Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 10 #2
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CAP 10 #2

—Al menos tú tuviste discípulos. Yo ni eso. Aunque, bueno, supongo que no soy el tipo de persona que enseña mucho. A menos que cuentes mis trabajitos como lecciones de anatomía, prefiero que me muestren su interior… —dijo con una sonrisa cruel que no llegó a sus ojos.

—Interesante dúo, ¿no crees? —murmuró Thaxis, girando la cabeza apenas para dirigir su atención a Kimi—. El carnicero y el poderoso caído… Pero ¿y tú? —La voz del anciano se volvió suave y enigmática—. No creo que no te acuerdes de nada. ¿Qué te trajo aquí? No pareces una de nosotros .

Kimi lo observó, notando que el anciano comenzaba a probar su resistencia. Sintió una especie de caricia fantasmal en su mente. Era sutil, pero pudo sentir algo, la búsqueda de información más allá de una simple pregunta casual.

Ese casco no funcionaba del todo bien.

El destripador, por su parte, no dejó pasar la oportunidad de tensar más la cuerda:

—Vamos, princesa. El viejo tiene razón. Todos aquí sabemos que no eres una simple prisionera. ¿Qué haces con nosotros? —Se inclinó hacia adelante, como si su mera proximidad aumentara la presión en el aire.

Kimi sabía que estaba en un juego peligroso.

Aún no estaba en condiciones de confiar en ninguno de ellos, pero tampoco podía permitirse el lujo de enemistarse con ambos.

Su cabeza embotada y el dolor que sentía en todo el cuerpo no la dejaron concentrarse en nada; sus recuerdos se le escapaban como arena entre los dedos, y no sabía qué hacer.

—Si no me creéis es problema vuestro, pero supongo que tenía mis propios asuntos que resolver, si hice lo que dicen que hice —respondió finalmente, con un tono neutro que intentó que no revelara su debilidad, pero que tampoco mostró mucha fuerza.

Kimi trató de concentrarse, pero su mente estaba envuelta en un velo de confusión. Cada palabra parecía resonar en una parte de su cerebro que no podía alcanzar del todo. No recordaba quién era, ni cómo había llegado allí.

El destripador se encogió de hombros, aparentemente satisfecho con la ambigüedad de la respuesta.

Pero el anciano no pareció tan convencido.

Su mano siguió jugueteando con las piedras de su casco, anhelando arrancarlas de cuajo y meterse él mismo en la mente de la joven y sacar la información que quería.

—¿Asuntos? —repitió el anciano con una sonrisa ladeada—. Parece que ni tú misma estás segura de eso, ¿eh?

—Mis asuntos no te incumben, viejo —respondió, aunque su voz careció del filo que hubiera querido ponerle.

El destripador soltó una carcajada seca, divertido .

—¿Lo ves, viejo? Se defiende como un gatito con las uñas aún sin afilar. ¿No te parece curioso? La princesa sin reino… o sin memoria, más bien. —El chico se inclinó hacia ella, su mirada se afiló—. Quizá podríamos ayudarla a recordar, ¿no crees?

—No te esfuerces demasiado en recordar, niña —dijo el anciano con un tono casi paternal—. A veces, olvidar es la única forma de sobrevivir.

Esas palabras hicieron eco en Kimi, aunque no supo por qué. ¿Era cierto? ¿Estaba mejor sin sus recuerdos? ¿Qué clase de vida había llevado antes de despertar en esa celda?

Soren sonrió con malicia.

—De todos modos, no importa lo que hayas olvidado; lo que importa es lo que viene. —Hizo una pausa, estirando sus músculos—. La Arena. Ahí todos somos iguales. Los olvidadizos, los traicionados, los asesinos… Todos luchamos, y solo los que sobreviven obtienen su libertad.

Kimi tragó saliva, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Aún no sabía quién era o qué hacía allí, pero lo que sí sabía era que tendría que sobrevivir... y para eso, necesitaba jugar con cuidado.

—Yo no pelearé en vuestro espectáculo —dijo el anciano.

Kimi lo miró con dudas, y él, como si pudiera verla, continuó:

—Las personas con magia ofrecen un espectáculo, y las personas corrientes otro. No sería justo si tuviésemos que enfrentarnos entre nosotros, porque los corrientes no tendríais nada que hacer.

El destripador bufó, ofendido.

—¿Perdona? Me gustaría ver cómo intentas cortarme el cuello, viejo.

La risa sombría y tétrica que curvó los labios de Thaxis erizó la piel de ambos compañeros de celda.

—¿Cortarte el cuello? Soren, soy un telépata onirista. Único en mi clase. Si quisiese, haría que te cortases tu mismo el cuello sin que me hiciese falta mancharme las manos

El hoven palideció al comprender el alcance del poder del anciano que se sentaba delante de él. Kimi, en cambio, observó la reacción del asesino y, con inquietud, decidió preguntar .

—¿Qué significa eso?

—Significa que debería haber sido asesinado hace muchos años para evitar semejante acumulación de poder… —susurró Soren.

Esta vez el anciano rió, divertido.

—En eso tienes razón. Los telépatas tienen dones como la empatía o la telepatía, y pueden desarrollar habilidades como los campos de fuerza o la telequinesis.

Y los oniristas, en cambio, pueden tener habilidades de proyección astral o proyección mental…

—Mantuvo una pausa dramática antes de continuar—.

