Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 1 #2
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CAP 1 #2

Sintió de repente que podía hacerlo, solo necesitaba desgranar los objetivos, ir poco a poco.

Su búsqueda la iba a llevar a los rincones más oscuros de Northees Brinon, y necesitaba ser cautelosa y minuciosa en la búsqueda del Mercado Negro, el más grande del Imperio, conocido incluso fuera del Imperio por poseer cualquier cosa que se buscara.

Elixires prohibidos, escritos perdidos, corazones de magia heredada, tomos para rituales elementales...

Todo lo que necesitara estaba en el Mercado Negro de Northees Brinon.

Su primer paso sería recopilar información en los puntos concurridos de la zona, escuchar las conversaciones y observar los movimientos de aquellos que pudieran aportar información valiosa para encontrar lo que quería. Pero tras un vistazo rápido a su capa, supo que debía hacer primero.

Miró hacia el cielo. El mercado habría cerrado hace tiempo, por lo que las calles probablemente estarían pobladas sólo por aquellos que frecuentaban tabernas y prostíbulos... era el momento perfecto.

Se asomó por la ventana y pudo ver que había un escobero justo debajo de ella. Posiblemente sería el acceso perfecto para los ladrones, pero también lo era para que ella saliese a escondidas de su habitación.

Cerró tras de sí y protegió la cerradura. Llevaba más de un año practicando con su poder, y sabía que podría recorrer la ciudad entera. Con la protección tan pequeña que acababa de levantar no necesitaría apenas nada de concentración para mantenerla en su sitio .

Cayó sin hacer ruido sobre el suelo y avanzó un poco hacia la calle principal antes de darse cuenta que alguien la observaba. Se detuvo de golpe, alerta.

La figura apareció al final del callejón, alta, voluptuosa y envuelta en sombras, sus rubíes brillaban bajo la tenue luz de las farolas. Cruzada de brazos, observaba a la joven con una sonrisa divertida.

—Vaya, vaya… Gatita —dijo la mujer, su voz profunda resonó como un eco seductor—. ¿Qué hace una chica como tú por aquí? Tengo entendido que los estudiosos se hospedan en la zona media, no en estos... barrios bajos.

Kimbra bajó la mirada, alisando apresuradamente las arrugas de sus pantalones, buscando en su mente una excusa rápida.

—Busco inspiración para una novela —respondió, intentando mantener la voz firme—. Estas zonas tienen historias que contar. No quería ofender a nadie inventando sin conocer.

La mujer arqueó una ceja oscura y dio un paso adelante, estudiándola de pies a cabeza con una mirada afilada. Su sonrisa se ensanchó, pero no había nada amigable en ella.

—Claro... inspiración —su tono goteaba sarcasmo—. Porque nada define más a un escritor como saltar desde un primer piso con botas tan gastadas que ni mis tacones aguantan. Inspirador…

Kimbra se tensó, el aire entre ambas se volvió más denso, cargado de peligro. La mujer caminó lentamente hacia adelante, pero al pasar junto a ella, su voz bajó a un tono más oscuro y meloso.

—Te sugiero que encuentres otra historia, gatita, antes de que llames demasiada atención. —Se detuvo, girando la cabeza apenas lo suficiente para mirarla por encima del hombro—. Hay ciertos... tipos de atenciones que es mejor evitar por aquí.

La advertencia quedó flotando en el aire mientras la mujer desaparecía en las sombras del callejón. Un hombre borracho apareció segundos después, tambaleándose tras ella, pero Kimbra siguió con la mente todavía atrapada en las palabras de la mujer.

—¡Rubí! Esta mujer… — Corrió hasta donde se encontraba Kimbra y se detuvo, fatigado y jadeando—¿Has visto a una mujer? Es alta, preciosa… tiene unas tetas… así mira .

Kimbra, escandalizada, señaló en la dirección en la que la mujer había desaparecido sin decir palabra y el hombre corrió tras esta sin preámbulos.

Kimbra se quedó mirando hacia donde la pareja había desaparecido, sintiéndose aliviada. Rubí no se había tragado el cuento y la intriga por su advertencia le siguió el resto de la noche.

Sacudió la cabeza y se concentró en su objetivo: encontrar ropa más adecuada para mezclarse mejor en las sombras de Northees Brinon.

Caminó por las callejuelas, buscando alguna oportunidad para hacerse con nuevas prendas. Las cuerdas de colgar estaban demasiado altas, y esas estrechas calles apenas le dejaban espacio para maniobrar. Usar su poder ahí la expondría más de lo que podía permitirse.

Al doblar una esquina, encontró un callejón cercado, lleno de ropa colgada al fondo. Un vistazo rápido al letrero junto a la puerta reveló una lavandería. Miró en ambas direcciones antes de extender la mano. Con un leve empujón de su poder, la cerradura cedió con un suave chasquido.

El sonido fue casi imperceptible, pero su corazón latió con fuerza. Cada sombra parecía esconder algo, o a alguien, vigilante. El crujido del suelo bajo sus pies la urgía a moverse rápido. Sabía que, si era descubierta, no habría escapatoria.

Se acercó sigilosamente a las cuerdas y observó las prendas colgadas.

