Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 4 #3
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CAP 4 #3

La familia comía junta en la gran mesa de trabajo, y le ofrecieron a Kimbra parte de su comida: panes rellenos y bollos dulces, acompañados de una bota de vino suave que agradeció para refrescarse del calor sofocante del horno.

Esa noche, Kimbra volvió a su modesta habitación en el barrio bajo, agotada pero satisfecha.

Había pasado el día no solo aprendiendo las tareas básicas, sino también sugiriendo mejoras en la presentación de los productos.

Antes de acostarse, miró de reojo la bolsa con los colorantes que había comprado en el mercado.

Había tenido una idea: usar el tema de las naranjas y flores de naranjo para darle un toque distintivo a la panadería.

Estaba decidida a demostrar que podía ser útil .

Al día siguiente, Kimbra llegó temprano a la panadería, lista para poner en marcha su plan.

Mientras los panaderos se ocupaban de las masas, ella comenzó a trabajar en las decoraciones.

Molió almendras, mezcló azúcar, y con los colorantes recién adquiridos, creó pequeñas flores y hojas que colocó cuidadosamente sobre los panes y bollos.

El calor a veces era insoportable al estar cerca del horno, el cual, desde que llegó, ardía con fuerza y vigor.

Conforme avanzó la mañana, los primeros clientes comenzaron a llegar. Eleara, la esposa del panadero, observó con sorpresa cómo los ojos de los compradores se dirigían inmediatamente hacia las nuevas decoraciones.

—Es un nuevo toque que hemos añadido— respondió Eleara, ante las preguntas de los clientes, con una amplia sonrisa, notando cómo los bollos y panes decorados se vendían más rápido de lo habitual.

Kimbra, desde la trastienda, escuchaba con satisfacción y Toren y ella intercambiaron una sonrisa de satisfacción.

Pero la prueba de fuego llegaría cuando los soldados regresaran.

Kimbra sabía que, aunque había ganado un día para la familia, la situación seguía siendo precaria.

Si quería asegurar su posición y ayudar a la familia, tendría que demostrar que su contribución realmente marcaba la diferencia y sabía que aunque el Recaudador les permitiese seguir abiertos, si los soldados encontraban motivos para no hacerlo podrían inventarse cualquier excusa para cerrar la panadería.

Antes del almuerzo, los soldados regresaron, como habían prometido. Kimbra salió de la zona de trabajo al escuchar las voces, su estómago revuelto de nervios, mientras retorcía en las manos un paño.

—El Recaudador os ha concedido dos semanas de margen. Debéis pagar al finalizar el plazo la deuda acumulada y lo correspondiente hasta esa fecha.

Eleara soltó una carcajada y se acercó al soldado y le cogió ambas manos ilusionada, mientras el soldado que estaba al mando, que esa vez se mantuvo callado y al margen, no dejó de estudiar a Kimbra.

—Hemos tenido una mejoría notable en las ventas, ¡En solo una mañana!

. Con esta tendencia, podríamos empezar a ponernos al día con los pagos— Eleara le mostró la nueva horneada de panes decorados y los bollos y el soldado pareció satisfecho con el resultado, tanto que compró uno de los panes con las filigranas talladas y un par de flores de naranjo.

Mientras Eleara y el soldado simpático estaban ocupados, Kimbra sintió una mirada sobre ella.

El otro soldado, más corpulento, la llamó con un leve gesto de la cabeza, sus ojos la recorrieron con una suavidad melosa, cargados de una intención que Kimbra percibió al instante.

La muchacha sintió un nudo formarse en su estómago, su intuición le gritó que evitara cualquier confrontación, pero sabía que no podía simplemente ignorarlo.

Decidió seguirlo fuera de la tienda, su mente se debatió entre la prudencia y el temor de provocar una reacción hostil.

Al salir, el aire fresco no alivió su nerviosismo.

El soldado se inclinó hacia ella pillándola desprevenida, invadiendo su espacio personal con una proximidad incómoda.

El olor de su uniforme, mezclado con el sudor del día, la envolvió, haciéndola retroceder ligeramente.

Kimbra notó los detalles con una claridad que solo la ansiedad era capaz de provocar: las costuras tensas por los músculos de sus brazos, las gotas de sudor perlando su cuello bronceado, y los ojos color caramelo que la observaban con una intensidad embriagadora.

Por un breve segundo, su atractivo físico la desconcertó.

