Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 5
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CAP 5

Rubí miró a la muchacha desde el borde de las cálidas aguas de la terma.

—No veo el problema.

Kimbra había sido llevada directamente, en cuanto llegó a Aguas Calmas, a la presencia de Rubí.

La condujeron a una casa discreta en una calle secundaria, en los límites de la Hondura, donde desde el sótano accedieron a una red de túneles.

En uno de esos baños subterráneos, Kimbra encontró a Rubí, envuelta en toallas, mientras otras mujeres cuidaban de su larga melena y perfectas uñas.

—¿No ves el problema de que un soldado, tal vez con mando, me haya amenazado? —preguntó Kimbra, dándole la espalda a Rubí, olvidando por un momento el pudor en su indignación—. No puedo tener encima la atención de un soldado del Imperio.

Aunque Rubí había dicho que podía hablar libremente, Kimbra no se sentía cómoda compartiendo lo que sabía delante de las otras mujeres de la hermandad .

—El único problema es que podrías haberte librado de él con una simple paja —respondió Rubí con desdén—. Y en cambio, te has enemistado con un soldado por una estupidez.

Rubí salió de los baños seguida de dos perladas, con Kimbra tras ella.

Caminaron por pasillos oscuros hasta una habitación que desentonaba con el barrio humilde.

Parecía la habitació principal de un palacio, con un aire místico impregnado de magia.

Las paredes, sin cuadros ni tapices, estaban adornadas con piedras y plantas que emitían sutiles luces, creando la ilusión de estar al aire libre.

Los muebles de madera oscura contrastaban con la luz tenue, y en el centro de la habitación, en una doble altura, una cama imperial con dosel reinaba sobre todo.

—Cierra la boca chica, es solo una habitación.

Kimbra obedeció y se acercó al tocador donde Rubí se había sentado, mientras las perladas comenzaban a peinar su cabello.

—¿Qué esperas que haga con el soldado? —preguntó Rubí—. No pienso encargar que lo maten.

Kimbra abrió los ojos, horrorizada.

—¡No, por favor no! —exclamó Kimbra, dejándose caer en un sofá cercano—. No sé qué hacer. ¿No sería posible expulsarlo?

Rubí suspiró, exasperada.

—Kimbra, piensa…

—Quizás no sea necesario expulsarlo —intervino una de las perladas—, solo cambiarlo de sector.

La perlada de pelo moreno y cuerpo enjuto miró a Rubí a través del espejo mientras expuso su propuesta.

Rubí inclinó la cabeza, evaluando la sugerencia.

—No es mala idea… Puedo proponérselo a Roderick, nunca hace muchas preguntas, y si le digo que una conocida ha tenido un incidente con él… Si, es viable.

La perlada sonrió, satisfecha con su ingenio, mientras continuaba peinando a Rubí, la otra en cambio, parecía ser indiferente a todo lo que le rodeaba.

—¿Has conseguido ya trabajo? —preguntó Rubí de repente .

Kimbra sintió un escalofrío cuando sus ojos se encontraron a través del espejo con la mirada seria de Rubí, esta parecía atravesarle entera.

—Es… complicado.

Una carcajada seca se escapó de los labios de la mujer. Ningún atisbo de diversión subió a su mirada.

—Cariño, complicado es lo que has hecho con ese soldado. Contestar a mi pregunta, no.

Ambas perladas se miraron fugazmente casi de reojo, al parecer la otra perlada no era indiferente a todo, el humor de Rubí si era algo a tener en cuenta.

Kimbra relató su situación con la familia y el enfrentamiento con el soldado.

—Eso no te va a pagar la habitación en Río Alto— dijo Rubí mientras jugueteaba entre sus manos con uno de sus collares—. Pero eres lista.

Kimbra la miró con duda en los ojos y Rubí al levantar los ojos sonreía con cierto orgullo.

—Esa desconocida, heroína surgida de la nada, que ofrece su ayuda para salvar a la familia desamparada…

—dijo Rubí, levantando el collar como si brindara—.

Cariño, mis respetos. Es astuto y sumamente inteligente, llegar al entorno social, aunque sea tan bajo, como una persona de buen corazón… sublime.

Kimbra intentó hablar, pero Rubí la interrumpió con un gesto.

—Si lo que vas a decir me va a hacer cambiar de opinión, mejor cállate.

Kimbra guardó silencio unos momentos reflexionando.

Con lo poco que conocía a la mujer, sabía que Rubí era una mujer perspicaz, y daba la impresión de que rara vez se equivocaba en su juicio.

La joven no podía permitirse el lujo de ser ingenua, especialmente en el entorno peligroso en el que se encontraba.

Sabía que su vida en el sector medio estaba en riesgo si no resolvía esta situación de manera efectiva .

—Rubí, no quiero ser vista como alguien calculador o manipulador... —empezó Kimbra con cautela—. Mi intención era genuinamente ayudar.

Rubí levantó una ceja, sus ojos brillaron con una mezcla de diversión y escepticismo.

—Claro que sí, cariño. Pero a veces, las buenas intenciones necesitan un poco de... picardía. Lo importante es que lo uses a tu favor. En este mundo, no puedes darte el lujo de ser solo buena. Tienes que ser lista, y sobre todo, sobrevivir.

