Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 3 #2
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CAP 3 #2

Salió del hostal y comenzó a caminar por las estrechas calles mal adoquinadas, se dirigió al segundo mercado del pueblo, y pudo ver que los puestos estaban abriendo de nuevo tras el descanso del almuerzo.

Ese mercado estaba destinado más a utensilios del hogar, decoración, herramientas y esas cosas.

El bullicio de la gente y el aroma de especias, flores secas, velas y jabones la guiaban.

Mientras avanzaba, se cruzó con una joven que llevaba una cesta llena de flores secas y decidió preguntarle.

—Disculpa, ¿sabes cómo llegar al puerto?

La joven sonrió amablemente y señaló hacia el otro lado del mercado.

—Sigue esa calle hasta el final y luego gira a la izquierda. No tiene pérdida, verás los mástiles de los barcos desde lejos.

Kimbra siguió las indicaciones, disfrutando del ambiente vivo de la ciudad. Al girar en la esquina, el ruido de las olas y las gaviotas empezó a hacerse más fuerte. Los mástiles de los barcos comenzaron a aparecer en el horizonte, como había dicho la joven.

Aceleró el paso, intrigada por lo que podría encontrar. Al llegar, le recibió una vista impresionante: barcos de todos los tamaños y colores atracados en el muelle, lacustres cargaban y descargaban mercancías y comerciantes regateaban enérgicamente. El puerto estaba lleno de vida.

Era la primera vez que se fijaba en el lago de día, y desde luego lo que tenía enfrente, no era un lago. Kimbra lo habría catalogado como un mar. Toda la ciudad, los tres sectores, se extendían con al menos una parte desembocando en las aguas, y al otro lado… Kimbra no veía fin.

—¿Por qué lo llaman lago?

Caminando por el muelle, Kimbra observó a un grupo de niños jugando cerca del agua, persiguiéndose entre las cuerdas y las cajas de mercancías. Uno de ellos tropezó y estuvo a punto de caer al agua, pero un lacustre lo atrapó justo a tiempo, que arrancó una carcajada a todos los presentes .

Los edificios en el puerto parecían ser los que más atenciones y mimos tenían.

Todas las ventanas estaban intactas, los tejados parecían tener todas las tejas y las puertas, muchas de ellas abiertas aunque se tratasen de hogares particulares, parecían encajar perfectamente en sus marcos.

Era una buena zona, que transmitía confianza y prosperidad.

Kimbra siguió explorando el puerto, dejándose llevar por la energía vibrante del lugar.

El bullicio de los comerciantes regateando, los gritos de los pescadores orgullosos de sus capturas y el constante movimiento la envolvieron.

Era como si la ciudad misma respirara a través de sus comercios.

El aire estaba cargado de aromas intensos, algunos agradables, como el frescor del agua, y otros más crudos, como el penetrante olor del pescado recién traído del lago.

Al final del puerto, casi en la unión con la desembocadura del río, descubrió el mercado de pescado.

Estaba cubierto por grandes lonas que apenas lograban proteger del sol abrasador del mediodía.

El lugar era un caos ordenado: puestos repletos de criaturas acuáticas exóticas, gritos de pescadores intentando vender sus capturas, y el inconfundible aroma salado que lo impregnaba todo.

Los ojos de Kimbra se detuvieron en criaturas que nunca había visto: serpientes con aletas y sapos del tamaño de perros pequeños, yacían apilados en cubos.

Un carraspeo detrás de ella la sacó de su asombro.

Se giró rápidamente, alarmada, y sus ojos se encontraron con una joven que observaba con desinterés un puesto cercano.

Tenía el pelo dorado y corto, y sus ojos color caramelo brillaban con una calma inquietante.

Su piel, bañada por el sol, era impecable.

Dos pequeñas perlas engarzadas en oro colgaban de sus orejas, reluciendo con una elegancia sutil y misteriosa.

—Rubí quiere verte. Te espera en el mercado del hogar. No tardes —dijo la joven sin mirarla directamente, su voz fue apenas un susurro.

Kimbra parpadeó, sorprendida por la rapidez y discreción del encuentro. Cuando volvió a buscarla con la mirada, la joven ya se había desvanecido entre los puestos, como si nunca hubiera estado allí. Decidida, Kimbra no perdió más tiempo y se encaminó al otro mercado.

Al llegar, encontró a Rubí fácilmente. Estaba junto a una costurera, remendando un vestido azul profundo. Rubí, despreocupada, tocaba los tejidos colgados de un burro cercano, evaluándolos con ojo crítico. Kimbra se acercó, carraspeando para llamar su atención.

—¡Ah, aquí estás! —dijo Rubí sin apenas volverse, con una sonrisa—. Menos mal, tenía que traerle este vestido a Lourdes para que arreglara el bajo. No he perdido el tiempo.

Rubí llevaba un precioso vestido verde botella, ajustado y con un escote pronunciado que dejaba poco a la imaginación. Los hombres que pasaban lanzaban miradas discretas, aunque ninguna se dirigía a las joyas que colgaban de su cuello.