—Manejaste muy bien la situación ayer —murmuró el soldado, casi como un ronroneo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—.

Si no fuese por ti, la panadería ya estaría cerrada.

Espero que te compensen... como mereces —su intención fue elogiarla, pero había algo subyacente, algo oscuro que Kimbra no pudo ignorar—.

No es común ver a alguien como tú en un lugar como este.

Tienes agallas, y me gustan las mujeres con carácter .

Kimbra sintió el peso de sus palabras, como si estuviera evaluando más que sólo su destreza para manejar el conflicto.

Dio un paso atrás, deseando romper la distancia opresiva entre ambos, pero el soldado la acorraló, sin ceder terreno.

Con el corazón latiendo más rápido, Kimbra se vio atrapada contra la pared de piedra del edificio, el frío de la barandilla de las escaleras que llevaban a la residencia de arriba se clavó en su espalda.

—Si me permites decirlo —continuó él, inclinándose aún más, con una sonrisa ladeada que pretendía ser seductora—, podrías hacer cosas mucho más interesantes que decorar panecillos.

Tal vez, si fueras más... amigable conmigo, podría asegurarme de que este negocio nunca vuelva a tener problemas.

Podría conseguir incluso que asciendas a algo mucho más prometedor...

Una oleada de indignación recorrió a Kimbra, ahogando el miedo que hasta entonces había dominado su pecho.

¿En serio creía que podía manipularla así?

Por un segundo, se imaginó hundiendo su puño en esa nariz perfecta, pero se contuvo.

En su lugar, mantuvo su voz firme y controlada, aunque su interior ardía de rabia.

—Agradezco su preocupación —dijo, con una calma que no sentía—, pero prefiero ganarme el respeto con trabajo duro, no con favores.

La sonrisa del soldado se torció, la calidez fingida se evaporó en un instante. Su mano subió, rozando el tirante de su vestido, dejando un rastro incómodo sobre la piel de su clavícula.

—No deberías ser tan rápida en rechazar una oferta tan generosa, cielo—su tono se había vuelto peligroso, una amenaza apenas velada.

Su mano se movió lenta, casi como si no fuera consciente del espacio que estaba invadiendo.

Al principio, un roce apenas perceptible en el borde del vestido; luego, el contacto directo con la piel, le envió una descarga de indignación.

Basta.

El pensamiento cruzó la mente de Kimbra como un relámpago. Su barbilla se levantó con orgullo, su postura cambió de forma abrupta de sumisa a desafiante. Sin pensarlo, su mano se movió rápida y firme, sujetando la muñeca del hombre antes de que pudiera avanzar más.

—Yo que usted mantendría la manita quieta, soldado —espetó, su voz se impregnó de una amenaza apenas velada—. Prefiero enfrentar las dificultades con la cabeza en alto antes que tomar un camino deshonroso.

El soldado la miró fijamente, evaluando el desafío.

Por un momento, la tensión entre ambos fue palpable, hasta que él, sorprendido por la fuerza de su reacción, dio un paso atrás liberándose del agarre de la muchacha.

Su sonrisa traviesa desapareció por completo, sustituida por una mirada fría y calculadora.

—Tienes agallas, pero eres estúpida —escupió con desdén—. Espero que no te arrepientas de esto, porque la próxima vez, quizás no sea tan agradable.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire mientras Kimbra lo veía alejarse. Su respiración, contenida hasta ese momento, salió en un suspiro entrecortado.

Kimbra se quedó con un sentimiento de un incómodo y agrio triunfo. Sabía que había hecho lo correcto al rechazarlo, pero también que había ganado un potencial enemigo.

Sin embargo, mientras observaba al soldado alejarse, una vieja resolución despertó en su corazón: no dejaría que nadie la doblegara, sin importar el precio.

Volvió a la panadería, donde la familia la recibió con miradas de preocupación y queriendo hacer muchas preguntas. Kimbra le quitó importancia al asunto y pudo esquivar el tema y evitar contarles nada sobre lo que había ocurrido afuera.

Cuando acabaron de almorzar pidió una excusa para poder dar una vuelta y airearse del calor del horno y la tensión del incidente con el soldado.

Sabía lo que tenía que buscar y no tardó en verla entre la muchedumbre cerca de la calle principal. Iba preciosa con un exquisito vestido blanco.

—Perlada, necesito que entregues un mensaje a Rubí.