Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 7 #2
35%

CAP 7 #2

El chico salió apresuradamente de la habitación, dejando la puerta entreabierta.

Kimbra lo vio desaparecer y, a pesar de sus palabras, la sensación de inquietud la empujó a levantarse.

Ignoró el dolor en su cuerpo y, con dificultad, salió de la cama.

Llevaba puesto un camisón que era visiblemente demasiado grande para ella, tanto que tuvo que sujetar la parte delantera para evitar que se deslizara por completo.

El escote era tan amplio que el tejido caía casi hasta sus codos.

Avanzó con paso inseguro hacia el pasillo, sus pies desnudos sobre el suelo frío apenas hicieron ruido.

Al salir de la habitación, se dio cuenta de que estaba en la planta baja de una mansión impresionante.

Los ventanales dejaban ver un estrecho jardín, bañado por la cálida luz del atardecer.

Todo parecía apacible, pero dentro de Kimbra, un torbellino de incertidumbre continuaba girando impidiéndole sentirse en la realidad.

De repente, una mano se cerró sobre su codo.

Giró rápidamente la cabeza para encontrarse con una mujer de belleza impecable.

Su cabello oscuro estaba recogido en un peinado elegante, y su vestido blanco contrastaba con un majestuoso collar de esmeraldas.

Había algo en su mirada, un destello dorado, que puso a Kimbra en alerta.

La mujer miraba con sorpresa, y cierto temor, la parte trasera del brazo de Kimbra, justo por encima del lugar donde la sujetaba.

—Tápate, muchacha. ¿A dónde crees que vas así, semidesnuda? —dijo con frialdad .

Kimbra notó cómo los ojos de la mujer, que antes revelaban sorpresa, se volvieron impenetrables, enmascarando un pensamiento que prefería no compartir.

—Emerald, querida. ¿Todo bien? —La voz de un hombre interrumpió la escena, emergiendo desde el final del pasillo.

Era un hombre delgado, con el rostro cansado y las mejillas hundidas, como si llevara años soportando una carga demasiado pesada.

—Sí, querido. —Emerald soltó el brazo de Kimbra y se volvió hacia el hombre, con una sonrisa fría—. Encontré a la responsable. Ya sabes, la muchacha que no debería estar husmeando por aquí.

El hombre lanzó una mirada de desdén a Kimbra, cargada de desprecio.

—Casi matas a mi amigo con tu irresponsabilidad—dijo con voz áspera—. Menos mal que has sido marcada y ya no eres un peligro para nadie.

El carruaje avanzó en un silencio opresivo.

Toren, sentado junto a su padre, miraba de reojo a Kimbra, quien no dejaba de acariciar la marca recién impresa en su piel.

Un círculo perfecto, rojo como la sangre, adornaba el hueco en la base de su cuello, entre ambas clavículas.

La marca parecía arder, una herida que le recordaba constantemente lo que le habían hecho sin su consentimiento.

Toren entrecerraba los ojos cada vez que su mirada se cruzaba con la de su madre. El silencio en el vehículo se hacía más pesado a medida que avanzaban.

—No deberían haberlo hecho —dijo finalmente.

—Es un asunto grave, Toren —respondió su madre, con un tono cortante que no admitía discusión.

—La han marcado sin su consentimiento, mamá. Eso es...

—¡Casi muere una persona, Toren! —La voz de Eleara se elevó con una furia inesperada, resonando dentro del carruaje y haciendo que todos dieran un respingo.

El silencio que le siguió fue aún más aplastante—.

Perdóname, Kimbra. Sé que no es tu culpa — continuó, esta vez con una voz más moderada—.

Posiblemente no sabías lo que eras, y por eso no ibas marcada de forma voluntaria.

Pero tenemos que entender lo serio que es este asunto.

—Mamá, pero...

—Cállate, Toren —intervino su padre, sin levantar la voz, pero con una firmeza inquebrantable—. Tu madre tiene razón.

El silencio volvió a apoderarse del carruaje. Toren, contrariado, bajó la mirada y se hundió en sus pensamientos. Kimbra, por su parte, seguía acariciando la marca con una mezcla de incomodidad y desconcierto. Sintió la mirada intermitente de la familia, aunque nadie dijo nada más.

Antes de dejar la mansión, un par de curanderos habían examinado a Kimbra y habían confirmado que no recordaba nada de las últimas semanas.

Habían preparado ungüentos y remedios herbales, pero ninguno parecía aliviar la falta de recuerdos.

Apenas había caído la noche cuando la familia había decidido acogerla en su casa al no recordar dónde se alojaba.

La residencia de los padres de Toren se encontraba justo encima de su panadería.

El olor a pan recién hecho y harina impregnaba el aire en el pequeño edificio de piedra.

Muchos negocios que requerían abrir temprano solían tener la vivienda de los propietarios justo encima, un espacio funcional y compacto.

Toren acompañó a Kimbra hasta la pequeña habitación donde dormiría. Le ofreció gustosamente la cama, mientras él se acomodó en el suelo con un par de mantas, listo para asistirle si lo necesitaba durante la noche.

