Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 7
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CAP 7

Lo primero que Kimbra sintió fue el eco de los gritos, resonando aún en su mente como sombras que se negaron a desaparecer.

Sabía que esos gritos habían cesado hacía mucho tiempo, pero su subconsciente los retenía, recordándolos con dolorosa claridad.

Su cabeza latía intensamente, cada pulsación intensificaba el malestar de todo su cuerpo.

Notó el colchón suave bajo su cuerpo, el peso ligero de una sábana acariciando su piel, y algo frío en su frente: un paño húmedo que le brindaba un alivio momentáneo.

Su consciencia estaba volviendo lentamente, como si emergiera de aguas estancadas, pero el dolor persistía, anclado en cada rincón de su cuerpo.

Al intentar moverse, una punzada aguda recorrió sus extremidades.

Sus piernas, sus brazos, su torso... todo ardía con la intensidad de una herida reciente.

Dos puntos de dolor se distinguieron del resto: uno en la parte trasera del brazo, justo por encima del codo, y otro en la base delantera del cuello.

Un escozor punzante, como si algo hubiera penetrado su piel.

El movimiento despertó a alguien junto a ella. Escuchó una respiración entrecortada y pesada, seguida por un sobresalto.

—Estás despierta, ¿te encuentras bien? —La voz era ansiosa, y en cuestión de segundos, una mano cálida la ayudó a quitarse el paño de la frente.

Kimbra abrió los ojos lentamente. La luz suave de la habitación le permitió ajustar la vista con facilidad. Estaba en una cama amplia, rodeada de muebles de madera oscura que emanaban una elegancia sobria. A su lado, un joven rubio la observaba con preocupación.

—¿Qué pasó, Kimbra? —preguntó el chico, con los ojos llenos de incertidumbre.

Kimbra frunció el ceño, confusa. Su mente intentaba procesar sus palabras, pero algo dentro de ella se resistía. No sabía qué responder, y antes de que pudiera encontrar una respuesta, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Una mujer entró, curvilínea, con el cabello castaño recogido en un moño bajo.

Parecía haber hecho un esfuerzo en arreglarse, aunque algo en su apariencia daba la sensación de que no lograba transmitir la elegancia que pretendía.

A pesar de eso, su rostro estaba marcado por una mezcla de cansancio y urgencia.

—Tu padre sigue hablando con tu tío. Está muy débil —informó la mujer, sin siquiera mirar a Kimbra, como si la situación fuera más apremiante de lo que dejaba ver.

—No entiendo…

La mujer cortó al joven con un gesto y se dirigió a la muchacha con una expresión repentinamente dura. Parecía querer decir algo, pero una sombra de duda cruzó su rostro antes de que hablara con voz firme.

—Kimbra... —empezó con severidad—. Tenemos que hablar.

La mujer intentó acercar un butacón a la cama, forcejeando con él un poco antes de soltar un carraspeo frustrado.

Sus ojos acusadores se clavaron en el joven, quien, sobresaltado, se levantó de un salto y le ayudó a mover el asiento hasta colocarlo al lado de la cama.

Esta se sentó con una rigidez tensa, cruzando los brazos sobre el regazo.

—Kimbra... —comenzó, su voz fue firme, pero con una sombra de precaución—. Tengo que hacerte una pregunta importante. —Los ojos de la mujer, fijos y penetrantes, pesaban más que sus palabras—. ¿Sufriste algún accidente grave cuando eras pequeña?

—¿Accidente? —Kimbra repitió, visiblemente confundida. Su mirada se desvió hacia el muchacho, buscando alguna pista en su expresión, pero él solo se encogió de hombros, igual de desconcertado.

—Es importante —La mujer frunció el ceño, achinando los ojos buscando la verdad en el rostro de Kimbra—. ¿Sabes lo que significa ser una persona intervenida?

Kimbra negó con la cabeza.

—No… —respondió en un susurro, como si la palabra misma portara un significado peligroso que no quería descubrir —. ¿Debería saberlo?

La mujer suspiró, tomando un momento antes de continuar. Su voz adquirió un tono más grave.

—La intervención… Es un procedimiento raro y peligroso.

Se realiza, principalmente, cuando alguien está al borde de la muerte, y…

—hizo una pausa, como si le costara liberar las palabras—.

Se utiliza magia, pero no cualquier magia.

Es antigua, la que transforma a la persona que la recibe.

—Sus ojos se estrecharon con seriedad—. Las personas intervenidas deben ser marcadas, por su seguridad y la de los demás.

Si no lo son, pueden ser peligrosas sin siquiera darse cuenta.

—¿Peligrosas? —Kimbra sintió que la palabra resonaba en su mente, ampliando el desconcierto que ya la envolvía.

—¿Qué tienen que ver los rituales de sangre en todo esto, mamá? —intervino el chico, visiblemente nervioso.

Pero su madre no lo escuchó. Sus palabras se dirigieron como una flecha envenenada hacia Kimbra.

—Entonces, ¿por qué tú no llevas una marca?

