28. Lucía
CAPÍTULO VEINTIOCHO
Lucía
A bro los ojos y me encuentro con mi granjero favorito, embelesado mientras me observa.
—Hola, preciosa. —Una sonrisa seductora asoma en sus labios. Escondo la cabeza en la almohada, avergonzada—. ¿Ahora te escondes de mí? —señala y me quita la almohada de la cara.
Acaricia mi mejilla y yo me derrito ante ese gesto cariñoso. Este hombre me sorprende cada día más. Al mirar la ventana me fijo en que ha anochecido.
—¿Cuánto he dormido?
—Solo un par de horas, preciosa.
—¡¿Y no me has despertado?!
Salto de la cama como un resorte y me doy cuenta de que estoy desnuda. Agarro la sábana para taparme, sin embargo, Ewan la retira.
—Pequeña, no te escondas de mí. Vuelve a tumbarte, todavía llueve y no pienso salir de este cuarto hasta mañana. —Sonríe de medio lado—. Quiero amarte hasta que salga el sol.
Me derrito con sus palabras y vuelvo a su lado. Este chico me va a volver loca de remate.
Me acerca a él con suavidad, percibo el deseo contenido que lo llena.
Me da un beso lento que pone mi sangre a punto de ebullición.
La tensión va subiendo y el beso se vuelve más posesivo.
Le agarro del pelo y tiro de él, siento la dureza de su miembro en mi vientre.
Jadeo y ladeo el cuello para darle acceso, él lo besa con ansia.
Lame de mi hombro hasta mis pechos, muy despacio.
—¡Ewan!
Siento su erección palpitando contra mi sexo, sus dedos descienden hasta él y suspira al encontrar lo que busca.
Me acaricia sin pausa borrando mi cordura con sus manos.
Un gemido se escapa de mis labios al sentir el placer invadirme y clavo las uñas en sus hombros, mientras él traza desesperantes círculos en mi clítoris.
Mi pulso se acelera, anticipando el fuerte orgasmo que me hace explotar.
No me da tiempo a recomponerme cuando Ewan me penetra. Sus empellones tienen una cadencia que me enloquece. Estoy a punto de volver a disfrutar otro maravilloso orgasmo, por lo que cierro los ojos amando el placer que me regala.
—Mírame, preciosa.
Nuestros cuerpos convulsionan al unísono mientras nos miramos a los ojos. Ha sido mágico.
—Lucía —murmura, dejando un reguero de besos en mi cuello.
Mi nombre en su boca me hace contener el aliento. Saborea mis labios con lentitud tanto que nunca me cansaría de esas caricias.
Remoloneamos en la cama un rato más hasta que me levanto para darme una ducha. Ewan sigue con hambre mi contoneo. Sí, voy como mi madre me trajo al mundo, la vergüenza ya no es un impedimento después de todo lo que hemos hecho.
Me llevo el móvil al cuarto de baño para ver si hay algún mensaje de mis amigas. Lola me dice que ya tienen la pieza de la furgoneta. Contenta, salgo corriendo para contárselo a Ewan.
—¿No te ibas a duchar? ¿O es que ya me echas de menos?
—Lola me ha mandado un mensaje. —Me mira con cara de no entender nada—. Es mi amiga. Dice que ya encontraron la pieza de la furgo. Es genial, ¿no? ―Él asiente sin mirarme.
—Qué bien —comenta.
Lo observo extrañada. Su voz tiene ese tono neutro que suele utilizar al ocultar algo. Al mirarle, percibo una sombra de tristeza.
—¿Estás bien? ―Su sonrisa no es ni de lejos la que tenía antes de entrar en el baño.
—Claro. Me alegro mucho por ti. En cuanto llegue te arreglo la furgo y podrás marcharte.
Como si me hubiera quitado una venda de los ojos, lo veo claro. No quiere que me marche y yo tampoco quiero irme. Sin embargo, callo. No porque no quiera estar con él, sino por miedo. Miedo a no ser suficiente, a no ser realmente lo que busca.
Entro en la ducha con el móvil en la mano y le doy la dirección de la granja a mi amiga para que envíe la pieza.
Me siento en el suelo del baño, abatida, pues mi cuento de hadas se acaba de terminar.
Me apoyo en las rodillas, respirando hondo, intentando no llorar.
La garganta se me cierra y un quejido sale sin permiso de mis labios. Entonces me rompo.
No quiero irme, no puedo separarme de él y de esto que siento. Tengo mucho miedo.
Cubro la cara con mis manos. El mensaje de Lola sigue en mi cabeza como un recordatorio cruel y despiadado: la pieza está lista; la furgo me espera; el camino continúa.
Yo debería alegrarme, pero lo único que siento es un hueco en el pecho que no me deja respirar.
Pienso en cómo me ha mirado hace un momento, cómo ha disimulado su tristeza y duele.
Me duele porque yo hago lo mismo, porque los dos estamos fingiendo que esto no nos afecta.
Mi tía permanece en silencio. ¿Por qué cuando más la necesito no aparece?
Me limpio con rabia las lágrimas con el dorso de la mano. Se acabó llorar. No sé qué nos deparará el futuro, pero pienso disfrutar de los días que me queden junto a Ewan.