CAP 4 #2
El soldado lo miró con frialdad, sus labios se torcieron en una mueca de desdén.
—No me interesa lo que un aprendiz de panadero tenga que decir. La panadería cierra, por orden del Recaudador. —La autoridad de su voz no admitió réplica.
Kimbra apretó los puños. La indignación y los restos de su estado de ánimo tomaron el control.
—¿Vais a cerrar una panadería por impagos causados por una enfermedad? —su voz cortó el aire con firmeza, obligando a todos los presentes a volverse hacia ella. La gente la miró, y el soldado también.
El corpulento hombre la observó de arriba abajo, la ira en su mirada se suavizó momentáneamente al darse cuenta de quién había hablado. Su postura rígida y agresiva no cambió, pero el brillo en sus ojos revelaba una mezcla de curiosidad y atracción. Kimbra lo ignoró.
—Este no es asunto tuyo, señorita —dijo, con un tono más amable, casi condescendiente—. Será mejor que no te involucres en lo que no te incumbe.
Kimbra se negó a ceder. Dio un paso hacia el centro de la escena, enfrentándose al soldado cara a cara. A pesar de su estatura, Kimbra se alzó con orgullo, usando su altura a su favor .
—Eso es lo que decís —respondió con calma—. Pero si lo que dice el muchacho es cierto, una enfermedad debería ser motivo suficiente para conceder una prórroga. Si cerráis este negocio, la gente lo verá como una injusticia, como un abuso de poder.
Un murmullo de aprobación se extendió entre la multitud que se había congregado a su alrededor. Kimbra sabía que no solo necesitaba que su argumentación pareciese lógica, sino que tenía que ganarse a las personas presentes para que el peso de la presión social cayera sobre los soldados.
El soldado frunció el ceño, endureciendo su expresión. Ya no podía ignorar la atención que la intervención de Kimbra había atraído. Su mirada se cruzó brevemente con la de su compañero, que hasta ese momento había permanecido en silencio.
—¿Y por qué deberíamos hacer una excepción? —preguntó el soldado, cruzándose de brazos—. Las leyes son claras.
Kimbra sostuvo su mirada, manteniendo la calma aunque su corazón amenazaba con salirse del pecho.
—No se trata de una excepción, sino de sentido común —respondió, completamente convencida—.
¿Cómo puede un solo aprendiz, sin la ayuda de sus tutores, sacar adelante un negocio?
Es ridículo esperar que cumpla con las mismas ventas que dos veteranos en el oficio.
Y si han respondido a los avisos, como dice el chico, tienen todo el derecho a llevar el caso ante un tribunal si cerráis la panadería hoy.
El murmullo creció entre la gente. El soldado sintió el peso de las miradas sobre él, y Kimbra supo que su estrategia estaba funcionando. No podía ganarle en autoridad, pero sí en opinión pública.
El soldado más corpulento lanzó una mirada a su compañero, que dio un paso adelante. Ambos intercambiaron un par de gestos, como si discutieran sin palabras.
Finalmente, el soldado más alto resopló, girándose hacia Kimbra y la familia de panaderos.
—Muy bien, iremos a consultar el caso —dijo, con evidente molestia—. Volveremos mañana por la mañana para comunicar la decisión del Recaudador .
Con un último vistazo a Kimbra, los dos soldados se alejaron, caminando con pasos firmes pero pesados, como si se resistieran a reconocer la derrota.
La gente empezó a dispersarse lentamente, mientras los murmullos de aprobación todavía flotaban en el aire. La tensión se disipaba, pero Kimbra no podía relajarse del todo.
—Perdona muchacha…
Se volvió hacia la familia, cuyos rostros reflejaban una mezcla de alivio y agotamiento y sonrió.
—No tenéis que darme las gracias —respondió Kimbra cuando el panadero se acercó a ella con los ojos vidriosos—. Solo hice lo que cualquiera habría hecho.
Hasta ese momento el hijo de los panaderos se había mantenido callado, pero tras haber estado en todo momento con la mirada fija y pensante en ella, abrió mucho los ojos.
—¡Ya sé de que te conozco! Eres esa muchacha que buscaba trabajo en el orfebre, ese viejo cascarrabias casi se vuelve loco al ver semejante niña mimada queriendo tener un trabajo de verdad... O al menos así lo dijo.
Kimbra sonrojada miró al muchacho y contrajo la boca avergonzada.
—La misma…
—¿Qué hacías tú en el orfebre?— preguntó la madre.
Kimbra se desconectó de la conversación cuando una idea inesperada cruzó su mente.
Al observar más detenidamente a la familia de panaderos, notó las ojeras profundas y la fatiga que marcaba sus rostros, señales del agotamiento físico y mental que los consumía.
La preocupación se reflejaba en cada gesto, y aunque había logrado ganarles un día más, Kimbra sabía que la situación seguía siendo crítica.
La enfermedad que había postrado a ambos padres aún dejaba huella en ellos, y el peso de esa lucha apenas les daba tregua. Un día no sería suficiente.
—Perdonad que me entrometa, pero quiero haceros una propuesta —dijo Kimbra, tomando un tono más serio y decidido. Los tres panaderos la miraron y callaron de golpe por la interrupción .
