Kimbra, Memorias de Arena y Sangre (Ecos de Libertad 1) CAP 2
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CAP 2

Olor a vagabundo .

Las palabras de la mujer resonaban en su mente mientras Kimbra se dirigía a los baños, con una mezcla de vergüenza y furia ardiendo en su interior.

Estos se encontraban en la misma zona que el hostal, en el barrio de Aguas Calmas.

La casa de baños era un conjunto de edificios de madera y piedra sin pintar de una sola planta, con techos altos y con vistas traseras al lago Fereza, el cual suministraba el agua para los baños y las termas.

Kimbra entró y compró en la entrada, prácticamente obligada por no llevar los suyos propios, una pastilla de jabón barato y unos paños de algodón ásperos para secarse al salir.

Se desvistió y dejó su ropa en una cesta que entregó a la recepcionista.

La zona de mujeres era uno de los edificios principales. El vapor se arremolinaba en el aire denso de los baños, mientras las risas resonaban por todas partes. Kimbra se hundió en una de las bañeras excavadas en el suelo, lejos de las demás, observando en silencio.

No estaba acostumbrada a este tipo de libertad, a las conversaciones abiertas y las miradas despreocupadas de las mujeres a su alrededor.

Kimbra había escogido una de las bañeras algo más alejadas, justo al fondo, donde el agua empezaba a ser algo más caliente y de donde podría observar al resto de visitantes sin ser molestada.

De vez en cuando aparecían mujeres vestidas de blanco, algunas traían piedras calientes para las bañeras más cálidas, mientras que las otras, con dulces y elegantes movimientos de las manos, renovaban el agua empujándola por pequeños canales, haciendo que el agua ya templada volviera al lago y, una nueva y fresca, reviviera las bañeras.

Mientras Kimbra se frotaba con el jabón barato, que apenas olía a nada, escudriñó a su alrededor.

Muchas de las mujeres parecían conocerse o ser amigas de los baños, pues ocupaban tres de las bañeras y parloteaban las unas con las otras entre risas y gritos haciendo que al menos en ese momento de la tarde, no fuese un sitio idóneo para meditar.

Kimbra no estaba acostumbrada a ese parloteo desenfadado y escandaloso entre mujeres. De donde ella venía, las damas debían ser recatadas y bien educadas, reírse de forma fina y elegante y nunca, jamás, levantar la voz.

Un grupo de mujeres más reducido, y que estaba algo apartado, conversaba de manera algo más moderada, compartiendo risas y enjabonándose las espaldas unas a otras. Todas llevaban perfectos recogidos dejando al aire las perlas que lucían en los lóbulos de las orejas.

Kimbra estaba sumamente sorprendida de que nadie reparara en las joyas que llevaban las prostitutas del sector más pobre de esa ciudad.

Había visto ya rubíes, esmeraldas y perlas engarzadas en oro y plata.

No eran joyas que perteneciesen a la realeza que ella conocía, pero sí desde luego a la alta sociedad.

Una muchacha joven vestida de blanco, que parecía personal de los baños, se acercó al grupo de prostitutas.

Se agachó sobre la bañera y susurró algo.

Una de ellas se levantó, salió del agua y se envolvió en un paño de fino algodón puramente blanco, y acompañó a la otra muchacha a través de un arco que había al fondo.

A Kimbra no se le pasó por alto que la chica de blanco llevaba también unas finísimas y exquisitas perlas en las orejas.

Tras un tiempo de observación se dio cuenta que las mujeres de la ciudad ignoraban de forma deliberada a las prostitutas, a veces a alguna se le escapaba una mirada de desprecio, pero no parecían dignarse a hacer ninguna interacción más con ellas.

Las prostitutas iban y venían acompañadas por la misma doncella de los baños, por lo que dedujo que era la encargada de llevarlas a los clientes que demandaban su presencia en alguna otra parte, más privada.

Después de un rato, Kimbra decidió que había pasado suficiente tiempo en remojo y que era momento de salir. Había podido contemplar el comportamiento de algunas de las mujeres en los baños y sabía que ahora ya no olía a vagabundo.

Todo positivo.

Dejó atrás el edificio de los baños, sintiendo el alivio del aire fresco en su piel.

Sus pasos la llevaron al bullicio del mercado, donde los aromas de especias y flores competían en el aire.

Entre los puestos abarrotados, Kimbra encontró lo que buscaba: un jabón de lavanda y unos paños suaves, un pequeño lujo después del día que había tenido.

Para comer se hizo con un fardo con un par de patas de pollo asadas, biscotes y algunas frutillas frescas para cenar y regresó al hostal.

Acomodada en la cama, con el mapa extendido sobre sus piernas y la luz de la ventana cada vez más tenue, Kimbra mordisqueaba una pata de pollo mientras sus pensamientos volvían a rondar el tema de las prostitutas. Tal vez no sería tan fácil ni tan seguro ganarse su confianza .

