Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 29. Ewan
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29. Ewan

CAPÍTULO VEINTINUEVE

Ewan

S entado al borde de la cama con las manos entrelazadas miro al vacío.

Intento respirar tranquilo y aclarar las penosas ideas que bullen en mi cabeza.

Lucía lleva ya un rato en el baño. Dudo un instante si debería ir a ver cómo está, pero lo descarto.

Así que la espero con un nudo en el pecho que me está matando.

Sé que debe irse, siempre lo supe, pero eso no lo hace menos doloroso. Su vida está en Sevilla, con sus amigas y su familia, yo solo soy una parada más en el camino. Debería alegrarme por ella, pero lo único que siento es tristeza, una que intento esconder para que no crea que soy débil.

No quiero que se vaya. Me he enamorado como un tonto de la sevillana, pero tampoco puedo pedirle que se quede. Nos conocemos desde hace pocos días, no sería justo para ella.

Me paso una mano por la cara, como si pudiera aliviarme.

Intento convencerme de que lo entiendo, de que lo correcto es dejarla ir, que lo nuestro no ha sido más que el calor de una noche, pero luego recuerdo que me ha mirado con un brillo extraño en sus ojos, como si luchara consigo misma y me pregunto si ella también siente lo mismo; si tal vez no quiere irse.

Me enderezo frustrado, no quiero que note mi abatimiento, merece que sus últimos días en Escocia sean sorprendentes. Quiero que crea que estoy bien y que no me afecta su partida, aunque por dentro me esté muriendo.

Me levanto de la cama justo al abrirse la puerta del baño, alzo la vista y ahí está Lucía.

La miro como un puto pervertido, pues es la mujer más guapa que he visto nunca.

Mi corazón se salta un latido al recordar que pronto no la besaré más.

Intento no mirarla, pero fallo. Me esfuerzo por parecer natural, y también fallo y noto que ella está igual de incómoda que yo. Toso, aliviando el nudo en mi pecho.

—Oye —llamo y hago un gesto nervioso hacia la puerta—, ¿qué tal si bajamos al salón del hostal? Podríamos cenar algo ligero con un buen vino y una conversación animada. Prometo no aburrirte.

Ella suelta una pequeña risita y hace que el nudo de mi pecho se disipe un poco.

—¿Vino y una buena conversación? —Me mira con intensidad, arqueando una ceja—. Me sirve.

—Vamos.

Y mientras caminamos hacia el salón, los dos fingimos que no sentimos ese peso en el pecho que nos asfixia, que la despedida no nos espera. Porque hablarlo ahora sería demasiado duro. Aun así, camino a su lado y eso, por el momento me basta.

Freya, la dueña del hostal aparece con su sonrisa permanente en el salón. Lleva un delantal floreado y el pelo recogido en un moño estirado. Lucía y yo sentados en una mesa de madera junto a la ventana esperamos que nos tome nota.

—¿Algo de comer, queridos? He preparado una sopa ligera que levantaría a un muerto y tengo vino caliente para acompañar.

Lucía me mira un segundo, dándome vía libre para responder a nuestra encantadora anfitriona.

—Gracias, Freya, el vino y la sopa nos vendrá genial.

—Entonces, sopa para los dos. Además, os traeré una infusión de hierbas, es especialidad de la casa; os veo un pelín tensos y eso os relajará.

Freya se marcha por la puerta de la cocina con su sonrisa en los labios, como si supiera algo que nosotros no alcanzamos a vislumbrar. Lucía baja la mirada y observo su rostro sonrojado. Yo carraspeo, incómodo por la situación.

—¿Tensos nosotros? —intento bromear—. Somos como dos monjes budistas en plena meditación. ―Lucía me da una leve patada bajo la mesa.

—Habla por ti —murmura, pero noto una chispa de diversión en ella.

El silencio incómodo vuelve a caer sobre nosotros.

Lucía juega con el borde de la servilleta, mientras intento no pensar en lo que se avecina.

Aunque ninguno lo diga, sabemos que lo nuestro tiene fecha de caducidad, que la despedida es inminente.

Y que, joder, por la diosa Beira, no deseo que ella se marche.

La anfitriona nos deja la sopa y el vino en la mesa, después se marcha. Dudo si decirle todo lo que siento o probar a descubrir si ella realmente quiere regresar a su tierra.

—¿Está buena la sopa? —pregunto dubitativo. Lucía asiente sin levantar mucho la mirada.

—Es reconfortante —responde escueta.

Aunque le tenga que sacar las palabras con sacacorchos, no me rendiré. Me apoyo en el respaldo de la silla, fingiendo que estoy tranquilo, aunque mi corazón va a mil por hora.

—Oye —comienzo a decir como quien no quiere la cosa—, esa amiga tuya, Lola… Te he visto aliviada al saber que ya puedes arreglar la furgoneta. Supongo que estarás deseando volver a Sevilla.

Deja la cuchara en el plato y se remueve incómoda en la silla. No me mira.

—Es mi casa, ¿por qué no debería volver? —dice, y me mira como si hubiera dicho una tontería.

Asiento despacio, está siendo más complicado de lo que pensaba. Ella está a la defensiva y no pretendo que piense que quiero que se marche. Deseo saber todo de su vida, conocer sus amigas, su entorno, lo que más anhela en el mundo…pero sé que me lo pondrá difícil.

—Claro —respondo sintiéndome un poco idiota, pero no me rindo. Me aclaro la garganta antes de seguir hablando—. Solo me gustaría saber si te hace ilusión volver, si es algo que realmente quieres o preferirías quedarte un tiempo más por aquí.

Ella suelta el aire de golpe y yo siento que ando sobre arenas movedizas.

—No lo sé, Ewan —responde con un hilo de voz—. No es tan simple. Allí está mi hogar, mis amigas, mi familia. En estos momentos no tengo un trabajo al que volver y sinceramente no sé si querría volver si lo tuviera. Mi sueño es ser escritora y eso puedo hacerlo en cualquier sitio, sin embargo…

Mi corazón da un vuelco, esperanzado. Quiero mantener la calma, pero fracaso estrepitosamente.

—Bueno —digo encogiéndome de hombros—. Si te sirve de consuelo, yo no quiero que te vayas, pero tampoco quiero atarte.

Levanta la mirada y hay algo en ella que me desarma. ¿Esperanza?

—No estoy atada. Ese no es el problema.

Y ahí nos quedamos, con la sopa fría y nuestros corazones tronando al unísono. Segundos eternos sin saber qué decir. Aun así, deseo averiguar si ella también siente lo mismo que yo.

—Solo quería comprender si te vas porque ya has cumplido tu objetivo aquí y deseas volver a tu vida, o porque crees que debes irte porque no hay nada que te retenga aquí. Tu hogar está donde esté tu corazón. Piénsalo, Lucía.

Ella baja la mirada otra vez y yo siento que la respuesta, sea cual sea, me va a doler, pero necesito oírla.