Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 1
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Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1)

Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1)

Por V de Uriarte

© inepub.com

CAP 1

La figura encapuchada ajustó su capa, ocultando su rostro mientras las miradas de los guardias la seguían desde las murallas de Northees Brinon. Sabía que cualquier movimiento en falso podría delatarla. En esta ciudad, los secretos se pagaban con sangre, y ella cargaba más de los que le convenían.

La entrada ante ella llevaba a Delta Bajo, el sector más pobre de la ciudad, el sitio perfecto para una desconocida que buscaba pasar desapercibida y encontrar su objetivo sin llamar la atención.

Había planeado quedarse unas semanas y luego regresar con sus compañeros, pero sabía que el destino a menudo jugaba sus propias cartas.

El bullicio del mercado la envolvió al cruzar la puerta Oeste. Voces que chocaban entre sí, el retumbar de herramientas y el olor de especias, todo intentaba distraerla. Pero ella no podía permitírselo. Cada segundo en Northees Brinon era un riesgo, y su misión apenas acababa de comenzar .

El sector más bajo de Northees Brinon era un laberinto de calles de barro y piedras sueltas, donde el olor agrio de la comida desperdiciada lo impregnaba todo. Las enredaderas trepaban por los edificios de piedra, ocultando ventanas rotas tras tablas astilladas.

La ciudad vibraba con vida, pero también con sombras que prometían anonimato, justo lo que Kimbra necesitaba.

Había dejado atrás el lugar que una vez llamó hogar, lejos del yugo del Emperador Rojo.

Aquí, en el corazón del continente, el control del Imperio pesaba en cada esquina.

Los guardias, con sus uniformes burdeos y dorados, vigilaban incansablemente, sus ojos estaban siempre atentos a los movimientos de los ciudadanos.

Kimbra tiró de su capucha con fuerza mientras sentía las miradas furtivas de los guardias sobre ella.

El bullicio del mercado intentaba ocultar el peligro que parecía acechar en cada esquina.

Sus pasos se hicieron más rápidos, conscientes de que cada segundo en la ciudad aumentaba el riesgo de ser descubierta.

La joven se detuvo un instante, permitiendo que el aroma de especias y comida recién cocinada la envolvieran.

Con un gesto lento, se apartó la capucha, dejando que sus rizos oscuros cayeran libres sobre sus hombros.

Una brisa fresca, cargada de olores y promesas, le acarició el rostro, calmando por un momento la inquietud que llevaba dentro.

Los últimos rayos del sol del atardecer se filtraban entre las nubes, lanzando sombras largas y distorsionadas que serpenteaban por las calles. Kimbra observó con atención, sus ojos buscaban cualquier rastro de peligro, mientras las sombras parecían alargar su presencia a cada paso.

Un grupo de niños pasó corriendo junto a ella, sus risas llenaron el aire con una ligereza que a Kimbra le resultaba ya ajena.

Por un instante, la inocencia que había dejado atrás se le hizo tangible, tan distante como los días felices de otro tiempo.

Apretó los labios, tratando de ahogar los recuerdos de las palizas que intentaron ‘reconducirla’, aferrándose a su resolución como un escudo.

No podía permitirse distracciones. Cada paso que daba en Brinon la acercaba más a su misión, pero también la sumergía en el Imperio, cerca de las garras del Emperador.

Kimbra se acercó a un pequeño puesto de amuletos, donde un anciano, de ojos tan brillantes como las gemas que vendía, le observaba con una sonrisa enigmática. Era como si pudiera ver algo más allá de su apariencia, un secreto que no quería revelar.

—¿Buscas algo en particular, joven dama? —La voz del anciano era suave, casi como un susurro que cortaba el caos del mercado.

Kimbra negó con la cabeza, esbozando una ligera sonrisa. El anciano la miró con detenimiento, como si pudiera ver en su interior y leer los secretos ocultos en su corazón, casi deshaciendo todas sus defensas.

—Brinon es un buen lugar para perderse —murmuró el anciano, sin dejar de mirarla—. Pero también, para encontrarse a uno mismo

Kimbra amplió su sonrisa, aunque sus pensamientos seguían intranquilos. Sin más que añadir, se despidió del anciano con un leve gesto y continuó su camino, alejándose del puesto y del bullicio del mercado, que empezaba a sentirse distante.

Kimbra avanzó por las entrañas del barrio, donde las callejuelas se volvieron cada vez más estrechas, y la luz del sol apenas rozaba el suelo.

Los olores también cambiaron, tornándose más agrios; una mezcla pesada de desechos y humedad que se aferraba al aire.

Ropas colgadas en cuerdas desgastadas se mecían lentamente, como sombras silenciosas que observaban su paso.

El suelo apenas adoquinado se mantenía húmedo, haciendo que el barro bajo sus botas dificultase su avance, como si el suelo mismo intentara atraparla.

Los faroleros encendieron las luces de las farolas con rápidos movimientos de muñeca lanzando llamas precisas al interior de los compartimentos de las lámparas, haciendo que hubiese más contraste entre las zonas iluminadas y las que no.