Había notado algo en la actitud de las mujeres del barrio.

Parecía que las vecinas no apreciaban a quienes se dedicaban a ese oficio.

Y al localizar uno de los lugares marcados como prostíbulo, se dio cuenta de que no era más que un hostal de mala muerte.

Posiblemente, las señoritas prestaban sus servicios y desaparecían como sombras al amanecer.

Kimbra había imaginado un burdel en condiciones, un lugar donde las joyas y los vestidos costosos estarían bajo vigilancia, protegidos de posibles robos.

Un tugurio cualquiera no ofrecía ese tipo de seguridad.

Tendría que entrar y comprobarlo por sí misma, pero algo en su instinto le decía que no se equivocaba: ese no era el lugar.

Pasaron un par de días y no encontró el burdel en cuestión.

Kimbra había recorrido los callejones una y otra vez, pero no encontraba rastro del edificio que buscaba. Cada sombra parecía más amenazante, cada mirada más inquisitiva. No podía sacudirse la sensación de que la estaban vigilando, como si alguien supiera exactamente lo que estaba haciendo.

Las únicas prostitutas que había visto eran las que llevaban las perlas.

Rubí y la otra no aparecieron por ningún lado.

Aunque también, en comparación, habrían llamado la atención en la zona, pues aunque las prostitutas que había visto llevaban valiosos pendientes de perlas, sus vestidos escotados apenas destacaban entre la multitud más que por mostrar la suave y sugerente piel de sus escotes.

Las casas de descanso se alineaban al sur del barrio residencial, justo en el corazón del Fangal.

Kimbra había notado que un paseo bordeaba toda la costa del lago, uniendo los tres barrios principales.

Solo el barrio de la Hondura quedaba excluido del paseo.

El camino, construido un par de metros por encima del nivel del agua, permitía que numerosos canales entraran y salieran por debajo.

Desde allí, Kimbra pudo ver cómo el riachuelo de la lavandería terminaba en el lago, vertiendo un agua turbia que la hizo cuestionarse cuán saludable era realmente lavarse en los baños si usaban ese mismo agua.

El Fangal era, sin lugar a dudas, la zona de ocio.

Aparte de las tres casas de descanso que ya había fichado, se cruzó con un par más.

Bares, panaderías, carnicerías, e incluso unas tiendas de ropa que no lograba descifrar si vendían prendas para trabajar en el campo o para algún tipo de reunión social.

Pero lo que más llamó su atención fue una casa de citas.

Las mujeres que deambulaban por fuera, con sus vestidos chillones y maquillaje corrido, le dejaron claro que ese no era el tipo de lugar que buscaba.

Se había equivocado de sitio.

Aun sabiendo que estaba en el lugar equivocado, continuó su búsqueda durante un par de horas más, con la vaga esperanza de encontrar algo útil.

Pero la única “joya” que encontró por la zona fue una campana de cobre maciza que usaba un alguacil, con claros signos de embriaguez, para darle en la cabeza a los críos maleantes que intentaban meter la mano en los bolsillos de los borrachos.

Cuando volvió ya había caído la noche. El barrio de Aguas Calmas era mucho más tranquilo en la oscuridad, como era donde se encontraban los baños, una de las plazas donde se montaba un pequeño mercado y estaban la mayoría de residencias, en esos momentos apenas había movimiento.

Excepto en una calle donde escuchó unos gritos y decidió acercarse.

Camuflada dentro de esa zona residencial había una taberna, “La Noche Estrellada” rezaba el cartel de madera con una media luna y estrellas dibujadas.

El edificio era una casucha de dos plantas encajonada entre otras dos casi derruidas.

Tenía grandes vigas de madera bien mantenida en las cuatro esquinas del edificio, y las paredes eran de un conglomerado de piedras de diferentes tamaños, que apenas casaban entre ellas.

Las ventanas tenían brillantes cristales, en perfecto estado en comparación a los del resto de las casas cercanas, de los que emanaba una sutil luz violácea que conseguía traspasar a duras penas las pesadas cortinas moradas del interior.

En la entrada, un hombre evidentemente borracho yacía en el suelo, mientras otro, más corpulento y mejor vestido, lo señalaba acusadoramente desde la puerta entreabierta del local.

El hombre de pie era extremadamente alto, con el cabello moreno y bien peinado.

Sus músculos, bien definidos, apenas cabían en el chaleco y la camisa, cuyos botones parecían a punto de reventar.

Los pantalones no parecían soportar mejor la presión.

—Sabes que si no pagas, no obtienes el servicio.

Es la segunda vez esta tarde que Eloise se queja de ti —El hombre en el suelo intentó levantarse y empezó a balbucear una súplica.

El musculoso continuó implacable—. Me importa una mierda.

Te has gastado el dinero en alcohol; haber tenido tus prioridades en orden.