CAP 3
Kimbra se apartó de ella con un manotazo, evitando que Rubí la tocara. Se sintió avergonzada pues la ubicación del Mercado Negro no era tan secreta como ella había imaginado.
—No lo sé, yo pensaba…— comenzó Kimbra, incómoda.
—No, no pensaste lo suficiente ¿Cómo has llegado hasta aquí sin investigar primero?— interrumpió Rubí con firmeza, cruzándose los brazos.
Kimbra tragó saliva.
—De donde yo vengo no hay esa información.
Unos amigos me encontraron huyendo de mi antiguo hogar.
Todo había sido reducido a cenizas, apenas conseguí salir de allí con vida— Los ojos se tornaron borrosos mientras miró al pasado—.
Nos encontramos por pura casualidad. Elyra siempre ha sido muy inteligente y astuta, supo de inmediato que teníamos algo en común.
Un objetivo. Nuestros Originales se nos aparecieron en sueños y nos encomendaron una misión para que regresaran entre nosotros.
No tenemos casi nada, somos nómadas. Yo he venido aquí y ellos dos se han ido a otras dos ciudades diferentes en busca de información. Mythees y Agarthees.
Rubí levantó una ceja, escéptica.
—¿Vuestros Originales? —preguntó, su tono estaba dividido entre la duda y la curiosidad.
Kimbra evitó mirarla
—Es largo de explicar…
—Oh, ya imagino... —dijo Rubí, con un deje de sarcasmo—. Entonces, estáis buscando información en tres de las cinco Thees. Curioso. —La miró intensamente—. Pero, ¿por qué confías tanto en contarme algo así?
Kimbra la miró desconcertada.
—¿Por qué no iba a hacerlo?
Rubí soltó una carcajada breve, amargada.
—Estás bromeando, ¿verdad? Los Originales eran déspotas y vanidosos. Semidioses que casi destruyeron el mundo.
Kimbra frunció el ceño, confundida.
—Eso no es cierto. Fueron los antepasados del Emperador, los Tres Rojos, quienes corrompieron a los dragones y empezaron la guerra por ambición de poder.
Rubí se quedó callada, observándola en silencio. Kimbra sintió cómo el peso de sus palabras cayó entre ellas, aumentando la tensión.
—No perteneces al Imperio, ¿verdad? —Rubí rompió el silencio de forma abrupta, su voz contenía algo más que curiosidad.
Kimbra se apoyó en la pared, sintiendo un escalofrío que recorrió su espalda. Se había descubierto demasiado. Si Rubí la delataba, el Emperador la haría desaparecer.
—Yo…
—Dime cómo es tu versión de la Historia —pidió Rubí, su voz se tornó mucho más seria.
Kimbra respiró hondo, intentando calmar sus pensamientos. Habló lentamente, relatando lo poco que sabía, cómo el Imperio fue formado tras las masacres cometidas por los Tres Rojos. Rubí la escuchó en silencio, sus ojos se entrecerraron con cada detalle que Kimbra compartía.
Cuando Kimbra terminó, el silencio se hizo aún más denso. Rubí se cruzó de brazos, su mirada fija en el suelo, perdida en pensamientos profundos.
—Siempre he pensado que el Emperador es un embustero... —dijo Rubí lentamente, casi para sí misma—. La segregación, las prohibiciones, todo ese control. Pero... esto...
—Entonces… ¿Me crees? —preguntó Kimbra, esperanzada.
Rubí alzó la vista, clavando sus ojos en los de Kimbra.
—En nuestra historia se acusaba al Dragón Azul de embaucar a sus propios dragones para masacrar a toda la humanidad, solo por el placer del sabor de la carne quemada y el aroma de la descomposición y se acusa al Ciervo Sauce de destripar con su cornamenta a niños y mujeres, por envidia, pues había perdido él el don de entregar y crear vida… Nunca tuvo sentido.
Ambas se sumieron en un incómodo silencio. Kimbra, ansiosa, no supo qué añadir. Rubí parecía procesar todo lo que acababa de oír. Finalmente, suspiró y se encogió de hombros.
—Te ayudaré, pero no será fácil. No seré yo quien te lleve al Mercado Negro.
Kimbra sintió cómo su corazón se hundía. Había esperado más.
—¿Qué debo hacer entonces? —preguntó, su voz apenas disimuló la decepción que sentía.
—Tendrás que infiltrarte en el barrio medio. Conseguir un trabajo, ganarte la confianza de la gente adecuada... y entonces podremos hablar.
—Eso puede tomar meses... —se quejó Kimbra.
—¿Qué esperabas? —Rubí la interrumpió, sin perder su tono cortante—. No sé quién eres, Kimbra. No voy a arriesgar mi reputación, ni mi pellejo, por alguien que apenas conozco. Hablaremos mañana con más calma y planificaremos los pasos. Descansa y recupera fuerzas, las vas a necesitar .
Al día siguiente Kimbra decidió empezar la mañana con un baño, no había concretado cómo se iban a ver Rubí y ella, por lo que esperó encontrarla refrescándose. Parecía una mujer de baños matutinos para empezar bien el día.
Pero no la encontró allí.