Las sombras entre los edificios en ruinas parecían moverse, y Kimbra tuvo que recordarse no mirar atrás.

La gente que se movía por estos lugares parecía más reservada, con miradas furtivas y movimientos rápidos. Los colores en la ropa de los transeúntes eran apagados, desvaídos por el sol y el desgaste del tiempo, como si el propio barrio hubiera drenado la vitalidad de quienes lo habitaban.

Kimbra se miró a sí misma en el reflejo de una ventana agrietada y llena de polvo en su interior.

Llevaba una capa de ante, de un color verde profundo, muy bien teñida.

Vestía con pantalones y blusa ligeros, de suaves y livianas telas, y tras una observación rápida en el mercado, tenía claro que las mujeres, al menos en Delta Bajo, no llevaban pantalones.

Destacaba en esa zona más de lo que se podía permitir.

Encontró una posada modesta, con un cartel de madera que apenas se sostenía por los clavos.

“La gracia del Emperador” decía el descolorido letrero.

La fachada en un inicio fue seguramente de un vivo color burdeos, con las betas de madera al aire.

Pero en ese momento la pintura estaba descolorida y desconchada dejando entrever las piedras de debajo, y la madera envejecida y agrietada, posiblemente medio podrida, enmarcaba el resto como un marco a una obra en decadencia.

Al entrar, el humo denso y los murmullos llenaron el aire.

Nadie levantó la vista de sus bebidas, y la tenue luz de las velas apenas iluminaba las paredes rojas, descoloridas y llenas de desconchones.

La cera caía en cascadas desde los apliques, acumulándose en el suelo como un recordatorio de un pasado más brillante.

El posadero, corpulento y con el rostro marcado por cicatrices de acné, la observó con ojos calculadores desde detrás del mostrador. La recorrió de arriba abajo.

Su mirada dejó claro que no era una clienta habitual.

—Necesito una habitación —dijo, sacando un pequeño saquito de su capa—. Para una semana... tal vez dos.

El hombre no dijo una palabra. Contó el puñado de marcos de plata, asintió y le entregó una llave oxidada antes de volver su atención a un panfleto colorido. Ni una pregunta nació de sus labios.

Kimbra subió las escaleras crujientes hasta la primera planta, al parecer el color rojo desvaído reinaba en todo el edificio, al igual que los desconchones de pintura, y la madera podrida .

Su habitación era una pequeña estancia con una cama simple y una ventana que daba a un callejón estrecho en la parte lateral del edificio. Supuso que para asearse tendría que ir a los baños públicos de la zona, pero no le importó.

Cerró la puerta tras ella y revisó la ventana. Cualquier error podría costarle más que una simple noche incómoda. El Imperio no perdonaba a los descuidados.

Se dejó caer sobre la cama, cerrando los ojos por un momento y oliendo el aroma a humedad rancia de la habitación.

Por fin había llegado, pero la inmensidad de la ciudad y la complejidad de su misión empezaron a pesar sobre sus hombros, sabía que Brinon era grande, pero estando ahora en el sector más pobre y pequeño, se dio cuenta de lo grave que fue su error subestimar la ciudad.

Tenía claro su objetivo y no podía levantar sospechas.

Cada día que pasase en la ciudad aumentaba el riesgo de ser descubierta y no sabía por dónde empezar, qué gente evitar o qué preguntas hacer…

Sus manos temblaron ligeramente, aunque intentó controlarlas. No podía permitirse el lujo de la duda, no ahí. El sudor frío le perló la frente mientras sus dedos tamborilearon nerviosos contra su costado. Cada paso en esta ciudad parecía más arriesgado que el anterior.

No era capaz de hacerlo.

Se incorporó bruscamente, se desabrochó la capa dejándola caer al suelo.

Abrió la ventana y recibió una ligera brisa, que esperaba que fuese más fresca a esas horas, pero que no lo era por los tejados y adoquines que ya empezaban a calentarse de más por el sol durante esos días de comienzo del verano.

No le ayudó nada, así que desabotonó el escote de la blusa y se arremangó esperando reducir el calor que le agobiaba.

Tenía que volver y pedir ayuda, necesitaba a alguien a  su lado.

No era capaz de hacerlo.

Tras un rápido vistazo a la capa se acordó de algo.

Desenrolló un pequeño mapa, que llevaba consigo escondido en uno de los bolsillos interiores, marcado con los lugares clave que debía visitar.

Las equis y los círculos rojos marcados en el mapa le ayudaron a centrarse y recordar las palabras de aliento que Elyra le daba en momentos de crisis.

—Eres buena en lo que haces, no necesitas la aprobación de nadie, ve paso a paso. No intentes abarcar mucho desde el principio y confía en tu instinto, el tuyo funciona, no como el de Kael. —dijo la refrescante y tranquilizadora voz de Elyra en su cabeza.

Logró relajarse un poco observando las líneas y curvas familiares en el mapa, y sonrió ante un garabato de Kael en una esquina que rezaba “putillas”.