CAP 6
La mansión de Lord Harvick brillaba como una joya en la oscuridad de la noche, sus ventanas iluminadas proyectaban sombras danzantes sobre los jardines inmaculados.
La fiesta había comenzado puntualmente, pero a medida que avanzaba, el flujo de invitados no hizo más que aumentar.
Cada nuevo rostro que cruzaba el umbral parecía añadir una capa extra de opulencia al ambiente, mientras el murmullo de las conversaciones y el tintineo de las copas competían con las elegantes notas de un pequeño conjunto de cuerdas que llenaba los salones.
Kimbra, desde su posición estratégica, observaba todo con atención.
No estaba allí para disfrutar del lujo, sino para mimetizarse con él.
Los nobles presentes, envueltos en sedas y joyas que brillaban bajo las luces, parecían deslizarse por la habitación sin preocupación alguna.
Pero Kimbra sabía la verdad. El verdadero poder no estaba en las apariencias.
Estaba en los gestos sutiles, en las sonrisas forzadas y las miradas fugaces.. .
La entrada principal de la mansión estaba abarrotada, no solo de los señores y damas, sino también de sus sirvientes, quienes, con vestimentas igual de refinadas, se movían entre la multitud con precisión militar.
Para un ojo inexperto, sería difícil distinguir entre los nobles y sus acompañantes, pero Kimbra conocía las diferencias.
Los sirvientes, a pesar de su elegancia, caminaban con una leve inclinación en los hombros, como si siempre estuvieran listos para recibir una orden.
Los nobles, en cambio, avanzaban con una arrogancia que sólo los nacidos en cuna de oro podían exhibir.
Kimbra alisó las inexistentes arrugas de su vestido, recordándose que debía encajar.
Cada gesto, cada paso, debía ser medido.
Sabía que los ojos más peligrosos no eran los de los nobles, sino los de sus sirvientes, siempre atentos a cualquier desliz.
Por eso, se movía con la seguridad de alguien que había pasado toda su vida sirviendo, aunque por dentro cada fibra de su ser gritara que no pertenecía a ese lugar.
Toren, por otro lado, no lo llevaba tan bien.
A pesar de sus mejores intentos, su ingenuidad lo traicionaba en todo momento.
En más de una ocasión, Kimbra lo vio inclinarse en reverencia ante asistentes personales en lugar de los nobles que lo rodeaban, provocando risitas disimuladas entre los criados y miradas burlonas de los aristócratas.
Aunque le hubiese encantado darle una lección de protocolo, no tenía tiempo de corregirlo; estaba demasiado enfocada en su misión.
Las primeras fases de su plan dependían de pasar desapercibida, y cualquier error podría costarle más que una simple burla.
Estaba segura que su pase al Mercado Negro podría dárselo cualquiera de los presentes en la fiesta. Aristócrata o sirviente.
Le habían asignado una mesa en el salón del té, una habitación contigua a la escalera trasera que conducía al segundo piso.
La sala, en comparación con el bullicio del salón principal, era un remanso de paz.
Los grandes ventanales dejaban entrar la luz de la luna, que se filtraba a través de las gruesas cortinas de terciopelo verde botella .
Cada vez que se excusaba para llevar bandejas de panecillos a la cocina, aprovechaba la oportunidad para explorar un poco más, recorriendo pasillos, observando las esquinas y memorizando la distribución.
Había algo en los muros de esa mansión que no cuadraba.
Un diseño que no correspondía a su tamaño exterior, una sensación de que más allá de las paredes ornamentadas había un secreto bien guardado. Y Kimbra estaba decidida a encontrarlo.
Fue en uno de esos recorridos furtivos cuando Kimbra constató lo que sospechaba.
Las paredes donde estaban las rendijas ocultaban un espacio muy estrecho, algo que parecía como un patio interior o un hueco entre las paredes.
No era lo suficientemente grande para ser un pasillo común, ni lo bastante amplio para ser una habitación.
Regresó al salón del té con la mente llena de posibilidades. Estaba tan absorta en sus pensamientos que apenas se percató de la mujer que acababa de entrar en la sala, hasta que todas las conversaciones cesaron de golpe. Kimbra levantó la vista y la vio.
Su vestido rojo, ceñido y de escote pronunciado, dejaba poco a la imaginación. Los hombros descubiertos y la forma en que el corsé moldeaba su figura hacían que destacara aún más entre los demás asistentes. El color de su vestido era tan intenso que parecía arder bajo las luces del salón.
Su cabello, oscuro y sedoso, estaba recogido en un elegante semi-recogido. Y todo estaba rematado con brillantes y pesados rubíes que colgaban de su collar y pendientes de oro. Cada paso que daba parecía calculado, como si fuera consciente del impacto que causaba en todos los que la observaban.
Rubí parecía una diosa de fuego llegada a la tierra y destacaba más que una mancha de sangre en una sábana blanca. No había encantamiento suficiente en sus joyas que fuese capaz de conseguir que esa noche Rubí pasara desapercibida.