Kimbra observó el baño con cautela. Las mujeres se sumergían en las aguas frescas, ajenas a su presencia. El vapor envolvía el ambiente, creando un velo que desdibujaba las siluetas. Se sentó en el borde de una bañera fría, dejando que sus pies tocaran el agua.
Entonces la vio.
La prostituta del mercado, caminaba con paso decidido hacia una de las bañeras calientes. Su cabello trenzado estaba recogido en un paño fino, y su piel, libre de joyas, brillaba bajo la luz tenue. Kimbra sintió un nudo en el estómago al verla sumergirse sin siquiera mirarla.
Tomando una respiración profunda, Kimbra decidió acercarse. Había algo en ella que la inquietaba, algo que no podía definir.
—Buenos días —saludó Kimbra, con más cautela de la que pretendía.
La mujer levantó la vista, una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios. Su mirada recorrió a Kimbra de arriba abajo con una mezcla de burla y curiosidad.
—Vaya, vaya... gatita, qué sorpresa —respondió con una voz aterciopelada, mientras se frotaba con un jabón de caramelo y violetas—. Pensé que no volvería a verte. Y mírate ahora... limpia.
Kimbra sintió un nudo en el estómago y se sentó al borde de la bañera, pero el agua caliente solo aumentó su incomodidad.. Había algo en esa mujer que la incomodaba y le hacía sentirse como un ratón arrinconado ante la mirada dorada de un felino.
—Mi nombre es Kimbra, en realidad —dijo, intentando mantener la compostura.
La mujer soltó una risa suave, casi despectiva .
—Oh, lo sé— la mujer alzó una mano como si Kimbra se la fuese a besar—. Esmeralda. Pero “gatita” te queda mejor... más apropiado para lo que eres.
Kimbra sintió una punzada en el pecho. Había algo en la manera en que Esmeralda pronunciaba “gatita” que la hacía sentirse pequeña, como si no fuera más que un juguete para ella.
Esmeralda se acercó lentamente, sus brazos se cruzaron sobre las rodillas de Kimbra, haciendo que el contacto entre ambas fuera inevitable. El calor del agua y el cuerpo de Esmeralda la hicieron sudar.
—No suelo trabajar con mujeres, pero por ti, podría hacer una excepción —dijo Esmeralda, su voz se volvió un susurro que pretendía ser tentador.
Kimbra retrocedió de inmediato, su piel se erizó por el contacto y la insinuación. El calor del agua se volvió sofocante.
—No, gracias —respondió, apresurándose a sacar los pies de la bañera.
El rostro de Esmeralda cambió, solo por un instante. Aunque mantenía su sonrisa afilada, algo más oscuro se asomó detrás de sus ojos.
—Busco a Rubí —añadió Kimbra, tratando de desviar la conversación.
Esmeralda se relajó nuevamente y volvió a concentrarse en lavarse, ignorándola como si ya no importara. Justo cuando Kimbra pensaba que no iba a responder, la mujer habló.
—Ya nos contó anoche algo de vuestra interesante conversación —dijo Esmeralda sin volverse—. Rubí está ocupada por las mañanas... No volverá hasta después del almuerzo.
Kimbra se sintió observada, aunque Esmeralda no la miraba directamente. Había algo en la forma en que lo decía que parecía un reto, una prueba.
—¿Qué esperabas encontrar aquí? —continuó Esmeralda, sin darle tregua—. Deberías saber que las cambiadizas no tienen permitido usar estos baños.
Kimbra frunció el ceño, confundida.
—¿Cambiadizas ?
Esmeralda se giró por fin, sus ojos dorados brillaron con malicia.
—¿No lo sabías? —Una risa aguda salió de su garganta—. Ay, gatita... tan ingenua. Las cambiadizas tienen sus propios baños, en otro lugar. Este no es para ellas.
Kimbra sintió un escalofrío en la espalda. El término “cambiadiza” le era desconocido, pero el tono de Esmeralda lo hacía sonar como una condena, despectivo.
Antes de que pudiera decir algo más, Esmeralda salió del agua, secándose con una tranquilidad casi irritante, mientras la sonrisa burlona se mantuvo en su rostro. Kimbra la observó marcharse, sin saber si debía seguir preguntando o dejar el asunto.
El silencio que quedó tras la partida de Esmeralda era abrumador. Kimbra miró el agua, tratando de asimilar lo que acababa de pasar. Los murmullos de las mujeres a su alrededor se reanudaron como si nada hubiera ocurrido.
Había algo más detrás de esas palabras, algo que Kimbra no alcanzaba a comprender del todo, pero que la inquietaba profundamente.
Allí de donde ella venía había leyendas urbanas sobre la gente verde, secuestraban a niños para dárselos de comer a su árbol primigenio, y en su lugar dejaban a otros que siempre andaban enfermos y medio verduzcos, que eran conocidos como “niños cambiados”.
Le parecía raro, pero Rubí no parecía enferma, y su piel desde luego no era verduzca…
Ya de mayor Kimbra tampoco pensaba que ese cuento fuese real, sino que se trataba de una historia para asustar a los niños y que estos no anduviesen lejos de las casas.
Pasó el almuerzo y Kimbra, cansada de esperar sin hacer nada y sin tener señales de Rubí, decidió salir a explorar la ciudad. Recordó al mercader que le había mencionado un puerto, así que decidió ir a buscarlo.