Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 9
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CAP 9

Roderick bajó las escaleras temprano por la mañana con parsimonia y desgana. Apenas había llegado a su despacho cuando le informaron que el soldado, al que había degradado  no hace mucho, exigía su presencia en un estado lamentable con un prisionero que estaba peor aún.

El Recaudador no estaba de humor.

No solo era temprano, sino que no había pasado la noche con Rubí, ya que ella había recibido un mensaje de la hermandad al caer la noche y había salido apresuradamente sin darle ninguna explicación.

Cuando llegó al sótano, el frío de los calabozos le recibió con una bofetada. El aire del lugar era denso, pegajoso como una red invisible que envolvía a quien se adentraba ahí abajo. El olor metálico de la sangre y la humedad rancia le revolvieron el estómago.

Tras cruzar varias estancias, se sentó en el butacón del escritorio donde iba a reunirse con el soldado y esperó a que trajeran al prisionero que debía evaluar. Normalmente, estos asuntos no los manejaba él directamente, pero tampoco era raro que tuviera que juzgar a algún detenido.

El soldado entró, seguido por dos guardias que cargaban con una camilla. Sobre ella yacía una joven. O lo que quedaba de ella.

Roderick se levantó alarmado al verla, preocupado de que tuviera que juzgar un cadáver en lugar de un vivo.

—¿Pero qué es esto? —preguntó alarmado.

—Señor, le traigo a una delincuente —respondió el soldado.

Roderick rodeó la mesa y observó a la muchacha con desdén.

Era joven, no llegaba a los treinta, de tez morena y espesos rizos oscuros.

Su rostro estaba hinchado y deformado por la paliza que había recibido.

El vestido, una mezcla de barro y sangre seca, hacía imposible discernir su color original. Parecía más muerta que viva.

—¿Por qué está en este estado, soldado? —preguntó el Recaudador mientras despachaba a los guardias y cerraba la puerta tras ellos.

El soldado se cuadró al recibir de nuevo la atención de su superior, pero no pudo ocultar a tiempo la satisfacción que le producía lo que claramente había hecho él.

—Señor, esta mujer fue encontrada en la Hondura, violando el toque de queda. Es la responsable de la muerte de mi compañero y otra víctima más. Está en ese estado porque tuve…  Tuve que defenderme —dijo este, con una mirada penetrante.

Roderick observó a la mujer con renovado interés. Lo que al principio parecía una muchacha indefensa ahora algo le hizo dudar. A pesar de la clavícula rota, los músculos de sus hombros se marcaban con claridad, y sus piernas tonificadas le revelaron que la joven tenía una fuerza que no esperaba.

—Ya te has ensañado con ella. Deja que muera y así no tendremos que juzgarla. Da igual —dijo, volviendo a su silla mientras buscaba entre los informes uno de defunción.

—Señor, en realidad, me gustaría que fuera castigada. Mer se merece algo más que una simple paliza —insistió el soldado.

Roderick ni siquiera se dignó a mirarlo.

—¿Por qué quieres complicarte la vida con esta chica? —preguntó, mientras depositó el informe sobre la mesa con la intención de rellenarlo—. Sabes que sus únicas opciones son la horca o la Arena. Y como no quieres que muera rápido, ¿por qué insistes en que vaya a la Arena?

El soldado esbozó una sonrisa maliciosa que inquietó incluso a las rocas de las paredes.

—No es solo por mi compañero… —dijo mientras dejaba un collar de rubíes sobre la mesa. Roderick no pudo disimular su sorpresa—. Revisando este magnífico collar que llevaba la otra víctima, descubrí el sello detrás de los engarces. ¿De qué conocía usted a esa señorita, Señor?

El mundo de Roderick se paralizó. Reconocería ese collar en cualquier parte.

Era el primer collar que había sellado su relación con Rubí, la mujer con la que una vez soñó casarse, a la que esperaba sacar de la despreciable vida que llevaba.

Ese collar era el sello de apadrinamiento que él le había dado hacía ya tiempo atrás.

El collar que le dio su nombre.

Sus dedos acariciaron los rubíes casi temblando. La pluma que había tomado para firmar el documento de defunción yacía ahora olvidada sobre la mesa, manchando el papel y sus manos.

Las lágrimas quisieron asomar a sus ojos, pero Roderick, siempre en control de sus emociones, que pensaba que le hacían débiles, las controló.

Sintió cómo la rabia y el odio lo inundaban.

Se levantó de un salto y, empuñando la pluma, se acercó a la joven, dispuesto a rematar lo que el soldado había comenzado, pero este lo detuvo.

—Señor… un golpe más y la chica no sobrevivirá —advirtió el soldado.

Roderick lo miró con furia, pero el hombre no cedió. De un golpe brusco, el Recaudador se soltó de su agarre y se alejó de la joven, sabiendo que no podría controlarse si permanecía cerca. Lanzó la pluma rota a una esquina de la habitación y se miró las manos manchadas de tinta.

—De acuerdo, irá a la Arena. ¡Guardias! —ordenó.

Ambos guardias entraron en la sala, esperando instrucciones .

—Llevadla con un reparador. Que la sanen lo justo para que no muera, pero quiero que sufra cada una de las roturas que tiene en el camino.

Los guardias asintieron y se llevaron la camilla. Carlo sonrió mientras la joven desaparecía de la estancia.

—En realidad no sufrirá mucho, señor. La Arena está a menos de una hora de aquí —comentó.

La sombra en la mirada de Roderick mientras rellenaba un documento impregnó de maldad la sonrisa que apareció en rostro.

—¿La Arena de Brinon? No, soldado. Esa furcia va directa a la Arena de la capital. En Soltheeris, hay años en los que no hay ni un solo vencedor. Espero que este sea uno de esos.

Carlo, nervioso, intentó rebatir.

—Señor, yo… creo que sería más eficiente mantenerla aquí. En Brinon, tenemos recursos más que suficientes para este tipo de delincuentes… —intentó argumentar.

Roderick lo miró con suspicacia.

—¿Por qué insistes en que la chica se quede aquí? —murmuró.

—Señor, si me permite... esta chica... podría ser valiosa. No sabemos a quién podría estar sirviendo. Quizás debamos mantenerla cerca, por si tiene información.

El Recaudador levantó una ceja, y sin apartar la vista de su informe, respondió con tono sarcástico.

—¿Información? Si lo que quieres es follártela, búscate una puta como hacen todos, soldado. Y si quieres que tenga su cara, ve con una cambiaformas, llévale un retrato y asunto arreglado.

—Señor, yo…

—Ya has terminado, soldado. Lárgate —interrumpió Roderick.

Carlo se cuadró, quiso seguir rebatiendo, pero sabía que no sería sensato. Avanzó hacia el collar, pero se detuvo en seco cuando un abrecartas se clavó entre sus dedos. La mirada de ira del Recaudador lo hizo retroceder rápidamente.

—¿Qué crees que estás haciendo?

—Iba a llevarme el collar como prueba… —murmuró el soldado.

—Fuera de aquí —ordenó Roderick .

El soldado, sin mirar atrás, salió de la habitación con un portazo. El sótano quedó en un silencio pesado.

Roderick, con el collar entre sus manos, se dejó caer en el butacón, derrotado. Sus ojos brillantes, se fijaron en los preciosos rubíes. Las lágrimas finalmente corrieron libres por su rostro en la soledad de los calabozos.

Lo último que vería ese collar serían las lágrimas de un hombre con el corazón roto, y las manos manchadas de tinta, como si fuese la sangre de su portadora.