Kimbra sintió el golpe de la pregunta en el pecho, el hijo reaccionó al instante .

—¡Mamá, basta! —interrumpió el chico con la voz cargada de angustia—. ¿No lo ves? No sabe de qué hablas. ¡Déjala tranquila! Todavía está recuperándose.

—¡No! Esto no es ninguna tontería. —la mujer se inclinó ligeramente hacia Kimbra, sus ojos duros brillaban llenos de preocupación y severidad—. Tu tío casi muere, y todo porque ella es una intervenida no marcada.

El impacto de las palabras cayó sobre la habitación como una tormenta. Mientras que la joven no terminaba de entender, el chico miró a su madre paralizado por la sorpresa y la confusión. La acusación lo había tomado completamente desprevenido.

—Por eso te pregunto, Kimbra —prosiguió ella con un tono más grave—.

Eres joven, demasiado joven para haberte sometido a un ritual de sangre por razones estéticas, y tampoco pareces tener los recursos para hacerlo.

La única explicación posible es que hayas pasado por un accidente casi mortal cuando eras pequeña.

—¿Por qué cuando era pequeña? —espetó su hijo, cada vez más confundido.

Su madre lo miró de reojo antes de responder, su voz se suavizó, algo más controlado pero lleno de determinación.

—Si hubiese sido ya adulta, no habría podido evitar ser marcada.

La marca es obligatoria, por el bien de los curanderos y reparadores que te traten en el futuro.

La única explicación lógica es que fuiste intervenida siendo muy pequeña, y tal vez tus padres quisieron evitar que llevaras esa carga durante tu crecimiento.

—Mamá, ya te conté... —el chico intentó calmarla, bajando la voz, pero su madre lo interrumpió con un gesto de su mano.

—Sí, ya sé lo que ella te ha contado. —Sus ojos volvieron a clavarse en Kimbra—. Pero quiero saber por qué no fue marcada de adulta. Tus padres murieron, según tú, hace poco. Entonces, ¿por qué no fuiste marcada cuando cumpliste la mayoría de edad? ¡Es obligatorio!

Kimbra quiso hablar, pero algo dentro de ella le detuvo.

Sabía que no debía revelar nada de su pasado, al menos no aún.

Las palabras se agolparon en su mente, mezclándose con recuerdos borrosos, como un torbellino imposible de controlar.

La presión en su cabeza aumentó, y con un gesto automático, llevó una mano a sus sienes, intentando calmar el dolor.

—No sé... no recuerdo... —murmuró, su voz casi inaudible.

—¡Ya basta! —El joven se levantó bruscamente de su silla, enfrentando a su madre conteniendo una furia repentina—. Mamá, Kimbra apenas se está despertando. ¡No puedes acosarla así! No viste la herida que tenía en la cabeza, el tío apenas pudo curarla. ¡Déjala tranquila!

La mujer se puso de pie, visiblemente ofendida. Tras un último suspiro de frustración, salió de la habitación refunfuñando, dejando un silencio incómodo en el aire.

Él suspiró y se dejó caer en el butacón que su madre había ocupado momentos antes. Se llevó una mano al puente de la nariz, apretándolo con fuerza.

—Perdónala —dijo con voz suave—. Está nerviosa.

—Hizo una pausa, como si dudara de lo que iba a decir a continuación—.

El tío Harvick mandó un mensajero antes de que te curaran, informando a mis padres.

Parece que te descubrieron husmeando en la planta superior...

y cuando llegaron, el tío Harvick estaba casi muerto.

Tú... seguías inconsciente y cubierta de sangre.

—Se detuvo un momento antes de añadir más sombrío—.

Kimbra, la herida en tu cabeza era tan profunda que casi se te veía el cerebro.

El rostro de la joven se contrajo en una mueca de disgusto y dolor. Todo era abrumador, pero lo que más la inquietaba era el vacío en su mente.

—Vaya... —fue lo único que pudo decir.

El joven se inclinó hacia ella con los ojos llenos de preocupación.

—Papá ha confrontado a dos sirvientas, está de tu parte. Yo también, Kimbra, pero... —La miró fijamente—. ¿Qué hacías ahí arriba?

Kimbra sintió las sábanas bajo sus dedos y las aferró, buscando estabilidad en medio de la confusión. Los recuerdos eran un enjambre caótico, difíciles de alcanzar.

—No lo sé... no me acuerdo, pero... —Se detuvo un momento, levantando la vista y mirando al chico directamente a los ojos, como si algo en su interior estuviera despertando—. ¿Cómo te llamabas ?

El rostro del joven se tornó pálido, reflejando una mezcla de sorpresa y dolor.

—¿No... no te acuerdas de mí? —su voz tembló por la incredulidad.

Kimbra, incómoda, intentó cambiar de posición, sentándose al borde de la cama. El movimiento le provocó un mareo, obligándola a detenerse. El joven se levantó rápidamente y la sujetó por los hombros, impidiéndole ponerse en pie.

—No te levantes. Por favor, quédate aquí. —Su tono era urgente—. Iré a buscar al sanador, tengo que contarle esto...