Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 6 #2
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CAP 6 #2

—Dicen que algunos nobles tienen acceso directo al Mercado Negro. Desde sus propias casas.

Kimbra parpadeó, confundida.

—¿Qué quieres decir?

Rubí hizo una pausa, midiendo cada palabra.

—Salas privadas, escondidas en sus sótanos. Solo para los más ricos, claro. Esmeralda nos lo confirmó ayer. Su apadrinador la llevó a una de esas salas. —Se volvió hacia Kimbra, sus ojos la miraron con gravedad—. Tienen cosas que ni siquiera imaginas.

Kimbra sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Las palabras de Rubí resonaron en su mente mientras pensaba en las rendijas ocultas que había visto en las paredes de la mansión. Le compartió a la mujer las sospechas que tenía.

—Parece ser un acceso al sótano. ¿No hay otro en la planta baja?

—No he podido revisar a fondo esta planta. —Kimbra se mordió el labio—. Estamos ocupados con los panecillos, no puedo pasearme libremente por la fiesta.

Rubí la observó con una mezcla de desdén y preocupación .

—Ten cuidado, Kimbra. Estás jugando con fuego. —Su advertencia fue directa, pero sus ojos revelaban algo más profundo, una mezcla de aprecio y resignación.

—Debo encontrar ese acceso. —La voz de Kimbra se volvió más firme—. Si lo que dices es cierto, el Mercado Negro podría estar justo bajo nuestros pies.

Rubí suspiró, resignada.

—Si vas a hacer esto, necesitarás una distracción. —Se giró hacia el espejo una vez más, ajustando un mechón suelto de su cabello—. Podría organizar algo. Un brindis, tal vez, suficiente para que tengas tiempo de moverte sin que nadie lo note. Pero debes ser rápida, Kimbra.

Kimbra la miró, sorprendida por la oferta.

—¿Harías eso por mí?

Rubí la miró de reojo, una sonrisa triste y calculadora curvó sus labios.

—No te equivoques, esto no es gratis. Ya tienes una deuda, y grande. —Su tono dejó claro que no había lugar para favores sin pagar en su mundo—. Así que no pierdas el tiempo.

Kimbra asintió, reconociendo la complejidad de la situación. Aunque no había tiempo para agradecimientos prolongados, la apreció en silencio.

—Gracias, Rubí. Sé que te arriesgas tanto como yo.

Rubí volvió a colocarse el guante con teatralidad.

—Ya he tomado riesgos, Kimbra. Lo importante es que se paguen bien. Ahora, ve. Haz lo que tengas que hacer, pero no tardes. Encuentra la entrada y confírmalo. Después, ya veremos cómo lo manejamos.

Ambas mujeres se miraron por un instante, compartiendo un entendimiento tácito antes de salir del aseo, volviendo a sus respectivos roles en la fiesta.

Rubí regresó junto a Roderick, quien la recibió con una sonrisa complacida, mientras Kimbra se dirigió de nuevo al salón del té, con la mente fija en su próximo movimiento.

—¿Dónde estabas ?

Toren estaba rodeado de mujeres, nobles y asistentes, todas muy interesadas en lo que el joven tenía que decir sobre la elaboración de bollos y panecillos. Las mujeres sonreían de forma coqueta, apenas dejándole un respiro.

De repente, los murmullos en el resto de la fiesta cesaron, y se escuchó el tintineo de un cubierto sobre el cristal. Era la señal.

Sin dar explicaciones, Kimbra salió del salón del té. Revisó a su alrededor y, al comprobar que las personas en ambas entradas del otro salón estaban completamente concentradas en Rubí, decidió subir por las escaleras traseras.

El piso superior también tenía techos altos y pasillos amplios, con menos muebles pero más tapices y decoraciones en las paredes.

Kimbra recorrió con la mano las paredes, tratando de ubicarse y encontrar la zona que deseaba.

No tardó mucho en localizarla; esta vez, las paredes, aunque decoradas, no estaban tan recargadas como las de abajo, y pudo ver las rendijas desde lejos.

Tuvo que entrar en la habitación principal para encontrar lo que buscaba. Era amplia, con una cama imperial de madera robusta y decoraciones de plata. Los grandes ventanales estaban cerrados para conservar el fresco que la piedra proporcionaba a la estancia.

Kimbra supo que había encontrado lo que buscaba en cuanto vio la gran estantería de madera que cubría la pared en cuestión. Era un recurso muy habitual, casi un cliché, que una estantería ocultara una puerta secreta.

Le llevó más tiempo del deseado encontrar el mecanismo que abría la puerta, pero finalmente lo logró.

Cuando la puerta se abrió, Kimbra comprobó que no se trataba de un patio interior, sino de unas escaleras de caracol de piedra que descendían a una inquietante oscuridad.

Sin pensarlo dos veces, de adentró en lo desconocido

Descendió con cautela las angostas escaleras.

El frío de la piedra le traspasaba las manos, y a cada paso, el eco de su respiración entrecortada se mezclaba con el sonido de la fiesta que se filtraba por las rendijas de luz que aparecían a intervalos.

Cuando llegó al sótano, el aire se volvió más denso, cargado de humedad y algo más indefinible, como el rastro de vidas olvidadas.