El sonido de un arroyo encubría sus movimientos mientras inspeccionaba sus presas.

Revisó a su alrededor para asegurarse de que nadie la vigilaba y descolgó las prendas seleccionadas, las metió todas en una falda, hizo un bulto echándoselo al hombro y salió por donde había entrado cerrando la puerta tras de sí.

De vuelta en “La Gracia del Emperador”, se aseguró que su puerta continuase cerrada, y comprobó por la ventana asegurándose de que nadie la hubiera seguido.

Revisó las prendas rápidamente; los dos vestidos que había robado eran algo holgados, pero lo suficientemente discretos para su propósito.

La blusa era cómoda, perfecta para pasar desapercibida, al igual que la falda que había usado de fardo.

Guardó toda la ropa entre el colchón y la cama, envuelta en su capa.

El cansancio pesaba en sus hombros mientras se dejó caer sobre el colchón.

Cerró los ojos, permitiendo que la adrenalina del día, y del robo, se desvaneciera lentamente.

Pero los pensamientos sobre lo que le esperaba en Northees Brinon no la dejaban en paz.

El verdadero desafío apenas acababa de comenzar.

A la mañana siguiente, Kimbra se despertó temprano, lista para iniciar su investigación sin llamar la atención. Se vistió rápidamente y se aseguró de que todo estuviera en su lugar, aseguró la ventana antes de salir de la habitación e hizo lo mismo con la puerta.

Bajó las escaleras crujientes y observó la planta baja. Habían colocado un par de mesas envejecidas con sus sillas a juego y algunos de los huéspedes desayunaban algo austero, cada uno inmerso en su propio desayuno. Un carraspeo hizo que se diese la vuelta.

—¿Desayuno? —preguntó el posadero sin levantar la vista del panfleto, con voz monótona—. Leche caliente, pan recién hecho, un poco de queso…

—No, gracias —respondió Kimbra, inclinándose ligeramente hacia el mostrador—. Prefiero ver el mercado, dicen que hay uno interesante aquí cerca. —Sus ojos se detuvieron en el colorido panfleto que el posadero tenía entre las manos—. ¿Qué es eso?

El posadero alzó una ceja y le extendió el panfleto sin decir nada.

Al tomarlo, Kimbra vio los rostros dibujados de varios competidores, con “La Arena ha llegado” resaltando en grandes letras.

Abajo, rezaba una pregunta en letras rojas: “Este año los 5 equipos se enfrentarán a una criatura misteriosa, ¿Qué será?”.

—Ah... —murmuró Kimbra, devolviéndole el papel con una leve sonrisa—. Suena emocionante.

El posadero sonrió por primera vez, como si hubiera encontrado un tema que le interesaba.

—Este año promete. Dicen que los equipos favoritos ya están listos, pero la criatura... esa es la gran incógnita —bajó la voz, como compartiendo un secreto—. He oído rumores, y algunos apuestan a que será algo grande. Quizá un dragón.

—¿Un dragón? No creo que queden muchos vivos —Kimbra levantó una ceja, aparentando interés.

—¿Y si no es un dragón, entonces? —El posadero la miraba con curiosidad.

—Tal vez un caimán volcánico. El Imperio tiene contactos con la Reina de Herthanis, podrían haber traído uno —dijo Kimbra en tono casual, aunque sabía lo peligrosas que eran esas criaturas.

El posadero la miró, sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y miedo.

—¿Un caimán volcánico? —repitió, como si no pudiera creer lo que escuchaba—. Esos bichos son bombas andantes. He oído historias... si uno de esos explota, no queda nada en kilómetros a la redonda.

Kimbra sonrió apenas, fingiendo no notar el brillo de emoción en los ojos del posadero, que ya estaba imaginando el caos y las apuestas.

—Sería interesante de ver —dijo ella—. Pero no me gustaría estar cerca si eso ocurre.

—No... desde luego que no —murmuró el posadero, todavía inmerso en sus pensamientos.

No la siguió con la mirada mientras ella salía del local, pero Kimbra sintió su emoción por volver a las apuestas y las criaturas, y no pudo evitar preguntarse qué tan peligroso podría volverse todo si esa propuesta fuera cierta.

El mercado que había conocido al llegar estaba repleto de vendedores que ofrecían sus mercancías con entusiasmo, y los compradores se apresuraban de un puesto a otro en busca de gangas de buena mañana.

Kimbra se mezcló entre la multitud, escuchando atentamente las conversaciones y observando los movimientos de los mercaderes más añejos, pensando que ellos serían los que tendrían más información.

No sacó nada interesante. Kimbra se acercó a un puesto de panecillos, su mirada recorrió los productos con el estómago rugiendo. El mercader, un hombre de rostro curtido, levantó la vista y sonrió con la amabilidad fingida típica de un vendedor.

—Buenos días, joven. ¿Qué puedo ofrecerte? —preguntó, con una leve inclinación de cabeza.

Kimbra estudió el surtido de panecillos, pero su mente estaba en otra parte. Su misión, su necesidad de pasar desapercibida... ¿Cuánto podía preguntar sin levantar sospechas?

—Soy nueva en la ciudad —dijo, eligiendo con cuidado las palabras—. No conozco mucho sus costumbres ni productos. ¿Alguna recomendación?