A su lado caminaba un hombre de hombros anchos y porte firme. Su barba, ligeramente moteada de canas, le daba un aire de madurez y autoridad. Kimbra tardó un momento en reconocerlo, pero cuando lo hizo, su corazón dio un vuelco. Era Roderick, el Recaudador, el apadrinador de Rubí.
Este era el mismo hombre que había perseguido a la mujer en el sector más pobre de la ciudad la noche en que conoció a Rubí, pero ahora, con su postura erguida y su porte imponente, parecía casi irreconocible.
No había rastro del hombre borracho y desaliñado que Kimbra había visto anteriormente.
Roderick caminaba con la confianza de quien sabe que está en compañía de la mujer más deslumbrante de la sala, y aprovechaba cada oportunidad para presentar a Rubí a los nobles que se acercaban a ellos.
A pesar de la diferencia de altura, que muchas veces incomoda a los hombres cuando se encuentran junto a mujeres más altas, Roderick no parecía afectado.
Al contrario, hinchaba el pecho con orgullo, saboreando la atención que su deslumbrante acompañante atraía.
Y no era para menos: cada mirada en el salón estaba dirigida hacia ellos, cada susurro contenía el nombre de Rubí, y pronto la pareja se encontró rodeada de las personas más importantes de la fiesta.
En uno de esos intercambios, cuando Rubí se quedó momentáneamente apartada de los nobles, con una expresión de ligero aburrimiento, Kimbra vio la oportunidad. Se acercó con una bandeja de panecillos, manteniendo su apariencia de criada eficiente y servicial.
—¿Un panecillo, señora? —preguntó, inclinando ligeramente la bandeja, con una sonrisa de fingida cortesía.
Rubí la miró de arriba abajo, con una expresión de ligera curiosidad. Por un momento, su rostro permaneció serio, pero entonces sus labios se curvaron ligeramente en una sonrisa de aprobación al notar el vestido que Kimbra llevaba puesto.
—Muy amable —dijo Rubí, quitándose uno de sus guantes para tomar el panecillo—. Tiene, todo, muy buena pinta, gracias.
Kimbra aguantó el comentario con una sonrisa educada, sintiendo el peso de la implicación. Tomó aire, recordándose que debía seguir con su papel.
—Solo trato de cumplir con mi trabajo —respondió cortés .
Rubí soltó una pequeña risa, casi un susurro, mientras acercaba el panecillo a sus sensuales labios pintados de rojo.
—Qué aplicada. —dijo Rubí, antes de dar un mordisco, con los ojos fijos en Kimbra como si midiera cada reacción.
Kimbra asintió con la cabeza y se retiró a una esquina del salón, manteniéndose alerta.
Rubí se escabulló del grupo de nobles con una elegancia estudiada, y Kimbra captó la señal sin dudar. Con el corazón acelerado, la siguió hasta un pequeño aseo. Las luces titilaron tenuemente sobre los espejos dorados mientras la puerta se cerraba tras ellas con un suave chasquido.
Rubí se giró de inmediato, sus ojos brillaron bajo la tenue luz.
—No deben vernos juntas —susurró, tajante, sin molestarse en ocultar la urgencia.
—Rubí, solo quería… —Kimbra comenzó, pero la otra la cortó rápidamente.
—El soldado ha sido trasladado —Rubí inclinó la cabeza levemente, y su voz se volvió casi un murmullo—.
Ahora está en un puesto menor. Un golpe a su orgullo, pero no le quedó más remedio.
Sin embargo, yo ahora le debo un favor a Roderick.
—Hizo una pausa, fijando su mirada en Kimbra—.
Así que más te vale sacar provecho de todo esto.
Kimbra dejó escapar un suspiro, sintiendo cómo el nudo en su estómago se deshacía.
—No quise decir que el Lord tuviese razón... —Kimbra bajó la mirada—. Sé que él...
—Déjalo —Rubí la interrumpió nuevamente, su mirada salvaje la miró a través del espejo—. Sabemos que en parte tenía razón. Tengo gustos caros. Y más le gustaría a ese viejo cerdo que esta “puta” le hiciera un favorcillo extra.
Ambas sonrieron. Kimbra no pudo evitar admirar la valentía de Rubí, y su descaro.
—Sabes que yo no pienso como él, Rubí .
La mujer no respondió de inmediato. En su lugar, comenzó a ajustar los pesados rubíes de su collar frente al espejo, sus manos se movieron con una calma inquietante.
—Puede, pero eso no cambia la realidad, ¿verdad? —dijo finalmente, su voz sonó más distante—. Todas tenemos un precio, Kimbra. El mío es más alto, eso es todo.
Kimbra sintió cómo se le formaba un nudo en el estómago, pero no tuvo tiempo de responder. Rubí, con un movimiento rápido y calculado, cambió de tema, cogiendo un pequeño frasco de perfume del tocador.
—Hablando de cosas valiosas... —su voz bajó aún más—. Me ha llegado algo. Algo que puede interesarte.
Kimbra la miró con el ceño fruncido. Cada vez que Rubí bajaba el tono de voz, significaba que algo importante estaba por venir.
—¿Qué es?
Rubí se echó una pequeña cantidad de perfume en el cuello y luego lo depositó de nuevo con parsimonia antes de hablar.