32. Lucía
CAPÍTULO TREINTA Y DOS
Lucía
H ace dos días que no oigo a mi tía. Sentada sobre la cama y con las manos entrelazadas pienso en lo último que me dijo: «El amor de tu vida te aguarda». Esa semilla ha germinado en mi cabeza como una duda persistente. ¿Debería de darle una oportunidad a Ewan?
Recuerdo a la autoestopista y lo que anunció de mi amor verdadero. Las dos dijeron lo mismo. ¿Tendrán razón y realmente mi hombre es Ewan? Mi corazón me grita que sí, que es él.
Me paso la mano por la cara, queriendo borrarlo todo. Al observar por la ventana los campos verdes de la granja, me inunda una paz que en la ciudad no sentía.
—No quiero irme —susurro, aunque un pinchazo en mi estómago me advierte del miedo que siento.
Marcharme significa volver a una vida que conozco, a mi rutina. Quedarme sería lanzarme al vacío sin paracaídas y confiar en que todo irá bien.
De pronto imagino a mi tía con Alistair, un amor que ha perdurado por siglos. Ella no se rindió ni después de muerta. No tuvo miedo de iniciar este viaje sin saber si lo encontraría.
Siento ardor en el pecho. Cierro los ojos y su voz resurge: «El amor de tu vida te aguarda».
Salgo de la habitación, decidida, no quiero arrepentirme de lo que pudo haber sido y no fue. Busco a Skye y la encuentro en el salón, esperándome.
—¿Lista para tu gran despedida?
Noto en sus ojos una tristeza que antes no estaba, nos hemos hecho muy amigas y sé que me echará de menos.
—¿Y si mejor celebramos nuestra amistad? ―Se vuelve hacía mí muy sorprendida y me abraza con la fuerza de un oso.
—Eso suena mucho mejor —dice entre risas—. ¿Vamos? Ian nos espera en el pub , espero que hoy Kristy no nos dé mucho la lata.
—Sinceramente, no me preocupa que ella intente agriarme la noche. En mi ciudad si algo no nos gusta decimos ajo y agua.
—¿Ajo y agua? —me pregunta confundida.
—A joderse y a aguantarse.
Las dos nos reímos a carcajadas mientras salimos de la casa. No sé qué me deparará el futuro, de lo único que estoy segura es de que he ganado una amiga para toda la vida.
Ya en la taberna, nos acercamos a Ian que ha reservado una mesa y nos tiene preparadas unas cervezas.
Está a reventar y el olor a alcohol me hace arrugar la nariz.
Estoy sentada con mis amigos, intentando no pensar por qué cierto granjero gruñón no ha venido a despedirse de mí.
Ian nos cuenta una anécdota absurda de la granja cuando aparece Kristy con esa sonrisa falsa que no engaña a nadie.
—Vaya, pero si es la extranjera a la que todos adoran. —Se apoya en una de las sillas y me mira sin disimular su odio—. Desde que llegaste, Ewan no tiene ojos para nadie más.
Respiro hondo, no quiero líos y menos hoy, pero tampoco voy a dejar que esta imbécil me ningunee. A pesar de eso, guardo silencio esperando a su próxima estocada.
Kristy sube un poco más el tono, quiere hacerse notar en el local.
—Algunas aquí nos lo curramos mucho para que luego nos ignoren, y claro, llega una turista con acento exótico y todos pierden el culo por ella.
Siento mi sangre borbotear como un volcán en erupción, esta chica no sabe con quién se está metiendo. Mi vena andaluza explota al fin, arrasando todo a su alrededor.
—Mira, Kristy. Si Ewan no te mira, no es por mí, ni por ninguna extranjera que venga. Es porque tú —enfatizo el tú, y la señalo con el dedo— no le interesas. Y eso guapa, no se arregla buscando culpables, sino aceptando lo evidente: NO. LE. GUSTAS.
Kristy parpadea con sorpresa ante mi arranque. Mis amigos están incrédulos, pero se nota que disfrutan de la escena. Yo, en cambio, sigo con mi defensa como si estuviera en un tribunal.
—Y otra cosa: no soy una turista cualquiera. Soy una mujer que ha vivido, que ha perdido y que no necesita a nadie que la culpe por algo que no le corresponde. Si quieres atención, gánatela, pero no vengas a pedirme explicaciones de algo de lo que solo tú eres culpable.
Le doy un trago a mi cerveza, y la suelto en la mesa más fuerte de lo que pretendía. Skye suelta un: «Bien dicho», más para mí que para los demás.
Kristy, roja de la rabia, se marcha hacia a la barra soltando improperios que no escuchamos por el ruido del local. Siento que mi corazón galopa en mi pecho. Skye me roza el brazo y me giro hacia ella.
—Tía, ha sido épico.
Sonrío, aunque por dentro tiemblo como una hoja. Y justo entonces, es cuando la puerta del pub se abre y aparece Ewan.