30. Lucía
CAPÍTULO TREINTA
Lucía
— S olo quería comprender si te vas porque ya has cumplido tu objetivo aquí y deseas volver a tu vida, o porque crees que debes irte porque no hay nada que te retenga aquí. Tu hogar está donde esté tu corazón. Piénsalo, Lucía —Ewan me mira como si necesitara entenderme.
Estoy muy nerviosa. Quiero decirle la verdad: que no sé si quiero irme, que tengo miedo, que me aterra que él espere algo de mí que yo no pueda darle. Temo no ser suficiente. Sin embargo, las palabras se me quedan atascadas en la garganta.
—No es tan simple. —Eso es lo único que soy capaz de decirle sin romperme.
Él asiente con paciencia y siento que, si me sigue mirando de ese modo, voy a romper a llorar.
Me muevo inquieta en el asiento, no quiero mostrar mis dudas y miedos.
¿Y si lo intento con él y al final no funciona?
Lo miro con incertidumbre y con las palabras atascadas en mi garganta.
Pero… ¿y si es verdad lo que predijo Nebulosa Estelar y él es el hombre de mi vida?
Demasiadas incógnitas para tan poco tiempo.
No le digo nada, soy una cobarde que se esconde por miedo a sufrir .
—Déjame entenderte —pide con ojos ansiosos.
Agarra mi mano por debajo de la mesa, intentando infundirme el valor que no tengo.
—Es solo —digo vacilante y con voz un poco temblorosa—, que a veces no sé qué es lo correcto, no sé si mis decisiones serán acertadas o no. —Ewan no insiste más. Parece comprenderme.
—No tienes que decidirlo ahora.
Esa simple frase me golpea en el pecho como una ola del mar, porque sé que debo decidirlo, porque nuestro tiempo se acaba. La despedida está al caer, más cerca de lo que creía y no estoy preparada para enfrentarla.
No digo nada. Me limito a asentir, respirar hondo y a controlar mi temblor.
Nos marchamos a la cama sin hablar más. Apenas duermo. Mi cabeza no para de dar vueltas a lo expuesto en la cena, a sus preguntas, a mis dudas.
Ewan está duchándose. Hoy iremos hasta el castillo de Huntly para esparcir las cenizas de mi tía. Siento un vacío en mi corazón, no ha vuelto a hablarme y comienzo a pensar que todo es una ilusión, incluso lo de la autoestopista loca y su rata creo que lo he soñado.
«No caerá esa breva, niña. Voy a estar aquí contigo hasta que lleguemos al castillo de Huntly», dice mi tía haciendo que suspire.
Me emociona volver a escucharla, quién iba a decirme eso a mí hace una semana. La echaré de menos cuando se marche.
—¿Nos vamos?
Ewan está en el marco de la puerta del baño y por unos segundos me quedo mirando embobada al hombre que me ha robado el corazón. Observo sus ojos verdes grisáceo que me dejan sin aliento. En su rostro ahora reconozco la lealtad de un hermano y amigo, pero también la terquedad de un hombre herido.
« L´amour, oh, la la…». Escucho un sonoro suspiro de Enriqueta en mi cabeza y no puedo más que reír por la ocurrencia.
—¿Qué es tan gracioso? —pregunta Ewan, esperando que le cuente mis pensamientos.
—Algo de lo que me he acordado de cuando estoy con mis amigas. Nada importante. —Me levanto de la cama y abro la puerta—. Vámonos.
Ewan asiente y me sigue. Hoy parece más animado, aunque el velo de tristeza asoma en su mirada. Intento no pensar en ello, pues es un día muy importante para mi tía y para mí.
Tardamos dos horas en llegar al castillo. Sí que nos habíamos desviado bastante de la ruta, menos mal que en esta ocasión, he decidido usar el GPS del móvil.
No hablamos mucho durante el trayecto. Yo no paro de pensar en lo que haré cuando todo esto termine y él, creo que más de lo mismo.
Al llegar, me sorprendo por la majestuosidad de la edificación.
Son tres castillos unidos que, aunque estén en ruinas, no le quita atractivo al paisaje.
Contemplo el edificio a punto de desbordarme en lágrimas al pensar en todas las historias que se vivieron allí.
«Mi niña, he vuelto a mi hogar», explica mi tía y me emociono sin remedio.
Agarro la urna con cariño y me encamino hacia las ruinas dejando atrás a Ewan, que me espera con paciencia.
Sigo el camino hasta llegar a la entrada.
Siento la belleza y el poder que emana de este lugar, el solemne silencio que nos acompaña, cómo el viento atraviesa las ventanas sin cristales y un escalofrío me recorre la espalda.
Es un lugar que invita a imaginar una boda real, un banquete, conspiraciones o traiciones familiares.
«¡Alistair!», oigo gritar a mi tía.
Enriqueta llama a su supuesto amor y me estremezco ante la idea de que, al final, sea cierto que ella necesitaba descansar junto a ese laird .
«Está aquí, querida, lo estoy viendo. Me estaba esperando, Lucía, estaba esperando a su Maeve».
La emoción que escucho en la voz de Enriqueta me rompe por dentro. Lloro desconsolada porque ahora sí es el fin de nuestra vida juntas.
«No llores, mi niña. Sabías que pasaría, que este momento llegaría. Siempre lo supe, sabía que mi hogar estaba aquí. Nunca hice caso a mi instinto y ahora, he vuelto», dice para consolarme.
Intento controlar los hipidos, pero no puedo parar. Me recompongo, aunque las lágrimas no cesan y saco la urna de la mochila. La abro.
—Tía —me tiemblan las manos y las lágrimas no me dejan ver más allá de la entrada—, como te prometí, te he traído con tu highlander para que puedas descansar en paz. Voy a echarte de menos, vieja gruñona.
«Lucía, antes de marcharme quiero que me prometas algo más.
Pase lo que pase, elegirás el amor por encima de todo.
Ese chico está loco por ti. Es tu historia de amor, esa que te vaticinaron, así que no esperes toda una vida como hice yo.
No tengas miedo, cariño», me pide haciendo que mi corazón se desboque.
—Sí, la loca mística ya lo dijo en su momento —contesto y sonrío al recordarla.
«Prométemelo», insiste.
—¿Y si no funciona?
«Funcionará. Haz caso a una vieja como yo, que tengo más experiencia que tú. Y ahora me despido de ti, Alistair me espera. Recuerda, niña, el amor de tu vida te aguarda, no dejes que las dudas desvíen tu camino».
Las lágrimas caen, la emoción es intensa mientras esparzo las cenizas.
—Adiós, tía.
Me quedo un rato mirando al vacío. Se ha marchado y no volveré a oír sus locas ideas. Giro sobre mis talones y me encamino al coche donde Ewan me espera preocupado.
—¿Estás bien?
—No, pero lo estaré. —Me limpio una lágrima traicionera y subo al coche—. Vamos, por favor.
—Claro.
Al marcharnos, miro atrás y me parece ver la silueta de mi tía abrazada a un hombre alto y corpulento. Una amarga sonrisa se dibuja en mi cara, al fin será feliz.
¿Podré serlo yo también?