Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 5 #3
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CAP 5 #3

Rubí soltó una carcajada, un sonido lleno de sarcasmo que llenó la habitación como un eco desagradable. Se giró hacia Kimbra, dejando caer sus joyas sobre el tocador con un gesto descuidado.

—¡Así que es cierto! —dijo, casi divertida—.

Ese maldito embustero tiene su título solo por su don.

No es más que un plebeyo elevado a nobleza, y aún así se atreve a pasearse con aires de superioridad.

¿Y me dices que tiene un sobrino panadero?

¡Qué farsa! Seguro que viene de uno de los barrios bajos, no de ninguna otra ciudad .

Kimbra y la perlada intercambiaron miradas, claramente confusas por el enojo creciente en Rubí, que ahora parecía mucho menos entretenida y mucho más irritada.

—No entiendo… —dijo Kimbra, con cautela.

Rubí hizo un gesto brusco con la mano para que la perlada le ayudara a desabrochar el vestido. Su voz, antes burlona, ahora era más áspera, como si estuviera sacando a la luz viejas heridas.

—Hoy estuve en uno de los ensayos de la Arena —comenzó, sin molestarse en suavizar su tono—. A finales de semana empiezan las batallas, y Roderick me llevó para verlas. Fue emocionante, hasta que ese Lord Plebeyo se sentó a nuestro lado.

Rubí soltó un suspiro pesado mientras el corsé caía al suelo, revelando el ligero vestido blanco que llevaba debajo. Sus manos se movían con nerviosismo, algo que Kimbra notó al instante.

—Al principio, todo fue normal —continuó Rubí—.

Conversaciones triviales sobre dinero, apuestas, lo típico.

Pero luego, el Lord le invitó a la fiesta de apertura de la Arena.

Tras eso, insinuó que yo sería su acompañante.

No tengo muy claro cómo me está presentando en sociedad, pero lo que sí sé es que ese embustero me miró de arriba abajo y soltó…

Kimbra estaba completamente enfrascada en la historia, que se sorprendió cuando Rubí imitó a la perfección la voz del Lord.

—¿Esta? ¿Tu acompañante? Parece una puta bien pagada con aires de nobleza.

La furia en sus ojos era palpable. Kimbra tragó saliva, sintiendo la tensión crecer en la habitación. La perlada, que había estado inmóvil hasta entonces, también parecía incómoda.

—Acto seguido, claro, se disculpó. Dijo que la edad le estaba afectando al decoro. —Rubí apretó los labios, su mirada se fijó en Kimbra permitiendo que viera la ira que ardía en su interior.

Kimbra, que había estado escuchando en silencio, sintió que debía decir algo. Quizás para calmar la ira de Rubí, o quizás porque entendía en parte el dolor de ser menospreciada.

—Rubí, a ver, algo de razón tiene, en el sentido de que …

No pudo terminar la frase. Los ojos de Rubí se clavaron en los suyos como cuchillos, llenos de veneno.

La mujer se acercó lentamente hasta Kimbra, apoyando ambas manos en los reposabrazos del sillón en el que ella estaba sentada.

La postura la dejó atrapada, con el rostro de Rubí a pocos centímetros del suyo.

—Escúchame bien, gatita —susurró Rubí, su voz tan fría como el acero—. A mí nadie, nadie, me menosprecia por quien soy, por lo que hago, o por mi apariencia. ¿Entendido?

Kimbra asintió en silencio, su corazón latió con fuerza. El poder que Rubí ejercía en ese momento era aplastante, y por primera vez en mucho tiempo, sintió el verdadero peso de lo que significaba el miedo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Toren con un tono de preocupación que no pudo disimular.

Había estado pendiente de Kimbra durante los últimos días, especialmente desde que la fecha de la fiesta se aproximaba.

El carruaje, enviado por Lord Harvick, se balanceaba suavemente mientras avanzaba por las calles adoquinadas, cargado con panecillos y bollos para el evento.

Pero el traqueteo constante no era lo que mantenía a Kimbra en silencio.

La muchacha, sumida en sus pensamientos, observaba el paisaje a través de la ventana con la mirada perdida. Los recuerdos de su último encuentro con Rubí la perseguían, enturbiando su mente y apagando su ánimo.

El silencio entre ellos se hacía cada vez más denso, hasta que Kimbra forzó una débil sonrisa y respondió, sin mirarlo directamente:

—Estoy bien, no te preocupes. —Su voz sonó apagada, aunque intentó inyectarle algo de ligereza—. Solo estoy un poco mareada por el traqueteo del carruaje.

Toren ladeó la cabeza, claramente no convencido, pero eligió guardar silencio. La incomodidad entre ambos persistía, y el joven prefirió no presionar más. Durante el resto del trayecto, se mantuvo callado, limitándose a observar de reojo a Kimbra mientras sus manos jugueteaban nerviosas.

El carruaje pronto abandonó las zonas más modestas de la ciudad y se adentró en las amplias y señoriales calles de Puerto Dorado.

Las aceras bien cuidadas parecían brillar bajo la luz dorada del atardecer, y las farolas, altas y elegantes, proyectaban un suave resplandor plateado.

Rosas y geranios se alineaban en los balcones y jardineras, llenando el aire con su fragancia, como si la propia ciudad intentara presumir de su belleza.

Pero Kimbra no se dejó impresionar por el exceso. Todo era una ostentación innecesaria, un lujo vacío que no le decía nada. Las majestuosas estatuas, las fuentes adornadas y los exagerados toques dorados en cada esquina parecían estar allí para enmascarar una verdad más oscura.

La mansión de Lord Harvick apareció finalmente ante ellos, imponente pero no tan grandiosa como las que la rodeaban.

Era una casa de dos plantas, rodeada por un jardín ajustado pero pulcro.

Las paredes blancas y las columnas decoradas con metales verdes y dorados daban la sensación de que la casa era una joya en sí misma, aunque el brillo no impresionaba a Kimbra, sino que le resultaba frío, calculado.

Al descender del carruaje, Kimbra observó cómo una decena de sirvientes se apresuraba a recibirles, moviéndose con destreza para cargar las cajas y fardos con los bollos y panes.

La eficiencia de su movimiento era casi inquietante, como si estuvieran entrenados para ser invisibles y eficientes al mismo tiempo.

Una mujer menuda con la piel bronceada y grandes ojos castaños se acercó a ellos con una sonrisa medida.

—Señores —dijo con una voz dulce pero firme—, el Lord nos ha comunicado que, aunque ofrecerán su servicio en la fiesta, debemos tratarles con el respeto que merecen. Señor Toren, es un honor contar con la presencia del sobrino-nieto del Lord. Gracias por su generosidad al ofrecer su ayuda .

Toren, visiblemente nervioso, balbuceó algo inaudible, su rostro se tornó burdeos por la vergüenza. No estaba acostumbrado a tal formalidad, y mucho menos en un entorno como ese.

—Kimbra, por favor, acompáñame, debemos darte un delantal —añadió la sirvienta, volviendo su atención hacia ella.