Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 7 #4
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CAP 7 #4

Kimbra vio cómo el niño recogía rápidamente los panecillos y bollos, sus manos se movían con una agilidad que no correspondía con su apariencia.

El niño incluso logró deslizarse cerca de un par de caballeros y hacerse con sus monederos, una hazaña que habría sido admirable si no fuera por la naturaleza del acto.

No tuvo tiempo de pensar, actuó por puro instinto.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Kimbra con más firmeza .

El chico no respondió. En lugar de eso, sus ojos parpadearon rápidamente de un lado a otro, buscando una ruta de escape. El pánico invadió sus movimientos y con una velocidad sorprendente, se lanzó hacia la puerta disparado a la calle.

—¡Espera! —gritó Kimbra, mientras una oleada de adrenalina la sacudió.

Sin pensarlo dos veces, salió corriendo tras él. El bullicio en la tienda se desvaneció a su alrededor; ahora, solo existía ese niño que corría con los bolsillos y un fardo llenos de su botín.

Los pies de Kimbra golpearon con fuerza el suelo adoquinado de las estrechas callejuelas, su respiración iba completamente acelerada.

Cada esquina parecía la de un laberinto, y cada vez que doblaba una, el chico ya se encontraba más adelantado Sus piernas le ardían, pero no podía permitir que ese crío se escapara.

El sonido de los gritos de los mercaderes y el bullicio de las calles se mezclaban con el eco de sus propios pasos.

El niño saltó un barril, casi derribando a un anciano.

Kimbra tuvo que esquivarlo a duras penas, resbalando ligeramente sobre los adoquines húmedos.

Su corazón latía con fuerza, no solo por el esfuerzo físico, sino por la frustración que crecía con cada segundo que pasaba.

No conocía bien la ciudad, pero el chico sí, y eso le daba ventaja.

Al girar una esquina, lo vio desaparecer por un callejón estrecho.

La oscuridad allí era espesa, casi tangible, y Kimbra sintió un escalofrío recorrer su espalda.

La callejuela se estrechaba aún más, los muros altos a ambos lados parecían cerrarse sobre ella.

El aire olía a humedad y basura, y sus pies golpeaban los charcos que brillaban con un reflejo tenue de la luz lejana.

Cuando salió del callejón casi alcanzó al chico, pero este saltó de manera animal sobre la superficie del lago. Kimbra pensó que había empezado a correr sobre el agua, pero pronto se dio cuenta de su error, bajo el niño un lagarto serpenteaba las corrientes de manera asombrosa.

Kimbra miró al embarcadero, que se encontraba a pocos pasos, y tuvo la suerte de que el bote que llevaba hacia el otro lado estaba a punto de partir, saltó dentro de la embarcación, ignorando las quejas de la gente en la cola.

—¡CORRED! —gritó con desesperación—. ¡Ese muchacho me ha robado!

Los dominantes del agua intercambiaron una mirada emocionada. Una persecución era, sin duda, un buen cambio en su rutina.

—¡Agarraos! —dijo uno de ellos, sonriendo con entusiasmo.

El bote salió disparado, casi volando sobre la superficie del lago.

Kimbra apenas podía mantenerse en pie, pero no apartó la vista del chico.

Los dominantes comenzaron a mover sus manos en elegantes y sinuosos gestos, enviando misiles de agua que surcaban el aire en dirección al niño.

Este los esquivaba con facilidad, girando sobre sí mismo, con una sonrisa burlona en el rostro.

La orilla de Delta Bajo se acercaba, y Kimbra dudaba mucho que fuese capaz de atrapar a ese muchacho en el laberíntico entramado de callejuelas del sector pobre.

Los dominantes volvieron a actuar. Esta vez, una gran ola surgió delante del chico como un gran muro de agua. Desde su posición escucharon su grito de sorpresa y pensaron que habían ganado.

Pero el chico, en un salto, surcó la cresta de la ola.

Cuando esta se disipó de golpe, creando una nube de vapor y una suave llovizna sobre ellos, la mirada del chico y Kimbra se cruzaron intensamente.

Este se encontraba agazapado sobre uno de los postes del muelle.

Su mirada penetrante había perdido todo rastro burlón y observaba con gravedad a la chica que le había perseguido hasta ahí.

Saltó del bote justo cuando este atracaba, y corrió hacia el muelle. El chico la miró un instante más, luego volvió a moverse, desapareciendo por otra callejuela. Kimbra lo siguió sin pensar, sorteando a duras penas a una mujer con unas elegantes perlas que soltó un grito de sorpresa.

—¡Perdón! —gritó sin mirar atrás.

El chico desapareció por un callejón tras la larga carrera y, cuando Kimbra llegó a él, se encontró cara a cara con la nada .

El callejón estaba vacío. Las casas de ambos lados daban su cara trasera, y en el callejón se encontraban los cubos de basura, baúles con candados y poco más. Al final, se alzaba la alta muralla, lo que quería decir una cosa: estaba en la Hondura, y no debería estar ahí.

Avanzó despacio, su respiración estaba entrecortada por la carrera. Miró hacia todos lados, buscando al chico. Un movimiento llamó su atención. Una rendija mal cerrada, en los bajos de una pared de una casa al final del callejón, llamó su atención.

—Te encontré.