Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 10
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CAP 10

Las ruedas de la caravana giraban pesadamente sobre la polvorienta vía Imperial.

Esta, adoquinada muchos años atrás, ya mostraba signos de abandono debido a la escasa afluencia de viajeros permitida dentro del imperio.

El convoy estaba compuesto por dos caravanas de suministros, la caravana-celda y dos grupos de cuatro jinetes, montados sobre leoquinos, posicionados al comienzo y al final de la formación.

Los leoquinos eran primos de los elegantes feliquinos, pero más grandes y majestuosos, perfectos para grandes trayectos y preparados para la batalla.

Mientras que las caravanas iban tiradas por galornios, estos animales tenían más apariencia de grandes felinos que equinos, con fuertes músculos, pero con patas terminadas en pesadas pezuñas

La celda, completamente de metal, tenía barrotes en el techo que llegaban hasta la media altura del cubículo. Desde fuera, solo se veía a uno de los ocupantes, que, apoyado contra los barrotes, sacaba los brazos ansiando atrapar el espacio abierto que se extendía a su alrededor.

El hombre, que apenas había dejado la veintena atrás, miraba el pasto, de un verde apagado, del mismo color que sus ojos. Su respiración era tensa, revelando su frustración.

—No aguanto más esta celda… —murmuró, rompiendo el incómodo silencio.

—Chaval, llevamos apenas tres días… relájate o te deformarás el cráneo entre los barrotes —respondió el anciano, recostado sobre el metal, acariciando disimuladamente la piel suave de la muñeca de la chica que yacía en el camastro.

Ella empezó a tomar consciencia, muy poco a poco, después de todos esos días sumida en un sueño reparador.

—¿Por qué ella tiene un camastro y nosotros apenas unos cojines mugrientos? — dijo el chico mirando a la joven con desaprobación sin querer meter los brazos dentro de la celda.

El anciano frunció el ceño, aunque no era visible debido al casco de metal que llevaba, cubriéndole hasta los ojos. El casco, engarzado con piedras preciosas de diferentes colores, era más que una extravagancia: bloqueaba sus poderes mentales.

—No la viste llegar a los reparadores… He visto jarrones tirados desde un tercer piso acabar en mejor estado que ella —dijo el anciano con voz pausada.

—Dudo que tú lo vieras tampoco… —replicó el joven con un tono burlón.

Sin previo aviso, el anciano cogió una taza de latón donde bebía y la lanzó con precisión. El objeto rebotó contra la cabeza del joven, quien soltó un gruñido por el impacto.

—¡Eh! ¿Cómo se supone que lo haces? ¡Esa mierda no funciona bien! ¡Guardias! —gritó el chico, frotándose la cabeza mientras miraba desconfiado al anciano.

De inmediato, una vara de madera atravesó los barrotes y golpeó al joven en el hombro, haciéndolo caer hacia atrás. Al chocar contra el suelo, las cadenas que sujetaban la argolla en su cuello rompieron el silencio, estruendo que terminó de despertar a la chica .

—¡Cállate ya, destripador! —gritó uno de los guardias desde fuera—. Eres insoportable. ¿Te comiste todas las lenguas que arrancaste o qué?

El hombre agarró el borde de la argolla, intentando mitigar la opresión y el repentino dolor en su cuello, y se levantó con dificultad.

—Yo no arrancaba lenguas, imbécil. ¿No sabes lo que significa “destripador”? —El hombre se sentó contra la pared opuesta, sin dejar de observar al guardia—. Aunque ahora entiendo por qué tengo tan buenas deposiciones...

El soldado hizo una mueca de asco antes de volver a su posición.

El destripador miró sorprendido a su lado, cuando un movimiento llamó su atención. La muchacha se incorporó lentamente en el camastro, frotándose la cabeza afeitada mientras gemía por el dolor.

—Vaya, vaya... la princesa se ha despertado.

El anciano, sentado a su lado, le sujetó la mano cuando esta se acomodó al borde del camastro.

Lo que alguna vez fue una preciosa tez morena, ahora tenía un tono verduzco, salpicado de morados por todas partes, dando una imagen preocupante.

Los reparadores apenas habían hecho lo justo para que sobreviviera el viaje, pero no hicieron nada para que estuviera cómoda durante el camino.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó el anciano.

La chica, completamente desorientada, miró a su alrededor. Sus compañeros de celda se veían borrosos, y de su garganta apenas salió un leve quejido.

—No te preocupes, no tenemos prisa. Intenta descansar...

—¿Acaso la conoces? No entiendo por qué eres tan amable con ella y conmigo no…—bufó el hombre ofendido— ¿Es porque es una chica? Es muy feo de tu parte, camarada macho.

El anciano, aunque debilitado por los años, consideró utilizar sus antiguos conocimientos sobre cómo estrangular a alguien, pero los grilletes le impedían moverse lo suficiente.

—Aunque no sea de tu incumbencia... hay algo en ella. Algo especial que... respeto .

El destripador lo miró con desdén.

—Se llaman tetas, viejo. Parece mentira que a tu edad no sepas identificar ese algo especial en las mujeres.