—¿Qué tipo de propuesta? —preguntó el hombre, todavía receloso tras el altercado con los soldados.
—Veo que estáis pasando por un momento difícil —continuó Kimbra—. Sé que tenéis problemas para mantener el negocio a flote, y no quiero ser una carga, pero... me gustaría trabajar con vosotros.
La mujer intercambió una mirada rápida con su esposo antes de responder:
—Agradecemos el ofrecimiento, de verdad, pero no podemos permitirnos contratar a nadie en este momento. Apenas podemos mantenernos nosotros.
—Lo entiendo —replicó Kimbra con una sonrisa suave—.
Por eso, os propongo trabajar gratis hasta que solventen los impagos.
Solo pido una oportunidad. Soy nueva en la ciudad, no tengo credenciales para demostrar que tengo experiencia previa y esto me ayudaría si al final no me quedo con vosotros.
En cambio… si consigo ayudaros a mejorar la situación, y al final me quedo, entonces podemos hablar de un salario. Pero por ahora, dejadme ayudar.
La familia se quedó en silencio, procesando la oferta. El hombre parecía debatirse entre la necesidad y el orgullo, su esposa lo miraba con preocupación, mientras que el hijo no apartaba su penetrante mirada castaña de la chica.
—No sé si es buena idea —murmuró el panadero, mirando a su esposa y a su hijo—. Ya tenemos muchas preocupaciones, y no queremos que otra persona se vea arrastrada con nosotros a algo tan… triste.
—Entiendo vuestra preocupación —respondió Kimbra—, pero no tengo nada que perder.
Solo pido una oportunidad para demostrarles que puedo ser útil.
Sé que no tengo experiencia en panadería, pero estoy dispuesta a aprender y trabajar duro— Kimbra señaló los panecillos y los bollos que había expuestos en la entrada de la panadería—.
Sé que puedo ayudaros. Cuando era pequeña mis padres me castigaron una larga temporada con…
unos amigos de la familia. Eran decoradores.
Se encargaban de embellecer todo lo que se les encargaba, me enseñaron a crear flores y de coraciones con pasta de azúcar, dibujar y cosas por el estilo, podría mejorar el aspecto de vuestros panes…
El joven aprendiz, que hasta ahora había permanecido en silencio, dio un paso adelante:
—Papá, quizás deberíamos darle una oportunidad. No podemos perder nada, y si de verdad quiere ayudar, podríamos sacar algo bueno de esto. Es una chica, seguro que nos viene bien un toque femenino y una visión fresca para lo que hacemos.
La madre ofendida, le golpeó el brazo.
—¡Eh, yo soy una mujer!
El muchacho sonrió y se apartó de su madre situándose junto a Kimbra.
—Lo sé mamá, pero ya eres mayor, estás anticuada. Ella podría darnos ese toque juvenil y femenino que tanto les gusta a los niños ricos.
El panadero suspiró, claramente afectado por la situación, y tras unos segundos de reflexión, asintió lentamente.
—Está bien. Puedes trabajar con nosotros —dijo finalmente.
Kimbra sonrió, aliviada y agradecida por la oportunidad.
—Os lo agradezco. No os defraudaré, haré todo lo posible por aprender rápido y ayudaros a salir adelante.
La mujer del panadero le devolvió la sonrisa, con una chispa de esperanza en los ojos. El chico satisfecho le golpeó con el codo en el brazo a Kimbra que, desprevenida, casi perdió el equilibrio.
Pasaron un rato enseñándole a Kimbra los entresijos de la pequeña panadería.
La trastienda, dominada por un imponente horno de piedra, era el corazón del negocio, con estanterías repletas de sacos y una gran mesa de madera en el centro, donde se amasaba el pan.
Al fondo, una puerta conducía a una despensa abarrotada de ingredientes.
El espacio principal era modesto y práctico.
Una estantería con un arco separaba la trastienda de la tienda, donde una larga mesa de madera exhibía los bollos y panes más resistentes.
A ambos lados de la puerta, dos muebles algo desgastados servían para mostrar lo poco que tenían para ofrecer.
Todo en la panadería era rústico, en tonos marrones y beige, con los ladrillos rojizos, un tanto agrietados por el tiempo, como único toque de color.
—Harlan y Toren hacen los panes y los bollos —dijo Eleara, mientras señalaba a los dos hombres, que ya se habían sumergido en su trabajo—. Yo me encargo de vender y de la decoración. Ya sabes, esas cosas que se nos dan mejor a las mujeres —añadió con una sonrisa.
Kimbra esbozó una sonrisa incómoda.
—Creo que hacéis buenos productos —dijo Kimbra—, pero... son algo básicos. ¿Tenéis almendras y azúcar?
Para el almuerzo, Kimbra ya tenía las manos doloridas de tanto moler almendras, pero había logrado preparar una mezcla lo suficientemente buena para comenzar a decorar los bollos.
Mientras trabajaba, se concentró en dar un toque distinto a cada pieza, esculpiendo sencillos dibujos florales en los panes que Harlan y Toren habían amasado.