CAP 4
El retorcido nudo en su estómago le recordó por qué odiaba tanto los botes.
Kimbra había tenido la desgracia de subir a una barcaza en contadas ocasiones, y siempre con el mismo resultado: mareo, náuseas, y el incontrolable deseo de pisar tierra firme.
Esa vez no fue diferente. Sus pasos tambaleantes la llevaron hasta un callejón sombrío, donde se dejó caer contra la pared de piedra, jadeando con la mirada fija en un punto inexistente.
Solo el aire fresco, que llegaba en ráfagas suaves desde el lago, mantuvo el vómito bajo control.
El trayecto desde Puerto Viejo a Río Alto había sido veloz, casi surrealista.
Dos dominantes del agua habían impulsado el bote con una habilidad asombrosa, haciendo que la gran distancia pareciera insignificante.
A caballo, hubiera tardado diez veces más, pero al menos habría podido mantener su estómago en su lugar.
Quiso rendirse a la tentación de tumbarse en los adoquines y presionar su rostro contra el frío pavimento, pero el recuerdo del vestido la detuvo.
Rubí había sido clara el día anterior cuando le entregó ese lote exquisito de ropa: si las prendas sufrían algún desperfecto, las consecuencias serían nefastas.
Ese día, Kimbra dudó sobre quién le generaba más miedo: si Rubí o el Emperador.
Gimió al ver el bote zarpar una vez más hacia Puerto Viejo, cargado con un lote de pasajeros que, a diferencia de ella, eran inmunes a los bamboleos del viaje. La envidia le carcomió las entrañas, deseando poder sentir esa misma despreocupación.
Rubí había insistido en que debía trasladarse allí, a Río Alto; no era práctico que siguiera instalada en el sector más pobre.
Pero Kimbra sabía que sus ahorros no durarían lo suficiente para mantenerse varias semanas en una zona más cara.
Necesitaba encontrar trabajo, y rápido. Hasta entonces, se veía obligada a tomar ese bote dos veces al día, una tortura a la que tendría que resignarse, por ahora.
Finalmente, el mareo comenzó a desvanecerse.
Kimbra soltó un suspiro aliviado y, con pasos aún cautelosos, se empujó a sí misma a dejar el refugio del callejón.
El aire fresco que soplaba desde el lago le acarició, enfriando el sudor que le perlaba la frente.
Su estómago ya no se revolvía tanto, y aunque sus piernas seguían algo temblorosas, sentía que por fin recuperaba el control de su cuerpo.
Cada paso la alejó más de su malestar, y a medida que se adentró en las calles de Río Alto, todo a su alrededor adquirió una claridad renovada.
Las casas de piedra y madera estaban impecablemente cuidadas, tan distintas a las del sector bajo en el que estaba instalada.
Las ventanas, enmarcadas por vigas barnizadas, mostraban pequeñas macetas repletas de flores vibrantes que daban un toque de color a las fachadas.
El contraste fue más que obvio. Las calles, perfectamente adoquinadas, estaban limpias y ordenadas, mientras que las elegantes farolas de hierro forjado se alineaban a lo largo de los caminos, en perfecto estado.
No había ni una pizca de óxido en ellas.
Kimbra notó cómo las macetas y grandes jardineras de flores bordeaban algunas calles, y una glorieta con una fuente de piedra se alzaba en la distancia, decorada con una estatua que no servía ningún propósito práctico, era una mera demostración de lujo.
El bullicio de las calles no le pasó desapercibido.
La gente que caminaba a su alrededor lo hacía con aire despreocupado, vistiendo telas en tonos ocres, marrones, y algunos colores brillantes que parecían un soplo de vida comparado con las sombras del sector más pobre.
Se obligó a enderezarse, recordando que ahí no podía permitirse desentonar.
Kimbra avanzó por una de las calles principales del Puerto de Gremios, el bullicioso corazón comercial del sector.
A su alrededor, los comercios se desplegaban como un mosaico vibrante de colores y actividad.
Modistos y bordadores exhibían sus finos tejidos en escaparates, mientras las carnicerías y pescaderías inundaban el aire con aromas frescos y salados.
Más adelante, las floristerías añadían un toque de vida con ramos multicolores que salpicaban las aceras, y las risas provenientes de bares y tabernas daban un aire festivo al ambiente.
A lo lejos, en un callejón más oscuro y apartado, Kimbra divisó lo que parecía ser una casa de adivinación, sus cortinas pesadas y símbolos místicos apenas eran visibles desde su posición.
A cada paso, nuevos comercios surgieron ante sus ojos: zapateros mostrando orgullosos su calzado artesanal, marroquineros con bolsos y complementos delicadamente dispuestos en burros de madera que flanqueaban las entradas de sus tiendas.
Incluso divisó una tienda de joyas sencillas y, más allá, un herrero cuyo martillo resonaba rítmicamente aportando un eco constante en el bullicio de la calle.
Tras un largo paseo y un almuerzo ligero, Kimbra comenzó a comprender la lógica detrás de la organización del Puerto de Gremios.