Las palabras de Rubí, aunque duras, resonaron con una verdad innegable y con rastros de la sombra de su pasado. Kimbra sabía que debía jugar sus cartas con más astucia si quería mantener su misión a salvo y su posición en el Puerto de Gremios intacta.

—¿Entonces qué sugieres? —preguntó Kimbra, consciente de lo delicada que era la situación.

Rubí la observó por un largo momento.

—Sigue con tu fachada de recién llegada. Hazte indispensable para ellos, pero mantente alerta. Si logramos que ese soldado sea transferido, te desharás de un problema inmediato. Pero no te engañes, habrá más como él. Necesitas aliados, y no solo en este sector. Piensa a lo grande, Kimbra.

Kimbra asintió lentamente dejándose caer en el respaldo del sofá, procesando cada palabra. Sabía que Rubí tenía razón; tenía que ser más que una buena samaritana. Tenía que ser alguien con poder e influencia, incluso si eso significaba ensuciarse las manos.

Que la misión fuese exitosa era lo único que importaba, y si la impresión de Kimbra era certera, una persona amigable con buenos contactos podría conseguir recompensas mucho más jugosas, debía convertirse en alguien con poder e influencia, incluso si eso significaba ensuciarse las manos.

—¿Y tú? —preguntó Kimbra finalmente, levantando la mirada para encontrarse con los ojos de Rubí en el espejo—. ¿Qué quieres a cambio?

Rubí sonrió, una sonrisa enigmática que no revelaba nada y lo decía todo .

— Solo que recuerdes quién te ayudó cuando estabas en problemas. En este mundo, las deudas no se olvidan. Y menos aún las amistades forjadas en tiempos de incertidumbre.

Cuando la conversación terminó, Kimbra abandonó los aposentos de Rubí con una extraña mezcla de alivio y desazón. Caminó por los pasillos subterráneos de la hermandad, acompañada de una perlada, mientras las palabras de Rubí resonaban en su mente como un eco lejano pero persistente.

No puedes darte el lujo de ser solo buena. Tienes que ser lista, y sobre todo, sobrevivir.

Por mucho que tratara de convencerse de que su enfoque era el correcto, algo en su interior no estaba conforme.

No había llegado hasta ahí para convertirse en alguien manipulador o astuto, pero si deseaba cumplir su misión sin ser devorada por las sombras del sector más adinerado, quizá tendría que reconsiderar sus principios.

Se preguntó hasta donde estaba dispuesta a llegar mientras ascendía las escaleras que la devolvieron al nivel de las calles.

El aire denso de la Hondura la recibió como un recordatorio del mundo cruel en el que ahora se movía.

A medida que avanzó hacia su habitación, dejó que sus pensamientos vagaran.

Recordó las miradas de desprecio de los soldados del Imperio y la frialdad en los ojos de Rubí.

En este lugar, la gente no dudaba en usar a otros como piezas en un juego mayor, y si Kimbra quería sobrevivir, tenía que ser más hábil.

Aprender a Jugar.

Al comenzar la semana, la panadería tuvo una horda de clientes, el bullicio del comercio la sacó de los pensamientos que aún le rondaban por la cabeza de su última conversación con Rubí.

Desde dentro, las risas y las conversaciones animadas del interior parecían una burbuja ajena a los problemas del resto de la ciudad.

Kimbra se detuvo un momento, observando cómo la luz del atardecer teñía el cielo de tonos anaranjados y dorados, preguntándose cómo era posible que a sus ojos hubiese tantos contrastes en la vida de las personas que estaban a un corto viaje en bote.

El tintineo de la campanilla sobre la puerta la devolvió al presente.

Eleara estaba en el mostrador, intercambiando bromas con un cliente, y Toren y su padre trabajaban sin descanso, intentando cubrir la creciente demanda de sus panes.

Mientras que ella seguía moldeando florecillas y dulces naranjas de azúcar.

Fue entonces cuando el sonido de un carruaje llamó la atención de todos.

Iba tirado por dos majestuosos feliquinos moteados.

Las criaturas, híbridos de equinos y felinos, se movían con una elegancia casi sobrenatural, sus cuerpos musculosos y gráciles capturaron la atención de los transeúntes.

Llevaban antifaces oscuros para proteger sus ojos nocturnos de la luz del día, lo que solo aumentaba el aire de misterio a su alrededor.

Kimbra levantó la vista al escuchar el sonido metálico de las ruedas sobre el empedrado. Desde su posición, vio cómo Eleara dejaba escapar un grito ahogado de sorpresa. Algo inusual en ella.

—¡Tío Cedric! —exclamó Eleara con una sonrisa radiante, mientras corría hacia la puerta con una energía inusitada.

Kimbra lo vio cuando Eleara gritó sorprendida y con alegría. Toren y ella se miraron curiosos y salieron hacia la tienda a toda prisa, mientras que Harlan resoplaba y recogía un trapo de la mesa para ver qué es lo que esta vez había emocionado a su mujer.

—¡Tío Cedric! Que alegría verte por aquí.

Una figura emergió del carruaje con la pompa de alguien acostumbrado a la admiración.