El sótano no estaba completamente oscuro; las luces que provenían del fondo iluminaban lo justo para que Kimbra viera los estantes repletos de objetos valiosos: joyas, manuscritos enrollados, extraños artefactos de madera y metal.

Todo parecía ser parte de un botín secreto, oculto a los ojos del mundo.

Kimbra se movió sigilosamente, aproximándose a la pesada puerta de madera que dominaba la estancia.

Al otro lado de los barrotes, se encontraba una mujer sentada en una silla de piedra.

A simple vista, parecía derrotada, pero cuando levantó la cabeza, sus ojos dorados, cansados pero vibrantes, se encontraron con los de Kimbra.

Esos ojos le contaron historias de dolor, historias que ni la esclavitud había podido borrar del todo.

La piel de la mujer era de un negro profundo, y extrañas marcas doradas recorrían su cuello, brazos y hombros.

Sus cabellos, recogidos en una larga trenza, descansaban como una serpiente que rozaba el suelo de piedra.

Kimbra notó que la mujer estaba embarazada, su vientre abultado apenas quedaba oculto bajo el vestido que una vez fue blanco.

Kimbra se quedó momentáneamente paralizada, sin saber qué decir. La presencia de la Onyx la envolvió en una mezcla de asombro y terror ante lo que acababa de descubrir. Entonces, la mujer habló:

—Hola, ¿te manda el Lord? —dijo con voz entrecortada, levantándose lentamente de la silla. Su voz era monótona y desgastada, como si las palabras no fueran completamente suyas.

Antes de que Kimbra pudiera responder, la Onyx sacó de detrás de la mesa un cajón de paja, y con delicadeza extrajo una pulsera de plata intrincadamente trabajada.

—Estaba descansando, lo siento. —Le ofreció la joya a Kimbra con una sonrisa desganada—. La pulsera está casi lista... El Lord me pidió que ajustara estos detalles. —La plata, bajo la luz, se movió de manera sutil, como si la pulsera respirara en las manos de la mujer .

Kimbra tomó la pulsera, incrédula, mientras observaba cómo el metal parecía doblarse, moldeándose al simple toque de la Onyx. La joven sintió una creciente inquietud en su pecho, una mezcla de asombro y miedo. Era una habilidad que Kimbra jamás había visto, ni sabía que fuera posible.

—Es... precioso —murmuró Kimbra, fijando la vista en la Onyx.

—Gracias. El Lord insistió en que los tallos debían entrelazarse de esta forma... —La mujer señaló el delicado trabajo—. Si modifico esta curva, el metal molestaría en la muñeca. Así debe quedar.

La mujer sonrió complacida y devolvió la pulsera a la mesa antes de sentarse, claramente agotada.

—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Kimbra.

La Onyx cambió bruscamente su semblante. Su respiración se agitó y sus ojos dorados se nublaron de repente.

—No lo sé... no lo recuerdo... —La mujer comenzó a gemir, llevándose las manos a la cabeza como si una tormenta mental estuviera sacudiéndola desde dentro—. ¿Quién soy? ¿Quién eres tú?

Kimbra retrocedió un paso, horrorizada. El ataque repentino de confusión parecía desencadenar algo más profundo. La Onyx embistió contra los barrotes con una fuerza descomunal, sus gritos resonaron en el sótano como una tormenta.

—¡Te sacaré de aquí! —dijo Kimbra en un intento desesperado de calmarla, mientras miraba alrededor buscando algún medio para liberarla. Pero no había cerradura ni bisagras en la puerta, de hecho no había nada metálico en esta, seguramente para evitar que la prisionera escapara.

El pánico latente en Kimbra empezó a acelerar sus pensamientos.

Necesitaba salir de allí, organizar un plan, tal vez hablar con Rubí, quizás podrían armar una distracción mayor para liberar a la Onyx más tarde.

El peso de la situación la aplastaba, pero debía mantener la calma.

Si no podía sacarla en ese momento, encontraría una manera de hacerlo en otra ocasión.

Subió las escaleras apresuradamente, el sonido de los golpes de la prisionera rebotaban en las paredes de piedra.

Cuando llegó al final de los escalones, una sensación extraña la recorrió.

El bullicio de la fiesta la devolvió a la realidad; parecía salir de una pesadilla que estuvo a punto de ahogarla.

Sin embargo, al girarse para cerrar la estantería tras de sí, su corazón se detuvo. Frente a ella, como una sombra, estaba Lord Harvick. A su lado, dos sirvientas, una de ellas la misma con la que había tenido el enfrentamiento en la cocina, la observaban con ojos fríos.

El tiempo pareció detenerse. Antes de que Kimbra pudiera procesar lo que sucedía, el brazo de Harvick se movió con una rapidez inquietante.

Un destello de plata cruzó el aire. El largo alfiler atravesó su garganta con precisión letal, cortando cualquier posibilidad de gritar.

El dolor, como un aguijón candente, la paralizó en el acto.

Sintió cómo su poder se sofocó, confinado en algún rincón de su ser, incapaz de protegerla.

Lord Harvick la observó con una calma perturbadora, sus labios se curvaron lentamente en una sonrisa maliciosa mientras Kimbra se ahogaba en su propio dolor.