Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 3 #3
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CAP 3 #3

Rubí observó el vestido recostado sobre la silla, alisando con calma las arrugas en silencio. Su mirada no traicionaba ninguna emoción, pero la tensión en el ambiente era palpable. Kimbra, aprovechando ese momento de quietud, dejó que sus ojos vagaran por la sala.

El café era modesto, dividido en dos espacios.

Donde ellas estaban, la sala más pequeña, tenía paredes de piedra oscura, lisas pero con formas irregulares, que le daban un aire rústico.

Las vigas de madera lucían pulidas, y el suelo de piedra fría parecía inmutable ante el paso del tiempo.

Las mesitas bajas, acompañadas de sencillas sillas de madera, estaban adornadas con pequeños jarrones de latón que contenían flores silvestres, añadiendo un toque de calidez.

Desde su asiento, Kimbra vio a lo lejos las puertas de la sala más grande, intuyendo que allí debían estar las cocinas y los aseos, aunque no podía asegurarlo.

Rubí rompió el silencio.

—Tendrás que probártelo. Estoy segura de que es tu talla, pero nunca se sabe.

Kimbra se volvió hacia Rubí, algo desorientada por el repentino cambio en la conversación.

—¿Disculpa? —preguntó, sin haber procesado del todo sus palabras.

Rubí, ya con el vestido en la mano, giró sobre los talones mientras empezaba a descordonarlo.

—Que te desnudes. Necesitamos ver si te queda bien. No pensarás que vas a ir al sector medio vestida como una pordiosera, ¿verdad?

Kimbra miró su propio vestido ocre, gastado y sin forma, y luego su reflejo en el cristal de la ventana.

Se examinó desde varios ángulos, dándose cuenta de lo desaliñada que se veía en comparación con Rubí.

Justo cuando pensaba en lo mal que quedaría en el sector medio, Rubí cerró las cortinas de golpe, cortándole el acceso a su propia imagen.

—Ni lo pienses —dijo Rubí, con un tono que no admitía réplica—. Con esa ropa apenas te dejarán entrar en una taberna. Necesitamos que te veas... apropiada.

Con un empujón suave, Rubí la instó a desvestirse.

Kimbra sintió cómo sus manos, rápidas y eficaces, la ayudaban a desprenderse del vestido.

Cuando el nuevo vestido azul comenzó a ajustarse a su cuerpo, la presión del tejido grueso se hizo evidente, envolviendo su abdomen y su pecho.

Aunque Kimbra no tenía un busto prominente, la forma del escote sugirió lo contrario.

El vestido hacía que sus pechos se vieran más presentes de lo que jamás habría imaginado.

—¿No tienes algo menos... escotado? ¿Y tal vez menos ajustado? —preguntó Kimbra, incómoda por la repentina transformación de su figura .

Rubí soltó un suspiro, apretando el lazo final del vestido con precisión.

—La moda es lo que es. Cuando te integres más, te acostumbrarás al corsé. Por ahora, esto servirá.

Se adelantó a Kimbra y, sin miramientos, arrojó su viejo vestido ocre sobre una silla antes de volver a ella.

Con ambas manos, apretó los lados del corsé justo debajo de los pechos, empujándolos hacia arriba.

Kimbra, con los ojos abiertos como platos, observó cómo su escote se acentuaba aún más de manera innecesaria.

—El escote no es negociable, gatita —continuó Rubí, con una sonrisa burlona—. Es lo que más demandan los hombres. Si recurres al armario de una puta, es lo que hay.

Kimbra siguió a Rubí a la otra sala, donde las conversaciones de varias mujeres tomando té se detuvieron momentáneamente para apreciar su nuevo atuendo.

Sus ojos recorrieron a la muchacha con aprobación, los murmullos reiniciaron una vez que ella pasó de largo.

Rubí la llevó hasta una puerta que daba a un aseo, donde había un espejo desmejorado, pero suficientemente grande para que Kimbra pudiera ver su reflejo completo.

Kimbra se miró, boquiabierta.

—De acuerdo, es espectacular.

El vestido constaba de varias piezas, todas diseñadas para realzar la elegancia natural de aquella que lo llevara.

El corpiño se ajustaba a su torso con firmeza, realzando su figura de manera inesperada.

Cada movimiento hacía que las suaves ondas de la falda acariciaran sus piernas, creando un efecto hipnótico.

Todo el vestido era de un penetrante color azul, tan profundo y vibrante que parecía capturar la luz a su alrededor. Ese color hacía que resaltaran los brillos dorados de sus ojos castaños, haciendo que su mirada fuera aún más intensa y magnética.

—Desde luego, sabéis lo que hacéis —murmuró Kimbra, ajustándose un rizo que caía sobre su hombro en contraste con el vestido.

Rubí sonrió con satisfacción .

—Te queda como un guante. Tendremos que elegir un par de vestidos más para que puedas ir alternando, pero recuerda: tendrás que devolverlos. Así que trátalos bien.

Kimbra asintió, aún fascinada por su propio reflejo, incapaz de apartar la vista del espejo.

—Venga, cámbiate —dijo Rubí con un tono práctico—, y seguimos hablando.

Kimbra se giró hacia Rubí, alarmada.

—¿Ya? Déjame disfrutarlo un poco más... Hace mucho que no me veo así. Se siente bien... aunque parece que mis pechos se van a escapar por el escote.

Rubí refunfuñó suavemente, pero no pudo ocultar una sonrisa divertida.

—No te encariñes demasiado —respondió mientras la arrastraba de vuelta a la sala más pequeña, cerrando la puerta tras ellas.