Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 27. Ewan
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27. Ewan

CAPÍTULO VEINTISIETE

Ewan

C uando salimos del pub , vamos a dar un paseo por el pueblo para estirar las piernas antes de seguir nuestro camino. Sin embargo, unas nubes a lo lejos amenazan una incipiente tormenta. Lucía lo observa todo con interés sin percatarse de que la nube negra cada vez está más cerca.

—Lucía, debemos resguardarnos.

Está tan ensimismada en admirarlo todo que ni me escucha, incluso hace fotos con el móvil. Da un respingo cuando una gota fría cae en su mejilla y me divierte su cara de pasmo. Sin duda, no esperaba que el tiempo cambiara de repente, pero esto es normal en Escocia.

La lluvia aprieta y corremos hacia lo que parece un pequeño hostal.

Nos empapamos en segundos, pero en lo único que pienso es en lo bonita que está y en ese beso de antes que me ha sabido a poco.

Entramos y el olor a galletas recién hechas nos recibe.

Una señora mayor con el pelo blanco y recogido en un moño bajo nos da la bienvenida con cara de sorpresa.

—Oh, queridos, estáis empapados. Venid que os dé unas toallas. —La señora se gira y se adentra por un pasillo que da a una sala. La seguimos mientras habla—. Me llamo Freya y soy la dueña de este pequeño, pero acogedor hostal.

Nos da unas toallas que ha cogido de un aparador y luego nos guía hasta un pequeño saloncito.

—Muchas gracias —responde Lucía a la mujer mientras se seca el pelo.

—Este tiempo escocés, lo mismo hace un sol de justicia que llueve a cántaros. ¿Queréis que os prepare una habitación? Al parecer, no amainará hasta mañana y es muy peligroso viajar con este temporal.

Lucía y yo nos miramos, luego nos encogemos de hombros, no hace falta discutirlo.

—Nos quedamos —respondo antes que mi chica.

«Sí, ahora es mi chica», me digo con una emoción contenida que apenas aguanto.

La dueña asiente satisfecha y se va a preparar la habitación mientras Lucía se quita el abrigo empapado y lo sacude.

Yo la observo sin disimulo sintiendo que algo en mi pecho se mueve, como si el pueblo de Carsie hubiera abierto una puerta que no sabía que existía.

Algo en mi interior se estremece, deseo conocer más de la vida de esta sevillana que me ha trastocado tanto.

Estamos aquí, atrapados por la lluvia en un hostal diminuto que huele a galletas, y por primera vez en mucho tiempo, siento que tan solo quiero estar con ella sin importar dónde.

La dueña de mi alma me mira con el mismo anhelo y se me corta la respiración.

Subimos a nuestra habitación y lo primero en lo que me fijo cuando entro es en que tan solo hay una cama; la señora habrá pensado que somos pareja.

La habitación es pequeña y la cama ocupa casi todo el espacio.

A la derecha, hay una mesita diminuta y a la izquierda, una ventana que parece más un pequeño agujero.

Lucía se asoma por detrás y siento su aliento en mi nuca, está demasiado cerca para mi paz mental.

—¿Solo hay una cama? —pregunta con sorpresa y resignación.

—Parece ser que sí. —Intento disimular mi diversión, pero no lo consigo. La expectativa de dormir con mi chica hace que mi cuerpo se encienda.

Entro en la habitación, necesito alejarme de la española, aunque sea complicado en este pequeño dormitorio, pues su esencia llena la estancia.

Me apiado de ella al verla observar la cama con recelo.

—Puedo dormir el en suelo —digo demasiado rápido, pues no es lo que deseo.

Pasea por la habitación mientras que me observa con incredulidad.

—No seas bobo, somos adultos y podemos dormir juntos. Además, no hay sitio en el suelo.

Tiene razón, el poco que hay es un pasillo estrecho entre la cama y la puerta. Me paso una mano por la nuca, luego por el pelo. Estoy incómodo. O nervioso. O quizá ambas cosas.

