CAP 7 #3
Un vacío se instaló en su pecho, como si la magia en su interior se hubiera diluido, convertida en una sombra de lo que una vez fue.
Lo intentó de nuevo, pero todo lo que logró fue un débil destello dorado que desapareció antes de tomar forma.
Kimbra sintió un nudo de desesperación formarse en su garganta.
Algo en ella estaba roto, algo que hasta entonces había dado por hecho.
Se dejó caer en la cama, hiperventilando. Su mente daba vueltas, buscando respuestas que no llegaban. Había sido bendecida con un poder extraordinario, y ahora se sentía vacía, indefensa. Su vida en el último año había girado en torno a esa protección, y ahora, sin ello… ¿Qué era?
Estaba indefensa.
Sus pensamientos la llevaron a sus compañeros: Elyra, con sus corrientes de aire y su habilidad con los cuchillos; Kael, con la fuerza imparable de su espada y la dureza de su piel blindada.
Ellos podían defenderse sin sus poderes, eran hábiles con sus cuerpos y sus armas.
Pero ella... siempre había confiado en sus escudos.
Kimbra no era una luchadora; era una defensora. Sin su poder, ¿cómo podría sobrevivir?
Estaba indefensa.
La realidad de su situación se apoderó de ella con una fuerza arrolladora. Estaba sola, en una ciudad mercantil desconocida, bajo el control del Emperador que deseaba derrocar. En la casa de unos extraños de los que no recordaba nada.
Estaba sola e indefensa.
Su respiración se aceleró de nuevo, el aire se le escapaba de los pulmones como si no fuera suficiente.
Su visión comenzó a nublarse por las comisuras, las manos se empaparon de un sudor frío y pegajoso.
Sentía el peso de las lágrimas acumulándose en sus ojos mientras su pecho se agitaba con pequeños jadeos.
El pánico la envolvía, imparable, amenazando con ahogarla .
Pero justo cuando creía que perdería el control por completo, un estruendo resonó desde la entrada de la casa.
Kimbra se tambaleó al ponerse de pie y salió del cuarto.
Al llegar al vestíbulo, encontró a Toren en el suelo, recogiendo torpemente lo que se le había caído.
A su alrededor, una caja de madera volcada dejaba ver frutas, panecillos y flores desperdigados.
El chico, visiblemente sonrojado, evitaba mirar a Kimbra mientras recogía todo a la carrera.
—¡Perdón, perdón! ¡Qué desastre...! —murmuró, sin atreverse a levantar la mirada hacia ella.
Cuando hubo recogido todo, llevó la caja hasta el cuarto y la depositó sobre la mesilla. Toren se volvió hacia Kimbra con una sonrisa nerviosa.
—Es una sorpresa, para ti... —Su voz se volvió más seria cuando notó la palidez en el rostro de la chica y los ojos inyectados por el pánico—. ¿Estás bien?
Kimbra asintió, aunque sus manos seguían temblando.
Toren pareció aceptar la respuesta y empezó a hablar de lo que había comprado: las frutas para darle energía, los dulces para su recuperación y el detalle de las flores, un toque de color en la habitación.
Pero Kimbra apenas le escuchaba. Su mente seguía dando vueltas, pero algo en el rostro de Toren, en su torpeza, la mantuvo anclada en el presente.
No recordaba nada de él, ni de su vida antes de la marca viviendo en la ciudad. Pero había algo en el chico, en su sonrisa sincera y su mirada preocupada, que le decía que podía confiar en él. Quizá no recordara el pasado, pero en ese momento no le importó.
En ese instante, en medio de la oscuridad y la confusión, Kimbra sintió que, aunque estaba rota, no estaba completamente sola.
Sin pensarlo mucho más, la joven se acercó y lo abrazó. Toren enmudeció, sorprendido por el gesto, pero al instante la rodeó con los brazos, correspondiendo al abrazo sin decir una palabra .
Cuando Kimbra volvió a ayudar en la panadería, se sintió mucho mejor.
Las punzadas ocasionales en su cabeza todavía la obligaban a detenerse y descansar, pero, en general, su estado había mejorado notablemente.
Con cada día que pasaba, la familiaridad del trabajo la envolvió como un abrigo cálido, ayudándole a acomodarse, y a seguir con una fachada que suponía que había buscado para realizar su auténtica misión
La confianza de Eleara hacia ella parecía haberse resquebrajado.
La madre de Toren la miraba a menudo con desconfianza, el ceño fruncido y una expresión de alerta, como si esperara que Kimbra revelara algún secreto oscuro.
Por otro lado, Toren había redoblado sus esfuerzos para cuidar de Kimbra, ayudándola en todo lo que podía y casi impidiendo que realizara cualquier tarea que supusiera un esfuerzo considerable para ella.
La atención que le brindaba era reconfortante, pero Kimbra no podía evitar sentirse culpable por depender tanto de él.
Esa tarde, la panadería estaba abarrotada.
El aroma del pan recién horneado y las golosinas dulces llenaban el aire, atrayendo a clientes ansiosos.
Eleara había pedido a Kimbra que se quedara en la tienda, para ayudar a gestionar las ventas y, de paso, mantenerla más a la vista.
La mujer comenzaba a preocuparse por el creciente interés que su hijo mostraba por una chica que apenas conocían.
En medio de la agitación, un niño entró en la tienda.
Kimbra lo observó con curiosidad. No parecía ir acompañado de ningún adulto.
Sus rasgos eran finos y sus rizos rubios, lo convertían en el prototipo de niño perfecto en Puerto Dorado.
Su porte era altivo, casi arrogante, y su actitud contrastaba drásticamente con lo que estaba haciendo: robar.