abrirse, dejando paso al convoy. La ciudad militar era un centro neurálgico para la región, y el control sobre su entrada era vital para la seguridad de la capital.

Al cruzar los portones, Kimi se encontró con figuras imponentes y robustas, cuyas pieles de tonalidades terrosas y verduzcas, y estatura formidable destacaban en el entorno.

Eran Thorgs. Aunque su aspecto pudiera parecer intimidante por su altura y corpulencia, había una notable estructura y disciplina en su comportamiento que revelaba que eran mucho más que simples y burdas criaturas.

Uno de los Thorg se acercó revisando unos documentos.

Su presencia era imponente y su porte, majestuoso.

Vestía un traje verde militar adornado con decoraciones doradas que resaltaban completamente pulidas con esmero.

Su mirada era intensa y sus movimientos, fluidos y calculados.

Kimi, aunque trataba de mantener la compostura, no pudo evitar sentirse sobrecogida por la autoridad y la presencia abrumadora de este Thorg.

Su desconfianza creció a medida que se acercó al convoy, inspeccionándolo con una precisión que no hacía más que aumentar la tensión en el aire.

—Soy Dharkggor, el encargado del reconocimiento de este convoy —dijo con una voz grave y profunda que transmitía autoridad y calidez al mismo tiempo—. Vamos a hacer un rápido chequeo para asegurarnos de que todo esté en orden. La seguridad de la península es nuestra prioridad.

Mientras Dharkggor inspeccionaba el convoy, Kimi observó cómo los demás se movían con un respeto palpable a su alrededor.

Su presencia era innegable, y su liderazgo se manifestó en cada gesto y en la manera en que los demás se comportaban a su lado.

La influencia de Dharkggor parecía ir más allá de su imponente apariencia, como si no solo su estatura y autoridad generaran un aura que afectaba a todos los presentes.

Kimi notó la diferencia que su presencia provocaba en contraste con los soldados humanos que le rodeaban, intensificando aún más su propia sensación de vulnerabilidad.

—Oye, verdecito, ¿me vas a cachear tú? —preguntó Soren con la suficiencia y arrogancia que le caracterizaban.

Dharkggor interrumpió el murmullo que mantenía mientras revisaba el contenido de la primera carreta de suministros.

Al mirar a Soren, Kimi sintió un escalofrío al notar el peligro y la frialdad en sus ojos azules.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro mientras cedía los documentos a un compañero, quien los recibió de manera brusca.

Dharkggor se enfrentó a Soren, cruzándose de brazos.

—Puedes llamarme Dhark —dijo con una voz cargada de amenaza—. Después de lo que te voy a hacer, me lo dirás hasta con cariño. Suéltalo, a ver qué es capaz de hacer.

Dos soldados entraron en la celda. Kimi y el anciano levantaron los brazos en señal de paz mientras le quitaban el grillete del cuello al hombre.

Aprovechando su libertad, este empujó a uno de los soldados, haciéndolo caer desde la celda y gimoteó de dolor en el suelo debido a la altura de la caída.

Soren, con un ágil salto, le arrebató la espada al soldado y se enfrentó a Dharkggor.

El asesino era un poco más bajo que Kimi, lo que acentuaba aún más la diferencia de altura con el imponente Thorg. Dharkggor mantenía una sonrisa burlona mientras avanzaba lateralmente, evaluando a su oponente.

Aunque Soren no poseía la corpulencia ni la fuerza del Thorg, su velocidad y destreza con la espada eran impresionantes.

Se movió con agilidad, cerrando rápidamente la distancia con su oponente y lanzando dos cuchilladas que habrían decapitado a un hombre común sin esfuerzo.

Sin embargo, Dharkggor esquivó con facilidad los ataques, levantó un puño y propinó un golpe tan contundente que incluso Thaxis, a pesar de no poder ver la escena, sintió el dolor a través del casco de su compañero de celda .

Soren cayó al suelo inconsciente, como un muñeco de trapo. Dharkggor se acercó y levantó al preso sobre su hombro como si fuera un saco de harina.

—¿Ya duermes, pastelito? Apenas estamos empezando —dijo Dharkggor con una sonrisa cruel.

El Thorg y el asesino desaparecieron por una de las callejuelas.

La entrada de Bastión de Hierro era una amplia plaza diseñada para evaluar meticulosamente todo lo que entraba y salía, con edificios que se extendían de manera cuadriculada y simétrica a su alrededor.

Los presos esperaron en la celda lo que les pareció una eternidad.

Los soldados los ignoraron por completo; la celda estaba cerrada y no representaban ninguna amenaza inmediata.

En contraste, el bienestar de las monturas y los animales de carga parecía ser de vital importancia, y los felinos recibieron un trato sumamente cuidado y reverencial.