Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 26. Lucía
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26. Lucía

CAPÍTULO VEINTISÉIS

Lucía

I ntento controlar mi miedo, ya que Ewan parece más trastocado que yo por la situación.

—Vale, podemos poner el GPS ahora, ¿no? ―Mi escocés para a un lado de la carretera, su expresión es de arrepentimiento.

—No tengo GPS, odio esos cacharros del demonio. —Incrédula, me giro hacia la ventana. No deseo desintegrarlo con la mirada, sé que lo ha hecho sin maldad, pero a mí me están entrando taquicardias.

Esto no está pasando. ¿Resulta que Skye es otra pitonisa?

«No hija, es que conoce demasiado bien a su hermano», escucho en mi mente y lo cierto es que el razonamiento de mi tía es más lógico.

—Usaremos mi móvil.

—No creo que puedas, aquí no hay mucha cobertura.

Genial, perdidos en la inhóspita Escocia sin móvil; esto mejora por momentos.

—Podemos ir a un pueblo cercano para preguntar, ¿no?

Busco soluciones a nuestro desastroso percance, pero por la mirada que me dirige no parece tan fácil.

Tiene el ceño más fruncido que de costumbre y aprieta tanto el volante que los nudillos se le han puesto blancos.

Yo miro el móvil, creyendo que por arte de magia aparecerá alguna rayita de cobertura.

Fuera solo hay un campo inmenso, salpicado por algunas ovejas que nos observan con la misma expresión que yo tengo ahora mismo.

Estamos perdidos y absolutamente jodidos.

—Ewan —insisto, y esta vez uso un tono más suave—, ¿por qué has decidido no usar el GPS?

—Porque suponía que sabía llegar —murmura más para sí mismo.

Respiro hondo, no deseo ser borde. No quiero tener una discusión absurda en mitad de la nada escocesa.

Quiero ponerme en su lugar, pero es difícil, yo nunca viajo sin el GPS.

No sé qué se le estará pasando por la cabeza ahora mismo.

Está abatido y sé que se arrepiente, así que no quiero echar más leña al fuego.

—Vale, ¿qué hacemos ahora?

—Seguiremos —dice con esa mezcla de terquedad y encanto que me desespera y me enamora a partes iguales—. Encontraremos algún lugar pronto.

Y yo asiento, porque no queda otra, porque estamos perdidos en una carretera anónima y porque hay algo en él que me da confianza.

Nuestras miradas se encuentran y veo en ella un deje de frustración.

Me compadezco de él, sé que su intención no era que nos perdiésemos en este inhóspito lugar.

Suavizo la expresión para que entienda que no estoy enfadada.

De repente, se acerca a mí y alza su mano.

Me acaricia la mejilla con una suavidad estremecedora.

Un escalofrío me recorre el cuerpo. Estamos tan cerca que nuestras respiraciones se confunden.

Con la otra mano, me agarra por la cintura con posesión y me atrae más a él.

En su mirada atisbo la tormenta con la que lucha y me arrimo, ayudándolo a decidirse.

—Lucía… Lo siento tanto —susurra contra mi boca.

Pega su frente a la mía. Me desea. Nuestros cuerpos están tan cerca que casi no existe espacio.

Entonces, su boca colisiona contra la mía.

Me agarra el rostro con sus grandes manos y presiona sus labios con una urgencia desesperada.

Enredo mis dedos en su cabello dejándome llevar por ese beso.

Cuando me suelta, siento que necesito más.

—Esto no termina aquí, acaba de empezar. —Me guiña un ojo y arranca el coche como si no estuviera afectado.

No sé qué quiere decir, pero sus palabras hacen que las puñeteras mariposas de mi estómago bailen al ritmo de la Macarena .

Llevamos una hora en la carretera sin ver nada más que campo, ovejas y vacas. Estoy agotada y deseando encontrar un lugar para descansar. Al fin aparece un conjunto de casas, como una aldea diminuta, parece un lugar salido de un cuento de hadas. Sonrío ante la posibilidad de comer y dormir.

«Sí, claro, dormir. Tú lo que quieres es que te de matarile del bueno.», dice mi tía con retintín.

Respiro hondo ante mi calentón. Gracias a Dios, Ewan abre la ventanilla y deja que el viento nos golpee en la cara, creo que él también siente el mismo alivio. ¡Es tan guapo que me lo comía con patatas!

Las casas son de piedra gris con tejados a dos aguas. Entramos despacio, atentos a todo. Hay un pub con un cartel torcido que parece haber vivido tiempos mejores y una tienda de ultramarinos, de esas que venden de todo un poco.

Siento como nos observan, no con hostilidad, sino más bien con curiosidad. Bajamos del coche y el silencio es tan profundo que creo que Ewan puede oír mis pensamientos.

—¿Dónde diablos estamos? —pregunto a Ewan, esperando una respuesta.