Lucía se sienta en el borde de la cama y el colchón protesta con un chirrido que se parece al lamento de mis ovejas. Ella ríe y me desestabiliza.

Me quedo de pie, sin saber dónde colocarme, no hay por donde huir. No existe una mínima distancia que nos separe y, aunque me guste la idea de tenerla cerca, esta situación me incomoda un poco, ya que no sé cómo actuar.

Lucía palmea el colchón, dándose cuenta de mi turbación.

—Siéntate, hombre, que no muerdo.

—Ese no es el problema.

Tomo asiento a su lado y la cama se hunde con mi peso. Nuestros hombros chocan y una chispa me recorre el cuerpo. Ella se gira hacia mí, curiosa.

—Ah, ¿no? ¿Cuál es entonces?

Trago saliva, el cuarto parece encogerse por momentos. Al fin, tras meditarlo unos segundos me lanzo al vacío sin paracaídas y le digo lo que siento.

—No podré dormir a tu lado sin tocarte, besarte o abrazarte.

La miro con duda, esperando que no salga corriendo de la habitación para no volver.

—¿Y quién dice que no quiero que lo hagas? —expone con una intensidad en su mirada que me parte en dos. ¿Me está dando permiso para…?

«Bésala ya, no seas idiota», grita mi cabeza.

Beso sus labios con desesperación, su sabor es adictivo y ahora no puedo ni quiero parar.

Ataco su boca incapaz de resistirme. La acerco más y le agarro ese culo perfecto hecho para pecar, levantándola y colocándola a horcajadas encima de mí.

La observo un instante, el mundo desaparece bajo mis pies, no puedo creer que vaya a ser mía.

—Ewan…, no pares.

Sus manos me agarran el rostro de forma posesiva y la beso feroz, exigente. Su lengua se enlaza con la mía con maestría. Agarro su camiseta y la miro pidiendo permiso para desnudarla. Entonces, ella se la quita con rapidez y la lanza lejos entre risas. La pasión me desborda.

Con una mano la atraigo por la cintura con posesión; con la otra, bajo hasta el botón de sus pantalones y lo abro.

Meto la mano con desesperación dentro de sus braguitas y al notar lo húmeda que está, suelto un gruñido de impaciencia.

Deseo estar ya dentro de ella, en cambio la acaricio con control hasta casi hacerla llegar al clímax.

Su cuerpo tiembla por el placer mientras que mi polla casi explota por entrar en ella.

De pronto, caigo en algo.

—Lucía, no tengo preservativos —digo con horror.

—Tomo pastillas y estoy limpia.

—Yo también estoy limpio.

Con prisas, la bajo de mi regazo y la dejo en la cama. Me bajo el pantalón mientras ella se desnuda y la observo maravillado, es la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

Avanzo como un lobo acechando a su presa y me coloco encima, acaricio sus erguidos pechos mientras suspira de deseo, luego me meto un pezón en la boca y juego con él. Ella gime extasiada. Yo gruño; me duelen los huevos de contenerme.

—Fóllame ya —dice cogiéndome el culo, atrayéndome más hacia sus curvas. Se abre de piernas y me coloco entre ellas—. Ya jugaremos luego, gruñón. —Me sorprendo ante sus palabras descaradas y desinhibidas.

Su insinuación me pone tan burro que la penetro de una sola embestida.

Ella grita, yo rujo, pensando que nunca me había sentido tan bien.

Mis movimientos se vuelven cada vez más rápidos, soy imparable.

Gime y me vuelvo loco, el choque de nuestras caderas se vuelve salvaje, tanto que un escalofrío de placer recorre mi espalda cuando alza sus piernas y me rodea la cintura.

El éxtasis me abrasa. Estoy a punto de correrme cuando siento que las paredes de su sexo se estrechan, dándome el placer más maravilloso.

Me voy dentro de mi chica mientras se retuerce entre espasmos.

Sudorosos, permanecemos abrazados. Al mirarla veo que sus ojos se cierran y rozo sus labios con la yema de mis dedos.

—Duerme, pequeña, ya tendremos tiempo para jugar.