CAP 5 #2
Un hombre de aspecto maduro y estatura baja, vestido con un traje verde oscuro a la última moda, descendió con parsimonia.
Su sombrero de ala ancha y su bastón delicadamente ornamentado de plata parecían accesorios diseñados más para impresionar que por necesidad.
El aire de superioridad que lo rodeaba contrastaba drásticamente con el modesto entorno de la panadería .
El silencio se instaló en el ambiente mientras el hombre ajustaba su sombrero, claramente incómodo con la idea de estar en un barrio de clase baja. Kimbra pudo notar cómo su mirada se deslizaba por el lugar, un gesto apenas perceptible, pero que iba cargado de desdén.
—Lord Harvick, cariño —corrigió Harlan con un tono algo resignado, mientras lanzaba el trapo sobre el mostrador y se acercaba a la entrada.
—No digas tonterías, Harlan, soy tu tío.
—Cedric sonrió con una formalidad distante, sus labios apenas se curvaron, mientras avanzó hacia su sobrino.
El abrazo que compartieron fue tan torpe como frío, con el tío Cedric alzando su bastón ligeramente para no tropezar al intentar abrazar a su alto sobrino.
Harlan, mucho más corpulento, tuvo que inclinarse casi incómodo para corresponderlo.
Kimbra observó la escena con creciente incomodidad. A su lado, Toren también parecía desconcertado por la entrada del noble. Ambos intercambiaron miradas rápidas de confusión, como si intentaran descifrar qué había traído a alguien como un Lord a un lugar tan humilde.
El tío Cedric, tras el breve abrazo, volvió su atención hacia Toren, sus ojos recorrieron al joven de arriba abajo con una mezcla de evaluación y leve desaprobación.
—Así que este mozo es mi sobrino nieto...
corpulento, sí —dijo Lord Cedric, casi como si hablara consigo mismo, mientras examinaba al joven.
Sin previo aviso, comenzó a darle ligeros toques con el bastón, como si estuviera probando la firmeza de un caballo antes de una compra—.
Buenos hombros, brazos fuertes... aunque...
—y entonces, con un movimiento brusco, le dio un golpe en el estómago—, parece que el buen comer sigue siendo un problema en esta familia, ¿eh?
Se supone que vendéis el pan, no que os lo coméis.
El comentario resonó en la panadería, pero en lugar de provocar risas, solo dejó una atmósfera incómoda.
Nadie se atrevió a reírse de la broma. Ni Eleara, ni Harlan, ni mucho menos Toren, que contuvo un quejido de dolor.
Incluso los clientes que habían estado observando la escena en silencio parecían incómodos, desviando la mirada o fingiéndose ocupados.
Kimbra sintió una oleada de irritación subirle por la espalda. ¿Así era cómo los nobles trataban a su propia familia?
Entonces, los ojos del tío Cedric se posaron en ella, y su expresión pasó de una indiferencia calculada a una sutil curiosidad.
—¿Y esta moza? —dijo, entrecerrando los ojos mientras la examinaba—. Muy masculina y oscura para ser tu novia, ¿no crees, chico?
El comentario fue como un golpe en seco. Kimbra sintió el calor subirle a las mejillas, y Toren, visiblemente sonrojado, balbuceó una negativa poco convincente. Ambos, incómodos, se apresuraron a volver al área de trabajo en la parte trasera, intentando escapar de la mirada escrutadora del noble.
—Perdona a ese viejo, ya está chocheando —murmuró Toren mientras entraban apresuradamente al almacén.
Kimbra no respondió de inmediato, pero el desprecio con el que Cedric había mencionado su apariencia le seguía quemando en la mente. Finalmente, se giró hacia Toren con el ceño fruncido.
—No ha sido muy agradable la verdad —respondió en voz baja—. ¿Aquí hay problemas con el tono de la piel?
Toren resopló, claramente incómodo con la pregunta.
—No todo el mundo, pero... en Puerto Dorado fue uno de los últimos lugares en abolir la esclavitud. Todavía queda gente que mira con desdén a cualquiera que no sea... ya sabes, humano y blanco. Todo lo que se oscurece un poco les da asco.
Kimbra suspiró, frotándose los brazos como si intentara deshacerse del peso de esas palabras.
—Entiendo —murmuró—. Y... ¿crees que soy masculina?
Toren la observó divertido, con una chispa de picardía en sus ojos.
—¿Has visto tu brazo? Eres pura fibra, podrías tumbarme de un solo golpe si quisieras. Pero no diría que eres masculina... —Hizo una pausa, estudiándola con una mirada divertida—. Eres fuerte, como un dragón.
Kimbra sonrió de medio lado, aunque todavía sentía el comentario de Cedric resonando en su mente. Golpeó el brazo de Toren de forma amistosa, y él se hizo el dolorido entre risas antes de volver a su trabajo.
La risa de Toren, aunque breve, ayudó a calmar por un momento la incomodidad que Cedric había sembrado en ella.
Sin embargo, en cuanto Toren volvió a su trabajo, Kimbra se quedó en silencio, sumergida en sus pensamientos.
Miró de reojo al chico mientras machacaba almendras con entusiasmo, y reflexionó sobre lo que el tío Cedric había dicho.
Masculina y oscura... Se mordió el labio.
