Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 8
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CAP 8

Kimbra miró al cielo y calculó que aún tenía tiempo para perseguirlo un poco más, al menos hasta que tuviera que salir corriendo para que la noche no la pillara en ese barrio de mala muerte.

Kimbra se agachó, y con cuidado, se deslizó por el estrecho pasadizo. El espacio era angosto, obligándola a avanzar a gatas. El aire era pesado, lleno de polvo y humedad. Cada vez que movía un brazo, sentía que el túnel la sofocaba más, pero no quiso detenerse.

Finalmente, salió a una pequeña habitación semiderruida. La luz entraba a través de una pared colapsada, iluminando parcialmente lo que parecía ser un viejo puesto de guardia de la muralla. Kimbra se acercó al hueco en la pared, donde las ramas de los árboles invadían el espacio.

Kimbra salió del pasadizo y se encontró en el borde de un bosque.

El aire frío golpeó su rostro, y la luz que se filtraba entre los árboles proyectaba sombras danzantes.

El chico estaba un poco más adelante, de pie junto a un pequeño campamento oculto entre las raíces de los árboles.

Su respiración era entrecortada, pero todavía sostenía el fardo robado con fuerza.

Kimbra no tuvo tiempo de reaccionar antes de que algo afilado rozara su cuello.

—¿Cómo nos has encontrado? —gruñó una voz desde las sombras.

Kimbra sintió la presión fría de una lanza apuntando directamente a su garganta.

Lentamente, levantó las manos en señal de rendición.

El portador de la lanza era un Ssharith, un hombre-reptil con una piel verde y brillante que reflejaba la poca luz que había.

Su musculatura fibrosa y su cola larga se tensaron, listas para atacar en cualquier momento.

Sus ojos de un verde intenso se clavaron en los de Kimbra con odio.

—No quiero problemas —murmuró ella, intentando mantener la calma. El Ssharith apretó los dientes, mostrando unos colmillos afilados.

—Ya tienes problemas, forastera —escupió el Ssharith, acercando más la punta de la lanza a su piel.

En ese momento, el chico apareció a su lado, todavía en su forma humana. Llevaba el fardo robado bien sujeto entre sus manos, su respiración se volvió rápida y entrecortada. Sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y miedo.

—Lo siento, papá. Pensé que la había despistado —dijo el chico. Al instante, su cuerpo comenzó a cambiar. Sus manos se alargaron y su piel adquirió el mismo tono escamoso y verde que su padre.

Kimbra sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Pensaste? —rugió el Ssharith, mirando a su hijo con dureza.

Antes de que Kimbra pudiera reaccionar, otra figura emergió de las sombras. Una Ssharith de piel azulada, con ojos rojos como rubíes, avanzó con calma, su porte era sereno pero amenazador. Estaba embarazada, pero eso no disminuía el aura de peligro que la rodeaba.

—Cariño, baja la lanza —dijo la mujer, sin siquiera mirar a Kimbra—. No parece una amenaza. Ahora no.

El Ssharith, bajó lentamente su arma, aunque su mirada seguía fija en Kimbra .

—Los humanos no son de fiar. —susurró con voz rasposa.

—Tranquilo, amor. Si quisiera atacarnos, ya lo habría hecho —respondió la mujer, esbozando una sonrisa. Luego, se volvió hacia Kimbra, sus ojos brillaron con astucia—. Perdónale. Está… protegiendo a su familia.

Kimbra tragó saliva, sintiendo la tensión en el aire. La lanza ya no estaba en su garganta, pero el peligro no había desaparecido.

—Solo quiero lo que me robó tu hijo —dijo Kimbra, con voz firme pero sin elevarla demasiado. Sabía que cada palabra mal dicha podría sellar su destino.

El niño sujetó con fuerza el fardo y se escondió detrás de su padre. Este miró desafiante a la muchacha, retándola con la mirada.

La Ssharith observó el fardo, luego dirigió su mirada a Kimbra, evaluándola.

—Como comprenderás, si miras a tu alrededor, no podemos permitirlo.

Fuera un ofrecimiento o no, Kimbra miró alrededor. Las viejas lonas, las escasas provisiones escondidas entre las raíces de los árboles… Estaban preparados para sobrevivir, pero a duras apenas. La joven lo entendió sin más explicaciones: no eran simples ladrones, sino supervivientes.

La chica suspiró y bajó los brazos.

—Entiendo su situación, pero no puedo simplemente dejar que se lleven todo. Lo que robó es de alguien más. Gente que trabaja duro para sobrevivir también —respondió Kimbra, intentando razonar desde su desventaja.

El Ssharith sonrió con una frialdad gélida.

—Eres valiente para enfrentarte a nosotros aquí, en nuestro territorio. Y soltar mierda por la boca.

La amenaza en sus palabras era clara, y el miedo comenzó a crecer en Kimbra. Por un momento, quiso que su poder se manifestara, pero este, volvió a escurrirse entre sus dedos.

El hijo miró a sus padres, esperando órdenes para atacar.

—Tal vez podamos llegar a un acuerdo —dijo Kimbra rápidamente, intentando mantener la compostura—. No quiero causar problemas, ni quiero que vosotros os metáis en otro. Déjenme regresar con algo, lo suficiente para calmar a los dueños de la tienda. A cambio, no diré nada sobre este lugar.