Él me sonríe como si supiera algo que yo no sé. Estoy expectante aguardando su respuesta.

—Estamos en Carsie. Este pueblo es uno de los lugares al que venía con mi padre cuando era un niño. En cuanto hemos cruzado la entrada, lo he reconocido. Nos hemos alejado un poco de nuestra ruta, pero es algo que podemos solucionar.

En ese instante, mi estómago ruge como un león y Ewan suelta una carcajada. Nunca lo había visto tan relajado y, después de nuestro inesperado cambio de planes, lo agradezco.

¿Será el beso? ¿Por eso está más tranquilo? Aún no sé cómo ha podido fijarse en mí un pedazo de tío como este.

«Pequeña, abre los ojos. A ese chico no solo le gustas, bebe los vientos por ti».

—Tu estómago ha hablado. Si te parece, descansaremos un rato y comeremos algo antes de continuar, no quiero que te desmayes por mi culpa —dice con simpatía.

Guiña un ojo descarado y se encamina hacia el pub que habíamos visto, yo lo sigo con timidez.

El establecimiento es una casita pequeña de piedra bastante acogedora.

Ewan me cede el paso. Al entrar, el olor a comida inunda mis fosas nasales y mi estómago vuelve a rugir.

El grandullón se toca el pelo algo nervioso, parece torpe, fuera de lugar.

Tengo que morderme la lengua para no reírme, porque a veces es condenadamente adorable.

«Está tan mono… ¡Qué ganas le tengo!», me digo muy sofocada.

Nos sentamos en una mesa junto a la ventana y desde aquí puedo ver lo que supongo que será la calle principal.

—¿Crees que habrá wifi ?

—Lucía, en este lugar por no haber no hay ni prisa —contesta con una de esas sonrisas que me hacen babear.

«Niña, cierra la boca que te van a entrar moscas», oigo que me dice mi tía entre risas.

Le pedimos dos platos de estofado al camarero. No sé qué haremos después de comer, en este instante solo pienso en llenar mi estómago con esta deliciosa comida.

—Así que nunca te habías perdido, ¿cierto?

—No. Aunque reconozco que perderme contigo es mucho mejor que llegar al castillo sin problemas.

Me acaricia la mano y sonríe. Mi cara se pone tan roja como los tomates maduros que hay en la frutería de Pili. Paralizada, sopeso las palabras que me ha dicho. Su seguridad me desarma.

—Gracias. ―Alza las cejas sorprendido.

—¿Por?

—Por acompañarme sin pedir nada a cambio; por estar aquí. Si hubiera estado sola, me hubiera vuelto loca. Sé que no te gusta salir mucho de tu zona de confort y te agradezco que hagas esto por mí.

Cuando Ewan me mira con esa mezcla de ternura y picardía me doy cuenta de que he caído en sus redes como una tonta. Me he enamorado del granjero gruñón y ya no podré estar sin él.

—No es que no quiera salir de la granja, es un poco más complicado que eso.

—Déjame entenderte, Ewan. —Le agarro la mano para infundirle el valor que sé que tiene escondido en algún lugar de su corazón.

—Hace mucho tiempo, conocí a una chica, Aileen.

Una chica de Stirling que vino al pueblo a trabajar de manera temporal en una destilería cercana.

Ella era luz y tenía una energía arrolladora, en el instante en que la conocí me encandiló su forma de ver la vida.

Estuvimos un tiempo juntos hasta que el pueblo se le hizo pequeño.

—Vaya, lo siento, eso te tuvo que doler.

—Mucho. Aileen soñaba con ciudades grandes y con oportunidades que Blackford no podía ofrecerle.

Una noche se marchó dejándome una nota en la que decía que necesitaba más, que Blackford le ahogaba.

Desde entonces, la culpa no me suelta. ¿Debí haber hecho algo más para que se quedara?

¿Tenía que haberme marchado con ella? —Se queda callado unos segundos y mi corazón se salta un latido al verlo tan abatido—.

Adoro mi vida, Lucía, me gusta la granja y la tranquilidad que hay en ella.

Tampoco quiero dejar a mi hermana detrás, ella es todo mi mundo.

No quiero que me destrocen el corazón de nuevo y tampoco quiero que Skye se encariñe con una persona que pronto se marchará.

Ahora entiendo un poco más al gruñón de mi granjero. Ahora sé que no es así por decisión propia, sino por miedo. Miedo a volver a amar, miedo a ser abandonado de nuevo. Lo miro a los ojos para que comprenda que yo no soy como ella.

—Gracias por sincerarte conmigo.

Entre nosotros surge esa complicidad que germina cuando dos personas se entienden sin palabras. Nuestro cuerpo, nuestra mirada y hasta la respiración habla un idioma compartido. Es la sensación de que por fin algo encaja sin hacer esfuerzo.