Aquellas palabras aún le ardían, pero no por lo que insinuaban, sino por el tono condescendiente que había en ellas.
Pero pronto, sus pensamientos se desviaron hacia Toren.
El joven no era desagradable a la vista, ni mucho menos.
De hecho, si lo miraba con detenimiento, Toren tenía algo que lo hacía atractivo.
Era casi de su misma estatura, quizás un poco más bajo, y sus hombros anchos y espalda firme le daban un aspecto robusto, de alguien acostumbrado al trabajo físico.
Pero lo que más llamaba la atención era su cara, aún sin terminar de crecer del todo, con facciones suaves que contrastaban con su cuerpo fornido.
Su cabello, de un rubio casi dorado, caía desordenadamente sobre su frente, dándole un aire juvenil.
Era obvio que Toren era más joven que ella, y eso se notaba en su falta de experiencia, en la inocencia con la que veía el mundo. Pero también había algo más. Tenía un buen corazón, y esa clase de bondad no se veía todos los días.
Un grito repentino desde la tienda principal interrumpió sus pensamientos.
—¡¿Qué?! ¿Estás hablando en serio? —El tono de Eleara era de pura incredulidad, y tanto Kimbra como Toren levantaron la cabeza al instante, intercambiando una mirada de alarma.
Casi sin pensarlo, corrieron hacia la estantería que separaba la trastienda del mostrador. Se asomaron con disimulo para ver qué estaba ocurriendo, intentando escuchar sin ser vistos.
—Por supuesto que aceptamos —dijo Eleara con firmeza, aunque su voz aún sonaba agitada .
—¡No, Eleara! —protestó Harlan, visiblemente inquieto. Su tono era mucho más bajo, pero cargado de frustración—. No podemos aceptarlo. Sabe que lo que quiere no cubre todo ese dinero, no podemos aceptar…
—Harlan, me aburres. —dijo el Lord. Eleara miró a su marido con una mirada tan afilada como los cuchillos de los carniceros —.
Estoy contratando vuestro servicio de panadería.
Mi criada me ha hablado maravillas de unos nuevos panes y bollos que serían perfectos para mi fiesta.
¡Imagínate mi sorpresa al saber que venían de la panadería de mis propios familiares!
Kimbra y Toren se miraron con los ojos llenos de dudas.
Harlan intentó replicar, pero su voz tembló ante la autoridad de Cedric y la presión de su mujer.
—Pero señor, no puedo… —intentó decir, pero Cedric lo interrumpió sin ningún esfuerzo.
—Llámame tío Cedric —corrigió el noble con una sonrisa cínica. Su tono era frío y cortante, lleno de una superioridad.
Harlan suspiró, claramente derrotado por la autoridad de su tío, pero aún así intentó argumentar.
—Tío Cedric, la deuda que hemos acumulado es mucho mayor que lo que nos está ofreciendo para su fiesta. No puedo permitir que pague por…
—¡Claro que podemos! —intervino Eleara, lanzando una mirada asesina a su marido.
Harlan tragó saliva, incapaz de seguir discutiendo—.
Es más, ya que tío Cedric es tan generoso, tanto Toren como Kimbra asistirán a su fiesta como parte del servicio.
¿Quién mejor que ellos para ofrecer nuestras delicias?
Kimba y Toren se miraron esta vez ofendidos. Acababan de prostituirles por unos panecillos bien decorados.
Esa tarde, Kimbra había esperado durante horas antes de que Rubí hiciera acto de presencia.
Una de las perladas la había conducido a la habitación privada de la mujer y le había servido un refrigerio, pero la espera fue interminable.
La habitación, opulenta y adornada con lujosos detalles, emanaba una sensación sofocante, como si la esencia de Rubí impregnara cada rincón.
Kimbra observaba las misteriosas plantas cristalizadas incrustadas en las paredes, preguntándose cuántos secretos se habrían compartido en ese lugar.
Finalmente, cuando la oscuridad de la noche cayó sobre la ciudad, Rubí apareció.
Llevaba puesto un espectacular vestido verde oscuro que realzaba su figura.
Los rubíes de su collar y pendientes centelleaban como estrellas, y en ese momento, Kimbra no pudo evitar pensar que podría estar frente a la mujer más peligrosa y encantadora de todo el Imperio.
—Buenas noches, gatita, no te esperaba hoy —dijo Rubí, mientras se deshacía de las horquillas del semi-recogido con la ayuda de una perlada que la seguía de cerca.
Kimbra no perdió tiempo en ir al grano, aunque su estómago se retorcía de nervios. Sabía que con Rubí, no podía permitirse vacilar.
—¿Conoces a Lord Harvick?
La pregunta hizo que Rubí se detuviera por un segundo, una pausa apenas perceptible. A través del espejo, Kimbra vio cómo una leve sorpresa cruzaba el rostro de la mujer antes de que volviera a su habitual semblante de control.
—¿Lord Cedric Harvick Windermere? —repitió, con un deje de burla en la voz—. El sanador de la nobleza. Claro que lo conozco. ¿Qué tienes que ver tú con él?
—Es el tío Cedric para la familia de la panadería —respondió Kimbra, tratando de mantener la voz firme, aunque sintió la incomodidad apretándole en el pecho.