CAP 6 #3
La muchacha cayó de rodillas, sus manos temblorosas buscaron instintivamente el alfiler que había atravesado su garganta.
El recuerdo del frío metálico contra su piel era abrumador, casi no podía respirar.
Sus ojos, abiertos de par en par, reflejaban tanto el dolor como la incredulidad.
El mundo a su alrededor comenzó a perder nitidez.
—Las mujeres pobres siempre tienen esa molesta costumbre de husmear donde no deben —murmuró con desdén, su voz fue tan fría como el metal del largo alfiler que aún goteaba sangre en su mano.
Se inclinó, como un depredador a punto de atacar —.
Es curioso... siempre creéis que el mundo os debe algo.
Como si cotillear os diera las respuestas que necesitáis en vuestra miserable vida, como si os fuera a salvar.
Harvick la miró con desprecio. Con calma, extendió la mano, una de las sirvientas tomó el alfiler, del largo de una mano, y lo limpió cuidadosamente con la falda de su vestido, como si fuera parte de una rutina perfectamente ensayada.
Kimbra no pudo evitar notar la precisión ritual de sus movimientos, como si el envenenamiento fuera solo un trámite más en la lista de deberes de la mansión.
—Toma. —Harvick sacó un segundo alfiler del bastón que llevaba, entregándoselo a la otra sirvienta, la misma que Kimbra ya conocía. La mujer lo tomó sin titubear, con la mirada fría como el mármol, y desapareció por la entrada secreta que conducía al sótano.
Harvick, sin ningún atisbo de prisa, observó a Kimbra mientras esta luchaba por mantenerse consciente. El veneno del alfiler recorría su cuerpo, debilitando cada fibra de su ser, pero su mente, aún en un estado de pánico, no cedía. No podía dejarse vencer tan fácilmente.
—Es realmente inoportuno que hayas alterado a la Onyx precisamente ahora, con invitados presentes. Eso no es cortés —comentó Harvick con una calma perturbadora, girando lentamente el bastón en sus manos, como si considerara su siguiente movimiento.
La sirvienta a su alrededor era un mero espectro, un espectador de lo que estaba ocurriendo.
El aire en la habitación se volvió denso, como si la misma oscuridad conspirara para aplastar a Kimbra.
Cada segundo que pasaba sentía cómo su cuerpo cedía más al veneno, mientras su poder seguía atrapado, inalcanzable.
Harvick se acercó con pasos lentos, disfrutando de la agonía en los ojos de Kimbra. Se inclinó hacia ella, frío como el invierno.
—Tu amiga, la puta... y tú, tenéis algo en común —continuó, paseando el bastón entre sus dedos—. Las dos sois muy, muy indiscretas. Menos mal que no pertenecéis al servicio secreto del Emperador. Él no es tan... indulgente como yo —añadió, su voz rezumó sarcasmo.
Con una indiferencia que rozaba lo inhumano, Harvick se volvió hacia su sirvienta y le indicó que cerrara las cortinas, sumiendo la habitación en una penumbra sofocante. Las sombras parecieron volverse más pesadas y agónicas cuando la sirvienta terminó cerrando la puerta.
—¿Qué hacemos con ella, señor? —preguntó esta con voz tranquila, como si estuviera preguntando sobre la limpieza de una habitación .
Harvick se dejó caer en un butacón, cruzando las piernas con una elegancia calculada. Sus ojos oscuros seguían fijos en Kimbra, desplomada en el suelo, luchando por aferrarse a la conciencia que se le escapaba como arena entre los dedos.
—Espera a que se desmaye —dijo, con una frialdad que helaba la sangre—. Luego la tiráis por algún lado... Cuando despierte, no será capaz de recordar bien estas últimas semanas... con suerte, ni siquiera el último mes.
La sirvienta, aburrida, pasó un dedo por la estantería contigua a la puerta, comprobando que estaba limpia. Poco después, la otra sirvienta regresó del pasadizo y cerró tras de sí el acceso al sótano, ahora sumido en el silencio.
Miró a Kimbra y, extrañada, se dirigió al Lord.
—Señor —dijo con una mezcla de sorpresa y curiosidad—. ¿Cómo es posible que siga consciente? El veneno debería haberla dejado inconsciente hace rato.
Harvick, aunque ligeramente intrigado, no parecía especialmente perturbado. Simplemente sonrió con desdén.
—No lo sé. Tiene tanta fibra como un trozo de carne barata —respondió con desdén—. Debe ser eso.
El lord se levantó del butacón, deslizándose con una gracia peligrosa hacia la joven, extrayendo nuevamente el alfiler de su bastón. Pero antes de que pudiera usarlo de nuevo, la sirvienta más severa lo detuvo con firmeza..
—Sabe que eso podría matarla, señor —advirtió con firmeza.
El hombre la miró con desprecio y apuntó el alfiler hacia ella.
—O puede que no. No lo sabemos… ¿verdad? —replicó con una sonrisa torcida.
La mujer levantó el mentón, pero no se movió de su posición.
—Permítame detenerlo. Si la muchacha muere por sobredosis en la casa, habrá una investigación, y será difícil mantener a los inquisidores alejados de otros asuntos.
El lord consideró sus palabras, bajando el alfiler con un suspiro exasperado. Dio la espalda a las mujeres, regresó al butacón donde guardó el arma, aunque esta vez, su calma habitual pareció tambalearse, como una máscara que se resquebraja bajo la presión.
—No será capaz de acceder a sus recuerdos recientes, pero quizá no pase lo mismo con los de un mes entero —reflexionó la sirvienta—.
Si la tiramos por las escaleras y se golpea la cabeza, es posible que el veneno haga mejor efecto y no solo nuble su juicio…
Ya sabe que los efectos de estos líquidos son muy impredecibles cuando se mezclan con otros factores externos.
Sentado nuevamente en el butacón, Harvick meditó, apoyando la cabeza en sus manos, sin apartar la mirada de la joven. Kimbra, paralizada, sentía cómo su visión empezaba a fallar.
—Qué suerte que hayamos quitado las alfombras para el verano, ¿verdad, chica? —comentó el lord, con una sonrisa cruel en los labios.
El lord se levantó, entretenido, jugueteando con el bastón en sus manos.
—Bien. No quiero complicaciones. Tirarla por las escaleras traseras —dijo finalmente—. Si tenemos suerte, se romperá el cuello en la caída. Nadie investigará la muerte de una ladrona.
Las sirvientas compartieron una mirada cómplice, como dos aves de carroña preparándose para el festín. Kimbra, cada vez más débil, sintió las voces a su alrededor como se transformaban en ecos lejanos.
Harvick, satisfecho con su decisión, se giró hacia la puerta, pero antes de marcharse, levantó la barbilla de Kimbra con la punta de su bastón, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Es curioso cómo Taric, Toric... o como se llame, pudo fijarse en alguien tan... oscuro. —Su sonrisa venenosa fue lo último que Kimbra vio antes de que todo se desvaneciera en la oscuridad.
La paciencia del lord se agotó. Con un estallido de rabia, golpeó a Kimbra con la parte más pesada del bastón en la sien, el crujido de huesos rotos resonó en la habitación, siendo lo último que la muchacha sintió antes de que la oscuridad la envolviera por completo.