CAP 2 #3
—Olvidarlo... claro. —La sonrisa de la adivina se ensanchó, pero había algo oscuro en sus ojos—. Nos reiremos de esto, créeme... muy pronto.
Kimbra sintió un escalofrío recorrer su columna. No sabía si la adivina hablaba en serio o si simplemente disfrutaba asustándola, pero el miedo se instaló en su pecho. Salió del local con pasos rápidos, deseando dejar esa extraña presencia detrás.
Rubí se encontraba cerca de la puerta, contemplaba su reflejo en una de las ventanas acicalándose y colocándose la melena, la cual ya se encontraba perfecta de por sí.
—¿Cómo ha ido? — Le preguntó la mujer sin dejar de mirarse en el reflejo de la ventana.
Kimbra suspiró tranquila y dejó caer los hombros, no había notado lo tensa que estaba hasta ese momento.
—Bien, me ha dicho que lo olvide, que nos reiremos de esto en el futuro— Rubí detuvo de golpe su acicalamiento y miró directamente a Kimbra con una sombra en los ojos. Parecía estar pensando en algo— ¿Pasa algo?
La mujer volvió la vista a la ventana, con gesto grave. Pero esta vez no miraba a su reflejo, sino que su mirada iba más allá, intentando atravesar las espesas cortinas y llegar al reservado.
—Nada… Vámonos.
Kimbra reconoció una de las calles que conducían de vuelta al hostal, pero Rubí no se detuvo.
Avanzó con pasos decididos, dejando la zona atrás.
Kimbra la siguió, intrigada y cada vez más ansiosa.
Se adentraron en el paseo que bordeaba el lago, donde las casas, con las ventanas clausuradas y los tejados caídos, parecían espectros de otro tiempo.
La muralla que dividía el barrio rico del pobre se alzaba en la distancia, y en medio del río, el solitario soporte de un puente desgastado conectaba ambas orillas, pero nunca los dos mundos.
Rubí se detuvo, apoyándose contra el muro con una elegancia despreocupada, mientras su melena oscura era acariciada por la brisa que venía del lago. Kimbra se acercó, dudando un segundo antes de hablar.
—Necesito encontrar el Mercado Negro —dijo, sin rodeos.
Rubí arqueó las cejas, sorprendida por la franqueza de la petición. Se cruzó de brazos y la estudió de arriba abajo.
—¿El Mercado Negro? —repitió, con una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. No es un lugar para los ingenuos, gatita. Un paso en falso y podrías perder más que tu vida. —Dejó que la advertencia flotara en el aire contrastando con su voz suave y profunda.
Kimbra se tensó. Ya había cometido errores, ¿y si este era uno más?
—¿Puedo preguntar qué es lo que buscas en un lugar como ese? —continuó Rubí, acercándose un poco más.
Kimbra miró el reflejo del lago, evaluando cuánto podía confiar en ella.
—Busco algo... o alguien. Es difícil de explicar. Es una sombra del pasado, la esencia de una vida que ya no existe. Algo relacionado con los Originales.
Al escuchar esa palabra, el rostro de Rubí cambió. La despreocupación desapareció de inmediato, reemplazada por una expresión de gravedad. Se enderezó y sus ojos se afilaron.
—Los Originales... —murmuró, inclinándose hacia Kimbra, su voz se volvió apenas un susurro—.
No deberías mencionar esos nombres a la ligera.
El Imperio no es amable con quienes buscan rastros de los Originales.
¿Qué te hace pensar que encontrarás algo relacionado con ellos aquí?
El Emperador tiene ojos y oídos en todas partes, y el Mercado Negro no es una excepción... al menos, no del todo.
Kimbra suspiró cansada y miró al cielo .
—No sé si encontraré lo que busco, pero... necesito información. Quizás algunos libros antiguos, algo que arroje luz sobre ello. Incluso algo que me permita acceder a la Gran Biblioteca.
Rubí la observó detenidamente, su mirada se endureció. Luego, de repente, sonrió.
—¿La Gran Biblioteca? —repitió, divertida e intrigada a la vez—. ¿Por eso robaste las ropas de un estudioso?
Kimbra se quedó helada.
—¿Qué?
Rubí se rio de forma suave pero llena de burla.
—¿De verdad pensabas que nadie lo notaría?
Robaste las ropas de un hombre, un simple estudiante en prácticas.
Y además, era más bajo que tú. —Al ver la expresión de Kimbra, Rubí continuó—.
Los hombres inteligentes no son tan listos como piensan.
Vienen a nosotras, creyendo que pueden enseñarnos el mundo, pero cuando se corren, apenas les importa lo que dicen.
No se dan cuenta de nada, ni siquiera de lo que pasa frente a sus narices.
Y si tienes la habilidad suficiente, puedes sacarles algo más que placer.
Kimbra bajó la vista, sus manos temblaban levemente sobre el muro. Rubí hablaba con tal naturalidad sobre su trabajo, como si describiera una rutina diaria.
—Por cierto —dijo Kimbra, cambiando de tema—, me llamo Kimbra.
Una sonrisa traviesa iluminó el rostro de la mujer.
—¿Y qué te hace pensar que no lo sabía ya?
Kimbra frunció el ceño.
—No he revelado mi nombre a nadie.
—Lo sé —dijo Rubí, acercándose lo suficiente como para que sus palabras fueran un susurro—. Pero es más divertido que pienses que sé más de lo que crees, ¿no? ¿Qué prefieres, que sea todopoderosa o que simplemente no me importe lo que hagas o cómo te llames?
Kimbra no pudo evitar sonreír ante su respuesta.
—Lo que no entiendo —continuó Rubí, con un ceño fruncido— es por qué te has instalado en esta zona. Llegaste bien vestida, más o menos. Es obvio que recibiste una buena educación, y tienes suficiente dinero para sobrevivir cómodamente en la zona media. ¿Qué haces aquí, Kimbra?
Kimbra la miró, confundida.
—Te lo acabo de decir, necesito encontrar el Mercado Negro. —Su voz era baja, pero firme. No solo buscaba información, buscaba respuestas.
Rubí la estudió en silencio durante un largo momento, como si evaluara cada palabra que había dicho. Luego, poco a poco, una sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
—Kimbra... ¿De verdad pensaste que el Mercado Negro más grande del Imperio, el que se burla del Emperador al vender productos prohibidos frente a sus propios ojos, estaría en un lugar como este?
—Rubí puso ambas manos en los hombros de Kimbra, inclinándose hacia ella—.
Esto es un nido de ratas, lleno de muertos de hambre.
El verdadero Mercado Negro está mucho más allá de estas ruinas.
Y si quieres entrar, vas a necesitar algo más que la ropa de un estudioso robada.