CAP 1 #3
El mercader se animó de inmediato, señalando con orgullo su mercancía.
—Todo hecho en casa. Panecillos rellenos de especias locales, bollitos dulces con un toque especial que no encontrarás en otro lugar —dijo, bajando la voz como si compartiera un secreto—. Y no te diré cuál es ese toque. La competencia anda al acecho.
Kimbra sonrió, cogiendo un par de panecillos al azar, demasiado hambrienta para preocuparse por los ingredientes.
—Parecen deliciosos. —Le dio un mordisco, saboreando el pan antes de continuar—. He llegado temprano a la ciudad. Venía a reunirme con un primo para buscar trabajo, pero aún faltan unos días para que nos veamos. ¿Qué debería conocer de Northees Brinon?
El mercader, que hasta entonces había estado relajado, alzó una mano para cubrirse del sol y le lanzó una mirada cautelosa.
—¿Buscando trabajo, eh? —Su tono se volvió algo más duro—. No es fácil moverse entre ciudades... ¿Qué te trae hasta aquí?
Kimbra, rápida para corregir su error, inclinó la cabeza ligeramente, dejando que el dolor en su voz fuera genuino.
—Un incendio. Arrasó mi pueblo y me dejó sin familia —dijo, sintiendo la verdad en cada palabra—. Un amigo de la familia habló con el alcalde, y él organizó todo para que viniera aquí con mi único pariente.
El mercader, que había comenzado a fruncir el ceño, se relajó al escuchar la historia. Le metió dos panecillos más en las manos abochornado.
—¡Oh, muchacha! Qué tragedia… Toma, esto es lo mínimo que puedo hacer —dijo, sacudiendo la cabeza—. No se escucha algo así todos los días.
Kimbra aprovechó la oportunidad para cambiar de tema.
—Gracias. —Guardó los panecillos y le lanzó una mirada interesada—. ¿Y qué puedo ver en esta ciudad mientras espero? Me dijeron que el centro es bonito.
El mercader suspiró, señalando en dirección al río.
—Todo lo interesante está al otro lado. Los parques, las plazas, los edificios más impresionantes. Pero te aconsejo tomar una barca desde el puerto, al sur. Las puertas hacia el centro están siempre cerradas para los de aquí abajo.
Kimbra asintió, tomando nota mentalmente.
—Interesante. Gracias por el consejo.
El mercader, sin embargo, se inclinó un poco más hacia ella, su expresión cambió a una de mayor seriedad.
—Un consejo más, joven —murmuró, mirando a su alrededor como si no quisiera que lo escucharan—. Los guardias no son lo peor de esta ciudad. Ten cuidado a quién le haces preguntas, especialmente en Delta Bajo. No todos son tan amables como yo.
Kimbra sintió un leve escalofrío recorriéndole la espalda. Las palabras del mercader eran claras, pero el peligro al que se refería seguía siendo un misterio.
—Gracias, lo tendré en cuenta —respondió, intentando no parecer demasiado afectada.
—Pero mira, de las putas te puedes fiar. Son buena gente— el anciano se carcajeó—, pero que no te vean en su compañía, o pensarán que eres una de ellas. Están por todas partes, son como nuestra mafia de putillas .
Con una risilla se alejó de ella y atendió a otra persona que se acercó al puesto, y a Kimbra le vino a la cabeza el garabato de Kael.
Tuvo una idea. Las prostitutas solían ser personas que conocían, o atendían, a muchos hombres influyentes o con dinero, estuviesen en la ciudad que estuviesen, fuese el país que fuese, siempre se repetía la misma dinámica.
Kimbra pensó que tendría sentido que fuesen unas de las personas más informadas de toda la ciudad. Ella sospechaba que ya había conocido a una, a lo mejor podría acercarse a ella y sacar la información que necesitaba.
Kimbra recorrió la plaza con la mirada, buscando algún indicio que la guiara. No necesitó mucho pues un destello verde la detuvo.
Unos pendientes de esmeraldas engarzadas brillaron bajo la luz del mercado.
Los llevaba una mujer de piel clara y porte elegante, cuyo vestido crudo y ajustado resaltaba cada curva con precisión calculada.
Nadie parecía prestarle demasiada atención, pero Kimbra supo al instante que esa era la mujer que necesitaba.
Se acercó, moviéndose con cuidado entre la gente, hasta situarse a su lado en un puesto de flores. La mujer, con el cabello negro recogido en una tirante coleta baja, examinaba las flores con calma, eligiendo rosas y claveles sin levantar la mirada.
—Buenos días, señorita, ¿en qué la puedo ayudar? —dijo la mercader desde el otro lado del puesto.
Kimbra apenas la escuchó. Fingiendo interés en las flores, respondió con voz casual:
—Estoy buscando algo para perfumar un cuarto. Me acabo de instalar en un hostal que huele bastante mal... ¿Qué me recomienda?
Antes de que la mercader pudiera responder, la mujer a su lado intervino, su voz era baja y controlada, como si estuviera dando una orden:
—Llévate lirios. Y romero con menta. —Levantó la vista, sus ojos dorados brillaron con un destello astuto mientras recorría a Kimbra de arriba a abajo—. Vaya, vaya... la gatita perdida .
El corazón de Kimbra dio un vuelco. La mercader frunció el ceño, confundida, pero la mujer con las esmeraldas la miró como si supiera exactamente quién era.
—Rubí no se equivocaba... —dijo, comenzando a caminar lentamente alrededor de Kimbra, observándola con una sonrisa curiosa—.
Alta, esbelta... aunque algo musculada. Pelo rizado, oscuro y cuidado.
Piel brillante. —Se detuvo, inclinando la cabeza hacia un lado—.
Y el olor... olor a vagabundo, de alguien que ha pasado demasiado tiempo en los caminos. Si, hueles a hostal barato.
Kimbra mantuvo su expresión neutral, pero sus pensamientos fueron a mil por hora. Fingió examinar un ramo de menta, mientras la mercader se apartaba disimuladamente, incomoda por la tensión.
—¿Tan famosa soy en la ciudad? —dijo Kimbra, forzando una sonrisa.
La mujer soltó una carcajada suave, pero afilada, que atrajo la mirada de varios transeúntes. Se acercó a Kimbra y, sin dejar de sonreír, le entregó una rosa.
—No famosa. Pero Rubí tiene buen ojo para las nuevas adquisiciones. Dijo que eras especial... en más de un sentido.
Kimbra tomó la rosa, sintiendo el peso de la mirada de la mujer. Había algo peligroso en ella, algo que no encajaba con su apariencia elegante.
La mujer lanzó un par de monedas a la mercader, que las atrapó al vuelo, y se volvió a Kimbra, inclinándose un poco más hacia ella.
—Un consejo, gatita. Northees Brinon no es amable con las forasteras. Mantente alerta... o podrías acabar como parte del paisaje.
Sin más, se giró, caminando con una seguridad que irradiaba poder, dejándola sola con la rosa en la mano y una advertencia que se clavó en su mente.
Kimbra miró la flor de su mano, la dejó entre los cestos y se alejó también del puesto en dirección contraria a la mujer.
Nunca pensó que el garabato de Kael le diese la clave para empezar en serio su cometido. Pero en una ciudad como Brinon, todo era posible...