CAP 8 #2
Con los dientes, Carlo se quitó el guante de la mano libre y acarició el rostro de la joven, bajándola a continuación para agarrar su cintura.
—La verdad… es una pena destrozarte la cara tan rápido… —murmuró el soldado, con un brillo de cruel pasión en sus ojos. El soldado miró a su compañero, quien se enderezó de golpe—. Sujétala.
—Carlo, yo…
—Hazlo.
El otro soldado avanzó. Carlo empujó a la joven sobre el pozo tapiado y la colocó boca abajo. Kimbra se encontró cara a cara con las envejecidas tablas de madera y miró al soldado que tenía delante, que mantenía un gesto grave. Temió lo peor .
Pero antes de que pudiera hacer nada, un carraspeó atravesó la noche. De repente, una figura apareció en la penumbra, deslizándose como un espectro.
—¿Qué crees que vas a hacer con ella?
El tiempo pareció detenerse. Una mujer voluptuosa y corpulenta salió de las sombras enfrentando al soldado armada con dagas. Carlo quedó paralizado, a medio proceso de desabrocharse el cinturón del pantalón, y levantó la vista para enfrentarse a la nueva intrusa.
Los rubíes de su collar brillaban en la noche como fuegos incandescentes, y su larga melena negra endurecía aún más la furia de su rostro. Parecía dispuesta a todo.
—Lárgate de aquí, puta. Esto no tiene nada que ver contigo—Carlo miró de reojo a su compañero, quien dio un paso atrás con la mirada fija en la mujer. Al verlo, la duda hizo recapacitar al soldado—. Pero qué cojones… Mer, mantén tu posición.
La mujer y el mentalista mantenían una conversación privada. Nadie sabía que se estaban transmitiendo, pero Mer no parecía por la labor de enfrentarse a la prostituta.
—Es una de las cambiadizas de la Hondura, Carlo…
Carlo miró a la mujer con renovado interés,
—Vaya… así que es eso. No es mi problema qué quieras jugar a ser mujer, siempre serás ese maromo mariposón con ganas de que le abran el culo.
Kimbra vio el destello del metal antes que el movimiento de la mujer.
La daga voló a través de la plazoleta y atravesó el hombro de Carlo, haciéndolo caer hacia atrás por la fuerza del golpe, embarrándose el uniforme.
Mer, el otro soldado, retrocedió hasta cubrir su espalda contra la pared y desenvainó su espada.
—Me da igual que un par de ratas degradadas me llamen lo que quieran…
—dijo ella, avanzando hasta Kimbra. Apoyó una pierna sobre el escalón del pozo y levantó su vestido sacando otra daga oculta en su muslo—.
Pero no voy a consentir que le pongas una mano encima a la chica, y menos con ese miembro enano y deforme con olor a queso rancio .
Carlo, desde el suelo, gimió de dolor al sacarse el arma del hombro.
—Una dama nunca habría hecho eso. Así demuestras que eres como naciste.
La prostituta soltó una carcajada.
—Yo no soy una dama, cielo. Soy la mujer que va a partirte las pelotas y degollarte como el cerdo que eres.
La mujer y el soldado se enfrascaron en una pelea rápida.
La mujer intentaba clavar sus armas en el cuerpo del hombre, pero este, más fuerte, conseguía esquivar la mayoría de los golpes.
Pero no todos. Las dagas lograron cortar en varias ocasiones: en el muslo, los brazos, y finalmente en la parte alta del pómulo.
En un movimiento rápido, la mujer combinó un corte con una patada, haciendo que el hombre cayera hacia atrás, hundiéndose en el barro.
La mujer retrocedió y se posicionó al lado de Kimbra.
—¿Dónde coño te habías metido? Te he estado esperando desde la mansión y no he sabido nada de ti…
Kimbra miraba fijamente a la mujer, quien sudaba por el enfrentamiento y sangraba por el labio, ahora partido, donde el soldado había logrado asestar un puñetazo.
—Yo… perdí la memoria. No me acuerdo de nada.
La mujer no esperaba esa respuesta, sorprendida, bajó la guardia mirando a la joven.
—¿Qué?
En un instante, la mujer cayó hacia atrás.
El otro soldado, Mer, se había acercado sigilosamente y tirado de su melena, haciéndola perder el equilibrio y que dejara caer las dagas al suelo.
Con la agilidad de un depredador, Mer rodeó el cuello de la mujer con su brazo, asfixiándola y dejándola prácticamente indefensa.
La carcajada triunfante de Carlo resonó en la plaza, sacando a Kimbra de su parálisis.
El soldado, a causa de sus heridas, intentaba levantarse con dificultad, su mirada brillaba de regodeo al ver a la puta ahogarse en los brazos de su compañero, pero Kimbra supo que tenía que actuar rápidamente.
Con un ágil movimiento, rescató ambas dagas del suelo, y de un salto, cruzó la distancia sobre el pozo, clavando las hojas en los antebrazos de Mer.
El mentalista, sorprendido, soltó a la mujer por el dolor de tener ambas dagas clavadas en el cuerpo.
Esta, con un movimiento rápido, recuperó una de las armas y, enfrentándolo, le rebanó el cuello al soldado. La sangre brotó a borbotones mientras este se desplomaba al suelo, llevándose las manos a la garganta en un intento inútil de detener la hemorragia.
La prostituta empujó a Kimbra hacia uno de los callejones, limpiando la sangre salpicada del soldado de su rostro. La muchacha, asustada pero decidida, se mantuvo en la esquina, observando la situación desde las sombras con el corazón en un puño, incapaz de abandonar a su salvadora.
Carlo, que había presenciado la muerte de su compañero en silencio, comenzó a acercarse lentamente, aplaudiendo con burla, aparentemente sorprendido y orgulloso.
—Bravo, bravo…—dijo, su voz impregnada de sarcasmo—. La puta mata al mentalista. Ahora veamos qué puede hacer contra la fuerza bruta.
Lo que siguió fue una pelea feroz y despiadada.
Aunque la mujer era rápida y hábil, estaba agotada, y Carlo, con su fuerza descomunal, logró mantenerla a raya.
La herida en su hombro no parecía debilitarlo; al contrario, parecía avivar su rabia.
Cada golpe que asestaba era más violento que el anterior, y Kimbra observó impotente, consciente de que intervenir podría poner en peligro a la mujer.
En un último intento desesperado, la prostituta lanzó ambas dagas hacia el soldado.
Él desvió la primera con los protectores del guante que aún llevaba puesto, pero la segunda se clavó profundamente en su muslo.
Carlo gimió de dolor, pero no se detuvo.
La mujer, desarmada, intentó sacar otra daga de entre los pliegues de su falda, pero Carlo se abalanzó sobre ella, impidiéndole moverse.
Con un movimiento brutal, le golpeó la nariz con su cabeza, y esta cayó al suelo con un gemido de dolor.
Un estallido de ira activó a la muchacha, Kimbra se lanzó contra Carlo, golpeándolo por sorpresa y haciéndolo retroceder hasta chocar contra la pared .
—¡Déjala en paz!—gritó Kimbra, su voz tembló con una mezcla de miedo y determinación.