La Ssharith intercambió una mirada con su pareja. El silencio se hizo pesado, tenso, mientras ambos padres evaluaban la oferta. Kimbra sintió un sudor frío en su espalda al darse cuenta de lo posible de una negativa.

Finalmente, la madre habló.

—Tal vez podamos hacer algo, después de todo. Pareces sensata… —dijo con una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Devuélvele algo, Asshier. Pero no todo. Solo lo suficiente para mantenerla tranquila.

El chico la miró indignado, pero asintió tras la mirada severa de su madre. Abrió el fardo y extrajo unos cuantos panecillos y monedas, entregándoselos a Kimbra sin mirarla directamente.

Kimbra tomó el pequeño botín y agradeció con la cabeza.

—Gracias —murmuró. Luego, dio un paso atrás, sin apartar la vista de la familia Ssharith.

—No nos busques de nuevo, humana —gruñó el Ssarith.

Kimbra asintió, siguió retrocediendo, pero su mirada se encontró con la del niño y no pudo contenerse:

—Eres bueno en las persecuciones. Si nos volvemos a encontrar, veremos si soy yo quien logra darte esquinazo.

El chico sonrió ampliamente, aceptando el reto.

Cuando Kimbra cerró la rejilla de la Hondura detrás de sí, miró al cielo y maldijo. Apenas quedaba luz, lo que significaba que tendría problemas para regresar. No sabía si habría botes que la llevaran al otro sector, pero suplicó a los Originales que así fuera.

Tras avanzar un par de calles, se dio cuenta de que estaba perdida.

No recordaba el camino que había seguido al perseguir a Asshier y maldijo su irresponsabilidad.

Lo único que agradecía era la soledad del barrio.

Las farolas eran escasas, y muchos tramos de las calles estaban sumidos en la penumbra, apenas iluminados.

Aun así, estaba casi segura de que no había nadie en la calle, ni en las casas.

Después de caminar un rato, llegó a una pequeña plazoleta.

En el centro, un pozo tapiado esperaba silencioso, y decidió descansar allí, agotada tras la persecución.

Su vestido ocre, por suerte ligero, estaba manchado de barro y suciedad por la carrera y por haberse arrastrado bajo la muralla.

Se sentó en el escalón del pozo sabiendo que aquello no podría empeorar el estado de la prenda.

—Vaya, vaya… Parece que el toque de queda no es suficiente para que esta rata vuelva a su madriguera.

Kimbra, exaltada, se levantó de golpe y se enfrentó al hombre que acababa de llegar a la plazoleta. Era un soldado. Su uniforme granate parecía más tétrico en la noche, y los ribetes dorados brillaban con un aire decadente, muy diferente del brillo que desprendían en el otro sector.

El soldado la atravesó con su mirada, sus penetrantes ojos color caramelo casi destilaban odio.

—No me lo puedo creer… Tú.

Kimbra miró por encima de su hombro para ver si había alguien más, pero estaba sola. Ese soldado debía conocerla.

—Perdona, yo…

—Mira quién se pasea por aquí…—dijo el soldado, acercándose a Kimbra con un tono de desprecio—. Después de lo que me hiciste…

Una mano enguantada se posó sobre su hombro, deteniendo su avance.

—Carlo, cálmate…—el otro soldado, se mantuvo en las sombras, con voz serena—. No sabemos qué pasó realmente.

—¿Cómo que no?—Carlo se sacudió la mano de su compañero—. Gracias a ella, estamos en este estercolero. Fue el único incidente con una mujer esa semana.

El soldado no lo pensó dos veces y cruzó la plazoleta.

Kimbra sintió cómo la adrenalina le subió por el cuerpo mientras intentó levantar un escudo, pero su poder no respondió.

En un instante, se preparó; con un movimiento ágil de muñeca, desvió el primer golpe.

Sin embargo, el segundo la alcanzó directo en la mejilla, haciéndola caer hacia atrás.

El suelo embarrado la recibió con un chapoteo.

Agradeció en ese momento que el suelo no estuviera perfectamente adoquinado, ya que eso amortiguó algo el golpe.

—No te resistas, deja que te dé un par de golpes y se cansará.

Asustada, Kimbra miró a su alrededor. La voz en su cabeza era profunda y masculina, y le infundió una extraña sensación de calma. Tras un breve lapso, fijó su mirada en el otro soldado, que aún se mantenía medio en sombras. Este asintió levemente y bajó la mirada.

Un mentalista, era un telépata.

Kimbra decidió seguir su consejo. Se concentró en minimizar los daños mientras el soldado, confiado, descargaba su ira contra ella.

Recibió un par de patadas de las pesadas botas, cubriéndose como pudo.

En un movimiento brusco, él la agarró por el vestido y la levantó, llevándola cara a cara con él.

Kimbra sintió que el corazón se le aceleró al imaginar su nariz perfecta torciéndose partida de repente, sangrando.

Un déjà vu la invadió; sí, conocía a ese hombre.

Carlo sujetó a la muchacha por el cuello, y ella intentó mirar hacia otro lado. Si fuera más diestra en la pelea cuerpo a cuerpo, tal vez podría hacer algo para enfrentarse a él, pero lo mejor era aguantar y parar los golpes hasta que se cansara.