CAP 5 #4
Kimbra miró su propio vestido, el maravilloso vestido azul que por fin había tenido ocasión de ponerse, con una mezcla de sorpresa e indignación.
La falta de protocolo en cómo se dirigió a ella, y la sugerencia de cubrir su atuendo con un delantal de cocina sucio, la ofendieron profundamente.
Sin embargo, reprimió el impulso de replicar inmediatamente y siguió a la mujer al interior de la mansión, con Toren pisándole los talones.
Mientras el joven no podía dejar de admirar la opulencia del entorno —los tapices, las esculturas, las tallas en madera oscura de los muebles—, Kimbra mantuvo su escrutinio más allá.
Aunque la mansión era impresionante, el comportamiento de los criados dejó clara la posición de su señor.
En lugar de moverse por pasillos ocultos como era habitual en casas de altos nobles, los sirvientes caminaban libremente por los mismos espacios que los señores.
Cada rincón estaba adornado con metales preciosos: remaches de plata, oro y bronce, como si la riqueza se exhibiera en cada detalle.
Mientras avanzaron por uno de los largos corredores, un objeto llamó la atención de Kimbra.
Apenas visible tras un gran jarrón decorativo, una pequeña rendija de ventilación de plata ornamentada se disimulaba como un aplique decorativo.
Sin embargo, Kimbra sabía que no era solo una cuestión estética.
Aquella rejilla estaba ahí con un propósito.
Se acercó con disimulo, rozando la superficie con la yema de los dedos.
Sintió una corriente de aire apenas perceptible filtrándose desde el interior.
Si los sirvientes no tenían pasillos secundarios para mantenerse ocultos de los señores, ¿Qué ventilaba aquella rejilla?
La sirvienta finalmente los condujo a través de más pasillos hasta la cocina.
La estancia era amplia y luminosa, con una gran mesa de madera en el centro rodeada de utensilios y recipientes de todo tipo.
El aire estaba lleno de aromas acogedores: panes recién horneados, guisos que hervían a fuego lento, todo creando una atmósfera cálida, aunque para Kimbra, la calidez no logró relajarla.
La sirvienta tomó un delantal desgastado de lino y se volvió hacia Kimbra, sus ojos reflejaron desaprobación al ver el elegante vestido de la joven. Con expresión severa, le tendió el delantal.
—Aquí tienes —dijo la mujer, de forma cortante—. Debes ponértelo antes de comenzar a ayudar.
Kimbra alzó una ceja, conteniendo su indignación. Mantuvo la calma mientras lanzaba el delantal de vuelta al rincón de donde había sido tomado.
—Con todo respeto, yo esto no me lo pongo —replicó con voz firme y fría.
La sirvienta, escandalizada, ahogó un pequeño grito—.
Creo que hay un malentendido. Aunque ofreceré mi ayuda, no creo que sea apropiado cubrir este vestido con un delantal…
de cocina. Al igual que el sobrino-nieto, vengo en calidad de ayudante, representando el negocio de los familiares del Lord, no de sirvienta.
El silencio se apoderó de la cocina mientras ambas mujeres se miraban desafiantes.
El tono autoritario de la sirvienta y las miradas del resto del personal dejaron claro que ella ostentaba el mando del servicio.
Kimbra, consciente de su propia estatura y presencia, notó que su posición le otorgaba una ventaja física y psicológica sobre la sirvienta.
—El Lord espera que todos los asistentes se mezclen de manera apropiada. Si usted no puede cumplir con esa expectativa, tal vez no debería estar aquí —dijo la sirvienta, con una voz aún más cortante.
Kimbra alzó el mentón, segura de sí misma.
—¿Cree usted que tiene el derecho a opinar sobre si debo o no estar en la fiesta del Lord?
La sirvienta lanzó una mirada nerviosa a su alrededor, claramente sintiendo el desafío.
—Solo digo que el servicio debería trabajar codo con codo. No obstante, déjeme consultar con el Lord para ver si hay una alternativa.
La mujer desapareció por la puerta de la cocina. Kimbra, sin inmutarse, notó cómo su actitud había ganado el favor de gran parte del personal, que apenas contenía sus sonrisas .
—Kimbra, ¿estás bien? —preguntó Toren, con una voz suave impresionado por la autoridad de la joven, pero cargada de preocupación.
Kimbra asintió, permitiéndose relajar un poco la tensión en su cuerpo.
—Sí, pero mientras la señora se ocupa del asunto, tengo una pregunta para ti —dijo, suavizando su tono—. ¿Has estado antes en esta casa?
Toren sonrió, claramente aliviado por el cambio de tema.
—¡Por supuesto! Cuando era pequeño vine un par de veces. El Lord organizó algunas reuniones aquí tras la muerte de dos familiares que fallecieron muy seguido.
Kimbra lo miró fijamente.
—¿Y qué recuerdas de esas visitas?
—La verdad, no fue muy emocionante —respondió Toren, pensativo—.
El Lord nos mandó a los niños con el servicio mientras los adultos estaban en el comedor y la biblioteca, rindiendo culto a los muertos.
Recuerdo a una sirvienta muy mayor y encantadora que nos enseñó toda la casa como si fuese suya. Le encantaba mostrar cada rincón…
Para Kimbra, aquello fue suficiente. Su instinto no le había fallado. Como sospechaba, la casa no tenía pasillos secundarios. Si el servicio hubiera estado obligado a moverse por esos pasillos ocultos, no habrían llevado a los niños por la casa tan libremente.