—Lo siento por la actitud de mamá… —dijo el joven después de un rato, tumbado en el suelo, mirando el techo.

Kimbra, ya acostada, también fijaba la vista en el techo de la habitación, incapaz de conciliar el sueño.

—No te preocupes —murmuró, aunque su voz delataba el peso de lo ocurrido.

—Mamá es... supersticiosa —continuó Toren, sin poder quedarse callado—.

Todo lo que tiene que ver con los poderes y las habilidades la ponen nerviosa, toda la magia en general.

—Kimbra no respondió—. Papá se crió aquí, en este mismo cuarto.

Pero mamá viene de Delta Bajo. Ellos no se crían rodeados de gente con dones, no como aquí.

En la Hondura, donde vivía, son profundamente supersticiosos, sobre todo con lo que no entienden.

—Entiendo —respondió Kimbra, pero su voz era distante. Las palabras de Toren flotaban en su mente, pero no lograron calar del todo.

—Mamá cree que te trajeron de entre los muertos. Que cuando eras un bebé o una niña, tuviste un accidente y alguien recurrió a un oráculo para hacer el ritual que te devolviera la vida.

Kimbra siguió mirando al techo, sin inmutarse. Había oído rumores sobre esos rituales, los que decían que podían traer a alguien de vuelta de la muerte, pero siempre le habían parecido fábulas exageradas, cargadas de condiciones imposibles.

—¿Tuve que morir para hacer el ritual? —preguntó finalmente, más curiosa que inquieta.

—¡No! —Toren soltó una pequeña risa, un intento de aligerar el ambiente—. Pero mamá es muy dramática. Es su manera de lidiar con lo que no puede controlar.

—¿Y tú qué piensas?— susurró Kimbra.

Toren no respondió de inmediato. Su mirada siguió fija en el techo, y por un momento, Kimbra pensó que no contestaría.

—Que has sido intervenida es un hecho. Si no lo hubieras sido, Lord Harvick no habría sufrido como lo hizo —dijo midiendo sus palabras, cargado de incertidumbre.

Tras una breve pausa, continuó—. Pero creo que algo te pasó.

Un accidente, tal vez... —Hizo una pausa, sopesando sus palabras—.

Quizás una herida tan grave que tuvieron que recurrir a la magia para salvarte la vida.

El silencio que siguió fue denso, como si las palabras de Toren hubieran llenado la habitación con una verdad difícil de procesar.

Kimbra sintió una presión en el pecho. Algo en su interior le gritaba que podía confiar en él, qué podría decirle la verdad.

Pero una pequeña parte de ella se resistía, como si las palabras quedaran atrapadas en su garganta.

—No recuerdo nada —dijo finalmente, con una voz que sonaba más débil de lo que esperaba—. Lo siento .

Toren se giró ligeramente hacia ella, pero no parecía decepcionado.

—No te preocupes —respondió, intentando suavizar el ambiente—. Trabajaremos en eso hasta que recuperes tu memoria. —Hizo una pausa, esbozando una sonrisa traviesa—. Al menos, hasta que te acuerdes de mí, que es lo más importante, obvio.

Kimbra soltó una pequeña risa, la primera en lo que le pareció una eternidad. La oscuridad de la noche los envolvía, pero en esa fugaz mirada que intercambiaron, algo pareció aliviarse, como si las tensiones del día se hubieran disipado por un breve instante.

Ambos se rieron suavemente, un sonido que resonó con extraña calma en la pequeña habitación. Pero mientras la risa se desvanecía, Kimbra no podía ignorar la incómoda sensación de que, a pesar de la confianza naciente entre ellos, todavía quedaban demasiadas sombras sin desvelar.

Kimbra pasó varios días más en cama, su cuerpo seguía demasiado débil para moverse con soltura.

Intentó ayudar en la panadería, pero los pinchazos recurrentes en su cabeza y la sensación de agotamiento constante la mantuvieron atada al lecho.

Cada vez que se miraba en el espejo del baño, la marca en su cuello le devolvía una mirada que odiaba.

El círculo rojo parecía una herida abierta que nunca llegaría a cicatrizar.

Sin embargo, ese rechazo quedó eclipsado cuando, una tarde, un escozor familiar volvió a su brazo.

Había olvidado por completo aquel detalle.

Al mirarse, su corazón dio un vuelco. En la parte trasera de su brazo, justo por encima del codo, una nueva marca había aparecido, como la cicatriz de una quemadura.

A primera vista, parecía algo natural, pero bajo ciertas luces, un matiz dorado relucía en su superficie.

La marca del Ciervo Sauce.

Kimbra sintió el miedo transformarse en urgencia.

Su Original le había concedido el poder de los campos de fuerza, una bendición que la había protegido innumerables veces.

Cerró los ojos, respiró hondo e intentó invocar su poder, como tantas veces había hecho antes.

Esperaba sentir la seguridad del aura dorada envolviéndola, los escudos que le daban fuerza en su vulnerabilidad.

Pero nada ocurrió.