El anciano soltó un bufido, ignorando la grosería del joven mientras volvía a reclinarse sobre el metal frío.

—Eres un imbécil, Soren. Si tan solo usases el cerebro tanto como la boca, quizás estarías en un lugar mejor —dijo el anciano.

Soren sonrió, deleitándose en su provocación. Pero antes de que pudiera replicar, la joven, ahora más despierta, levantó ligeramente la cabeza y los observó con el ceño fruncido. Aún sentía su cuerpo pesado y dolorido, como si estuviera sumido en un lodo denso repleto de estacas, y su mente… vacía.

—¿Dónde... estoy...? —murmuró la chica con una voz ronca, tras haber pasado días sin hablar.

El anciano volvió su cabeza hacia ella, su expresión bajo el casco se suavizó un poco.

—De camino a la capital —respondió, sin más explicaciones. Sus dedos tamborilearon contra el metal de las esposas que le ataban las manos—. Nos dirigimos a la Arena, donde las apuestas están en nuestra contra.

La joven frunció el ceño, confusa.

—¿La Arena...?

Soren intervino con una risa sardónica.

—La Arena, princesa. Un sitio encantador donde te ponen a luchar para ganarte la libertad o la muerte, lo que venga primero. Nos llevan a entrenarnos, ¿verdad, viejo? Un año de sangre, sudor y gritos antes de la prueba final.

El anciano asintió sin mucho entusiasmo.

—Así es. Sobrevivirás si eres fuerte... y astuta. Pero, siendo franco, no pareces ser ninguna de las dos cosas ahora mismo —agregó —. Aunque, por lo que oí antes de que te trajeran medio muerta, tú tampoco eres cualquier persona. ¿Quién eres, muchacha?

La joven trató de recordar, pero la niebla en su mente era espesa. Frustrada, intentó sentarse completamente, aunque sus músculos protestaron con cada movimiento .

—Yo… no, no me acuerdo. —Su voz fue apenas un susurro.

El destripador soltó una carcajada, inclinándose hacia adelante como si esperara que ella le revelara algún gran secreto.

—Oh, vamos, ¿en serio? Ahora sí que me tienes intrigado. ¿Una princesa fugitiva? ¿Una asesina encubierta? Algo hay detrás de esos ojos, puedo verlo. No me creo que no recuerdes nada.

La chica no respondió, solo lo miró con una expresión mezcla de cansancio y desdén. El destripador, sintiendo que no obtendría más de ella por el momento, se recostó nuevamente contra el metal de la pared, chasqueando la lengua con desaprobación.

—Qué aburridos sois ambos... Este viaje es un infierno y encima me tocáis vosotros dos. —Suspiró exageradamente, mirando al cielo despejado.

El convoy siguió avanzando, el sonido rítmico de los cascos de los galornios y las ruedas sobre los adoquines creaban una música monótona e hipnótica.

—Estando en la enfermería, yo escuché algo… —dijo el anciano.

Ambos le miraron con evidente curiosidad.

—Al parecer, esta jovencita ha sido juzgada por prostitución y el asesinato de un soldado y otra prostituta que estaba bajo la protección de un recaudador.

Tanto la joven como el destripador miraron con asombro al anciano.

—Thaxis… ¿Me estás diciendo que esta princesita ha matado a dos personas? —Soren miró con renovado interés a la muchacha—. Así que la princesa tiene carácter.

La chica miró sus manos, debilitadas y temblorosas, y claramente incómoda por la aprobación del asesino.

—Ahora mismo no me acuerdo ni de mi nombre, perdona si no creo lo que dices...

El anciano contestó en un murmullo.

—Los soldados que nos acompañan dijeron tu nombre, o al menos el que figura en tus registros: Kimi.

Soren contuvo a duras penas una carcajada .

—¿Kimi? —resopló decepcionado—. Voy de camino a la Arena con una princesa con nombre de fruta pisoteada y un viejo chocho.

Tanto el anciano como la chica miraron al destripador con cara de pocos amigos. Este se acomodó en su sitio y levantó las manos en señal de paz, queriendo evitar que el anciano le lanzara otro proyectil.

—¿Sabes, chico? No siempre fui este “viejo chocho” que ves ahora —dijo Thaxis, agarrando el casco metálico que lo confinaba.

Parecía pesarle tanto como los años que arrastraba en su espalda—.

En mis días, la gente no se atrevía ni a cruzar miradas conmigo, mucho menos a burlarse.

Podía entrar en las mentes de todos, hacerles ver lo que yo quisiera…

incluso cosas que no existían. Eso, claro, antes de que me traicionaran y me pusieran este maldito casco.

El destripador lo miró de reojo, su usual aire burlón se atenuó por una pizca de curiosidad. Kimi también escuchaba en silencio, aún desorientada pero con los sentidos en alerta.

—¿Y quién te traicionó, viejo? —preguntó el destripador.

—Dos personas de confianza, discípulos míos —contestó el anciano, bajando la voz, llena de resentimiento—. Gente ambiciosa, como tú. Hasta donde yo sé, mi presencia intimidaba a mi superior, así que le ordenó mi muerte a mis discípulos. Ellos no dudaron en intentarlo.

El destripador soltó una risa seca.