CAP 8 #3
Carlo escupió sangre al suelo y, con una sonrisa cruel, se giró para enfrentarla.
No duró mucho, la joven cayó al suelo tras un golpe certero que no fue capaz de desviar.
Carlo, desde una posición autoritaria, miró como ambas mujeres se retorcían de dolor embarradas en el suelo.
Con un gesto seco, Carlo arrancó la daga de su muslo y se acercó a la prostituta, le agarró de la melena y la situó frente a la muchacha.
La mujer, jadeante, se encontró cara a cara con Kimbra. En sus ojos brillaron un destello de reconocimiento, de algo profundamente humano y desprotegido.
—Kimbra…recuérdame, soy Rubí.
El soldado, sin piedad, le rebanó el cuello de la mujer. La sangre salpicó a Kimbra mientras el cuerpo de Rubí caía al suelo, inerte.
Kimbra se arrastró hacia atrás horrorizada, su cuerpo temblaba por el pánico, hasta que su espalda chocó contra el pozo. Empapada en sangre, barro y sudor, rompió en lágrimas, incapaz de asimilar la brutal muerte de esa mujer.
Su corazón roto decía que la conocía, pero su memoria no conseguía atrapar el recuerdo. El recuerdo de una vieja amiga que ahora yacía boca abajo, sin vida.
Carlo, con una sonrisa de satisfacción, arrancó el collar de rubíes del cuello sangrante de la mujer y lo sostuvo a la luz de la luna, admirando su brillo con deleite.
—Con esto... me retiro seguro —murmuró, su voz rezumaba triunfo mientras contemplaba la joya que aseguraría su futuro.
El sonido de pasos firmes resonó en la plazoleta, cortando el aire frío de la noche. Carlo y Kimbra se congelaron en el acto cuando una figura emergió de las sombras.
—¿Qué coño está pasando aquí? —La voz era baja, pero tenía un filo tan cortante que atravesó la tensión como una cuchilla.
El hombre avanzó con una calma peligrosa, su uniforme oscuro absorbía la luz de las farolas, y su sombrero militar proyectaba una sombra siniestra sobre su rostro.
Aunque era de estatura algo más baja que Carlo, su sola presencia bastó para hacer que el soldado se enderezara y presentara respetos de inmediato, su rostro manchado de sangre y barro reflejaron el dolor que sentía el soldado tras la pelea..
—S-señor... —balbuceó Carlo, intentando recuperar su compostura—. Hubo un enfrentamiento... Mi compañero ha sido asesinado…
El general levantó una mano, deteniéndolo con un gesto de absoluta autoridad.
—No quiero escuchar tus excusas, soldado —dijo con un tono gélido que hizo que el aire pareciera detenerse—.
¿Así es como mantienes el orden? Permites que maten a tu compañero mientras tú estás aquí, apenas herido, y dejas a estas...
—hizo una pausa, su mirada oscura pasó brevemente por Kimbra y el cadáver de Rubí— civiles manchar el uniforme del imperio.
El rostro de Carlo palideció aún más, pero no dijo nada. El general avanzó con pasos lentos pero deliberados, como si saboreara el miedo que impregnaba el ambiente. Cuando llegó al cadáver de Rubí, su mirada se endureció aún más. Pero Kimbra pudo ver un destello dorado que no supo cómo identificar.
—Señor, yo…
—Patético —escupió la palabra, como si el simple hecho de estar en presencia de tal desastre fuera una ofensa personal. Luego, se volvió hacia Carlo—. Has demostrado una incompetencia que no debería tener lugar entre nuestras filas.
Carlo tragó saliva, y su mano tembló mientras intentaba ocultar el collar ensangrentado que había arrancado del cuello de Rubí.
—S-señor, ella... esta mujer —Carlo señaló con torpeza hacia Kimbra, que aún temblaba contra el pozo—. Fue la responsable de que nos degradaran. Si no la detenemos ahora, será testigo de todo esto, y...
El recién llegado lo silenció con un simple gesto de la mano.
—¿Piensas matarla ahora? —preguntó el general de forma cortante.
Carlo titubeó.
—Señor, ella es peligrosa …
El general lo cortó de nuevo con una mirada severa, sus ojos destellaron por la rabia. Se inclinó ligeramente hacia Carlo, y su voz se redujo a un susurro frío.
—Matarla aquí no resolverá nada. Si añades otro cadáver, tendrás que explicar la muerte, no de uno, sino de dos civiles.
No, soldado... —el general hizo una pausa, su voz se volvió calculada—.
Llévala a las autoridades. Una prisionera viva es mucho más útil.
Haz que parezca la culpable. Manipula la situación, y podrías limpiar esta inmundicia de tu expediente.
Carlo parpadeó, procesando las órdenes con una mezcla de miedo y alivio.
—Entendido, señor, pero...
El general, sin mirarlo, comenzó a retroceder hacia las sombras. Su voz resonó en la plazoleta mientras se retiraba, cargada de peligro.
—Sin peros, soldado.
—Como usted ordene, señor —dijo Carlo, guardándose el collar en un bolsillo trasero.
El general miró por encima de su hombro ya entre las sombras:
—Recuerda, soldado... si no llega con vida, no habrá lugar en este mundo donde puedas esconderte de mí.
Este asintió nervioso.
Cuando el general desapareció por la esquina Carlo miró con odio a Kimbra. Sus ojos brillaron en la noche. Miró con intensidad el cuerpo de su compañero muerto al otro lado de la plazoleta. Cuando Kimbra intentó incorporarse, él le dio una patada en el pecho, dejándola sin aliento.
—Solo tienes que llegar con vida…