31. Ewan
CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Ewan
D e vuelta en la granja, he evitado cruzarme con Lucía desde que llegamos del castillo hace dos días. Sí, lo sé, soy un cobarde, pero es que estoy aterrado. No sé qué decidirá mi sevillana y la incertidumbre me está comiendo las entrañas.
Estoy en el establo dándole de comer a las vacas cuando Ian aparece.
—Buenos días, Ewan. —Gruño al verlo. Ahora ese es mi saludo habitual—. Vale, sigues de mal humor. No me culpes de tus problemas, yo solo venía a decirte que esta noche vamos al pub de Kristy. Vamos a despedirnos de Lucía como Dios manda.
Un escalofrío me recorre el cuerpo, hoy le ha llegado la pieza de la furgoneta y soy yo el que la tengo que poner, sin embargo, lo estoy aplazando, excusándome con la faena del campo y de los animales.
Cierro los ojos con impotencia. ¡Maldita sea!
—Eh…, ¿vas a venir? —insiste.
—Tengo que arreglar la furgoneta.
—No pongas excusas. Vamos, tío, es tu última oportunidad para conquistarla, no puedes esconderte en el establo con las vacas eternamente.
Estoy por tirarle el cubo de estiércol a la cabeza, pero sé con toda seguridad que mi hermana me mataría. Me giro para encararlo y lo veo con esa sonrisilla de suficiencia suya. Respiro hondo y trato de calmarme.
—Si ella quiere marcharse, ¿quién soy yo para impedirlo?
—Joder, tío, te creía valiente. Debes luchar por el amor verdadero, no puedes rendirte al primer problema que se presente. No hagas que me arrepienta de la admiración que te tengo.
—Venga ya, Ian. ¡Vive a miles de kilómetros de aquí!
—Bah, un problemilla que se soluciona pidiéndole que viva contigo.
—No puedo pedirle eso, su vida está en Sevilla. Jamás antepondría mis deseos a los suyos.
—Oh, eso sí que es una demostración de amor verdadero. —Se toca la barbilla pensativo.
—No estoy enamorado —miento y vuelvo a gruñir más enfadado.
—Vale vale, lo que tú digas. Pero yo que tú, iría al pub y le haría una escena romántica de las que tanto enamoran a las chicas. Seguro que cae rendida a tus pies.
—Ian, ¿no tienes que ir a por mi hermana?
—Sí, ya me voy, pero no te rindas, por favor. Al menos ven hoy a despedirte de ella.
Tras un último vistazo se va a ver a su chica. Sería un cobarde y un capullo si hoy no me despido de ella. Se me va a hacer demasiado cuesta arriba verla marcharse en su tartana.
Miro a mis vacas que comen tan tranquilas, ajenas a cualquier problema romántico.
—Vosotras sí que vivís bien. —Me apoyo en la valla de madera y las observo.
—Bueno, Morag —ella es mi chica favorita y la más vieja—, hoy se marcha Lucía.
Sigue masticando, sin hacerme el menor caso. «Normal, es una vaca», me digo.
—Sí, ya lo sé. Debería ir al pub —continúo como si estuviera interesada en lo que le cuento—, pero si voy…, tendré que aceptar su partida.
Morag levanta la cabeza y me mira con esos ojos enormes como si me entendiera.
—No me mires así, ya sé, es una estupidez.— Isla, a su lado, suelta un mugido grave como si quisiera dar su opinión.
—¿Eso qué significa? ¿Que vaya? —Bufo, frustrado—. Mujer, es cierto que cuando estoy con ella todo es más fácil, pero… ―Isla muge otra vez, parece inquieta.
—Vale vale. No te enfades. Solo digo que —paso las manos por mi pelo, nervioso—. No sé. ¿Y si le pido que se quede conmigo? ¿Creéis que se asustaría mucho?
Morag avanza hacia mí y me da un leve empujón con la cabeza.
—¿Eso es que debería decírselo? —Trago saliva—. Pero ¿cómo le explico que me gusta? Soy hombre de pocas palabras, no sabría cómo… —Un ternerito suelta un mugido agudo.
—Sí sí, ya sé que debo ir o me arrepentiré. Además, Lucía me tomaría por un imbécil.
Debo impedirlo. Entonces, una idea comienza a formarse en mi cabeza.
No quiero que se vaya sin saber lo que siento por ella.
Con Aileen fue diferente, por ella no luché, en el fondo siempre supe que no era para mí.
En cambio, con Lucía, estoy seguro de que ella es la chica indicada.
Dejo a mis vacas comer tranquilas, ya las he molestado bastante con mis dudas y me marcho a arreglar la furgoneta, aunque después de esta noche, espero que no la necesite nunca más.