Kimbra, en cambio, no podía apartar los ojos de esos rubíes. El collar engarzado brillaba con una intensidad peculiar bajo la luz, como si las piedras tuvieran vida propia. Algo en ellas captaba su atención de forma hipnótica.

—Tranquila, nadie nota nada... —susurró Rubí, mientras envolvía el vestido en un fardo de algodón y empezaba a andar—. Me parece adorable que te preocupes tanto por mis joyas, pero créeme, aquí nadie es capaz de darse cuenta de lo que realmente son. Lo que me sorprende es que tú sí lo hagas.

Kimbra frunció el ceño, la incomodidad se transformó en curiosidad.

—¿Perdona? No sé qué tipo de ladrones o rateros tenéis aquí, pero esos rubíes... podrían alimentar a todo el barrio por años. ¿Cómo es que nadie ha intentado robarlos?

En un giro de la calle, en la que no pasaba nadie, Kimbra se detuvo delante de la mujer ante la evidente forma que tenía de ignorarla.

—Explícamelo. Los engarces de oro son exquisitos, no es posible que nadie haya intentado robar nunca una de vuestras joyas. ¡Incluso si fueran una imitación son tan reales que valdrían una fortuna! Con una imitación así se podría estafar hasta al mismísimo Emperador .

Rubí la miró de reojo, una sonrisa enigmática apareció en su rostro. Caminó, y Kimbra la siguió por un estrecho callejón. Cuando estuvieron lejos del bullicio de las calles principales, Rubí se detuvo, girándose de golpe para enfrentarla.

—Te estás pasando de lista Kimbra. No han intentado robarlas, porque no pueden —respondió con calma—. Las piedras están imbuidas de magia.

Kimbra se quedó sin palabras, sorprendida por la respuesta directa. Abrió la boca para replicar, pero las palabras no salieron. Rubí, divertida, continuó hablando, bajando el tono para asegurarse de que nadie más pudiera oírle.

—Me caes bien, Kimbra, así que te contaré un pequeño secreto.

Nosotras, las de la Hermandad, llevamos joyas como estas desde hace generaciones.

No somos solo prostitutas; muchas son las hijas y nietas de las fundadoras.

—Avanzó de nuevo, y Kimbra la siguió, aún asimilando la información—.

¿Sabes qué llega a los mercados antes que las mercancías?

El sexo. Los hombres celebran sus éxitos con una copa y un polvo, y ahí entramos nosotras. Pero no estamos indefensas.

Rubí hizo una pausa, evaluando la reacción de Kimbra. Se detuvieron frente a un pequeño café, oscuro y casi vacío. Rubí la guió hacia una sala privada en la parte trasera.

—¿Sabes cómo se rellena una piedra de energía?

—continuó Rubí, sentándose—. Con un maestro elemental.

Las joyas que llevamos no son solo adornos, están encantadas.

Nos protegen. Nos camuflan. Aquí, en el barrio pobre, parecemos simples prostitutas, pero la verdad es que ninguna de nosotras necesita depender de la caridad de los hombres de aquí.

Kimbra sintió un escalofrío. Todo comenzaba a tener sentido. Las miradas, la forma en que los hombres parecían ignorar las joyas, y ese brillo casi sobrenatural de los rubíes.

—¿Por qué vivís aquí entonces? —preguntó Kimbra—. Podríais tener lujos en el barrio más rico, con esas piedras podríais... —Rubí la interrumpió con un gesto .

—Porque este es nuestro hogar. La Hermandad nació aquí, y los lazos de sangre que compartimos con este lugar no se rompen tan fácilmente. Tenemos pasadizos, contactos, todo lo que necesitamos. Aquí, entre los rateros, estamos más seguras que en cualquier otra parte.

Kimbra asintió lentamente, su mente aún procesaba todo lo que acababa de oír.

—La cuestión es —dijo Rubí, mirándola con curiosidad—, ¿por qué a ti no te afecta la magia de las piedras? Me gustaría saberlo.

Kimbra sabía la respuesta, pero no podía compartirla con ella.

—Quizá... al ser de fuera del Imperio, no me afectan de la misma manera. —Su voz sonó insegura, incluso para ella misma.

Rubí no parecía convencida. Se levantó y salió un momento para pedir dos copas de vino. Cuando regresó, se sentaron en una mesa pequeña, lejos de la ventana. Rubí la observó con detenimiento mientras bebía.

—Curioso —murmuró Rubí—. ¿Por qué crees que ser de fuera del Imperio te hace especial?

Kimbra le dio un sorbo al vino, delicioso y dulce, perfecto para calmar los nervios.  No sabía que vino escogía siempre Rubí, pero desde luego podría convertirse también en su favorito.

—De donde vengo, se dice que el Imperio está construido sobre tierras corrompidas. La magia, la sangre derramada, los espíritus... Todo lo que ocurrió aquí dejó una marca. No sé si para bien o para mal.