En mi caso, tengo el don de la telepatía y la habilidad de las proyecciones mentales.

Esa doble baraja me permite jugar con tu mente como quiera; implantar en ella no sólo recuerdos, sino también imágenes reales, cuando yo quiera.

Kimi miró al anciano con una perspectiva diferente. Si en algún momento se quitaba el casco, ese hombre podría hacer que cualquiera estuviese bajo su control, creando una realidad a su alrededor. Lo que fuera.

—Por amistad y lealtad, mantuve la privacidad de los pensamientos de mis pupilos y del Presidente— Thaxis enmudeció por la rabia del recuerdo del pasado, apretó los puños con fuerza—.

Mantenía bajo control cualquier pensamiento del resto de las personas que me rodeaban, los mantenía felices, casi viviendo un sueño en la vida real…

y esos tres traidores me quitaron de en medio por miedo a que yo tomase el control de la ciudad. Bastardos.

Kimi se quedó en silencio, reflexionando sobre lo que acababa de escuchar.

La idea de que alguien como Thaxis, con ese poder, pudiera estar controlando la realidad de los demás le resultaba perturbadora.

¿Hasta qué punto podía confiar en lo que veía o en lo que le decían?

¿Y qué pasaría si alguna vez el anciano lograba liberarse de su casco?

Ya se podía notar que esa cárcel enjoyada que envolvía su cabeza no era capaz de contener del todo su poder. ¿Hasta dónde podía llegar?

Soren, aún pálido, trató de recuperar la compostura, pero sus ojos revelaban el miedo que ahora sentía por el anciano .

—Entonces... ¿Qué te impide matarnos a todos y salir de aquí como si nada? —preguntó el destripador, con una risa nerviosa.

Thaxis lo atravesó con la mirada desde detrás de las piedras preciosas de su casco.

—Eres imbécil, o es que no lo ves, muchacho —respondió con calma—. Aunque no necesitas que yo te mate; en la Arena tendrás enemigos más que suficientes.

—No pienso pelear —dijo Kimi en voz baja, aunque con firmeza—. No sé quién soy, pero sé que no vine al mundo para entretener a otros con mi vida.

El anciano esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—Tal vez tengas razón, niña. Pero, a veces, no tenemos opción. Todos luchamos, de una forma u otra, por lo que creemos. Tú aún no sabes por qué luchas… pero lo descubrirás.

Soren rompió la tensión con una sonrisa burlona.

—¿Sabes qué? No me importa lo que penséis. La Arena será divertida, y voy a disfrutar viendo cómo los ilusos como tú, Kimi, caen uno por uno bajo el filo de mi espada. —Miró al anciano—. Y tú, viejo, ya veremos cuánto duras sin tus trucos mentales.

El anciano no respondió, pero Kimi sintió una tensión en el aire, como si algo estuviera a punto de explotar.

Antes de que Soren pudiera seguir burlándose, un fuerte grito resonó desde fuera de la celda.

—¡Alerta! —vociferó uno de los soldados—. Estamos entrando en las ruinas de Falthor. Todos atentos.

El convoy redujo su velocidad mientras los soldados, a caballo, se pusieron en guardia, observando con cautela las desmoronadas estructuras a su alrededor.

Lo que quedaba de las antiguas murallas de piedra se alzaban imponentes, aunque cubiertas de musgo y marcadas por la erosión del tiempo.

Los edificios, en su mayoría en ruinas, eran los fantasmas testigos de una antigua gloria, un recordatorio de que incluso las ciudades más prósperas podían caer en desgracia.

Kimi se levantó con dificultad y se acercó a los barrotes para apreciar mejor lo que le rodeaba. La ciudad fantasma había sido abandonada hacía mucho tiempo, donde claramente no se habían molestado en intentar reconstruirla, pero su presencia emanaba una energía inquietante.

—¿Qué son esas ruinas? —preguntó Kimi en voz baja.

—Falthor. Alguna vez fue una ciudad comercial importante, aliada de Northees Brinon por su cercanía, pero en la Gran Guerra fue devastada. Ahora solo es un cascarón vacío. Aunque... Algunos dicen que aún alberga secretos.

Soren bufó.

—Más historias de fantasmas. Han pasado mil años desde que se acabó la Guerra, seguro que esos secretos ya fueron saqueados por algún bandido o guardia aburrido.

El soldado que se encontraba a su altura lo miró con mala cara. Era un hombre joven, con una mirada endurecida por las batallas, pero su nerviosismo era evidente. Sostuvo su lanza con fuerza, y su mirada se dirigió a los tres prisioneros con desconfianza.

—¡Vosotros! —replicó el soldado—. Ningún movimiento sospechoso mientras atravesamos este lugar, ¿entendido?

Soren se encogió de hombros con indiferencia, mientras Thaxis permaneció impasible, aunque una ligera sonrisa se dibujó en sus labios. Kimi, en cambio, mantuvo su atención fija en el soldado, notando su ansiedad.

—¿Por qué estás tan intranquilo? Son solo unas ruinas… —dijo la muchacha, tratando de romper la tensión.

El soldado le lanzó una mirada fugaz.

—Mantén la boca cerrada, puta —respondió con brusquedad—. Solo hacemos nuestro trabajo.