Los gremios se distribuían meticulosamente por las calles: los que ofrecían productos frescos, como pescadores y carniceros, se situaban cerca del lago y de la calle principal, la cual conectaba con la salida de la ciudad.
Más alejados, los comerciantes secundarios se agrupaban, ofreciendo servicios más especializados y productos artesanales.
Muchos de los comercios contaban con una segunda planta que, por lo que pudo observar a través de las ventanas abiertas, servía de residencia para los propietarios.
Aquellos que podían permitirse el lujo de una casa propia solían comprarla en barrios mejor posicionados, pero ese territorio aún quedaba lejos del interés de Kimbra.
Después de días de búsqueda infructuosa, Kimbra se dejó caer en un banco de un pequeño parque, rodeada de naranjos cuyas hojas vibraban suavemente con la brisa.
El dulce aroma de los árboles se mezclaba con el olor del pan recién horneado de las panaderías cercanas, pero para ella, todo le resultaba opresivo, como si cada aroma intentara ahogarla.
El contraste entre la tranquilidad del lugar y la tormenta en su cabeza era insoportable.
Su respiración se volvió errática, corta, como si el aire fuera insuficiente. El pecho le pesaba, y una sensación de vacío le oprimió la garganta. Lo sentía venir, esa oleada que conocía demasiado bien. Había hecho todo lo posible por controlarlo, pero no podía seguir conteniéndose.
Nada había funcionado.
Había preguntado en cada tienda que se le cruzaba: modistos, costureras, tiendas de vajillas...
Y en cada una, la misma respuesta. Siempre necesitaban experiencia previa, y ella no tenía nada que ofrecer.
Cada vez que lo intentaba, la echaban sin darle una segunda oportunidad.
Incluso había intentado en la orfebrería, pero apenas le habían permitido abrir la boca antes de que el encargado la mirara con desprecio y la echara de malas maneras.
No iba a conseguir nada. Ningún trabajo. Ningún dinero. Ningún modo de quedarse en la ciudad el tiempo suficiente para encontrar el Mercado Negro. Nada .
La desesperación comenzó a apretar, cerrando su pecho como si una mano invisible la estuviera asfixiando. ¿Por qué seguía intentándolo?
No era capaz de hacerlo. Era inútil.
—Estoy tan harta... —murmuró entre dientes, sus ojos desenfocados se centraron en un par de palomas que picoteaban el suelo a sus pies.
Las aves se movían frenéticas, sus picos golpeaban el suelo con la misma velocidad con la que su corazón latía en su pecho.
—Harta de todo. Harta de ese maldito bote que me revuelve el estómago.
Harta de querer vomitar mañana y noche. Harta de...
—su voz se apagó cuando una pareja pasó frente a ella, mirándola de arriba abajo con suficiencia antes de seguir caminando.
Kimbra bajó la cabeza, su mirada recorrió su delicado vestido beige. ¿Por qué la miraban así?
No. Sabía que el vestido no era el problema. Era una prenda exquisita, elegante, perfecta para alguien de su posición, o al menos lo que pretendía aparentar. Pero el pánico que la envolvía parecía derramarse hacia afuera, haciéndola sentir expuesta.
Vulnerable.
—Harta de estos pobres con aires de grandeza, —susurró, apretando los puños—. Solo por vestir un puñado de tejidos caros... Pero no son nada. Sangre de plebeyos que siempre…
Un grito rompió el aire, seguido de un estruendo seco que hizo que Kimbra levantara la cabeza de golpe. La vorágine de pensamientos que la había atrapado momentos antes se desvaneció cuando la realidad la golpeó de nuevo. Estallando la burbuja en la que se encontraba.
Frente a una panadería al borde de la plaza, dos soldados empujaban a un hombre, mientras una estantería de madera yacía destrozada en el suelo. Una mujer, la causante del grito, salió apresurada tras ellos, suplicando con manos temblorosas que se detuvieran.
Kimbra frunció el ceño y, sin pensarlo demasiado, se levantó del banco.
La tensión en el aire era palpable, y otras personas se acercaron lentamente, formando un círculo alrededor de la escena.
Desde su posición, Kimbra podía ver cómo el soldado más corpulento y apuesto empujó al hombre con desprecio, obligándolo a retroceder hasta chocar con la mujer que parecía ser su esposa.
—¡He dicho que cerramos hoy! —bramó el soldado, su voz autoritaria resonó entre las paredes de los edificios cercanos. Empujó nuevamente al hombre, que apenas pudo mantenerse en pie—. Lleváis dos semanas sin pagar, y el Recaudador no os da ni un día más. Habéis tenido suficientes avisos.
—Pero señor... mis padres han estado enfermos —intervino un chico joven, alto y grandullón, que parecía ser el hijo del hombre.
Se adelantó con valentía, colocándose al lado de sus padres—.
Respondimos a los avisos, pero no recibimos respuesta.
He estado haciéndolo todo yo solo, pero no he podido seguir el ritmo…